La iniciación.
Una amiga fue quien me dio la primera clase.
Publicado por ateneo en 10/1/2011 (3971 lecturas)
Me daba cierta vergüenza reconocerlo, nunca me había iniciado y eran muchas las preguntas que tenía. Siempre quise hacerlo pero nunca tuve el valor de lanzarme, estuve dispuesto a pagar dinero incluso por ello. Por suerte todo cambió gracias a una amiga de verdad.
Sofi, mi gran amiga y confidente, escuchó las ganas que tenía de hacerlo. Tuve la suerte de que ella era una gran experta, se ofreció voluntariamente y sin ninguna pega a enseñarme todo lo que yo quisiera.
Quedamos un día por la tarde en su casa a la hora que ella me dijo, le llevé una flor como una hortera muestra de agradecimiento. Comido por los nervios me planté en la puerta de su casa cinco minutos antes de la hora establecida, vestido con ropa cómoda tal y como ella me dijo. Tragué saliva y con la mano un poco temblorosa toqué el timbre de su puerta. No tardó en abrir, observé que ella estaba vestida también con ropa muy cómoda, estaba preciosa, me gustaba aquella imagen. Me quedé tan atónito al verla que fue ella quien, entre risas, me dijo que pasara adelante.
Ya lo tenía todo preparado, hasta había puesto en su equipo de música un cd con la música ideal. Al verme tan inquieto intentó apaciguar mi nerviosismo.
- Cuando quieras empezamos, pero cálmate que estás muy nervioso, para todo siempre llega una primera vez, mejor con una amiga ¿no crees?.
Sus palabras, mas que calmarme me aceleraron todavía mas. Me quité la chaqueta y ella se quitó el jersey, los colocó en una silla, subió el volumen de la música y se agarró a mi. Aquello empezaba.
Al principio me costaba adaptarme a ella, pude notar su experiencia pues se movía con un ritmo que me costaba seguir. En un par de ocasiones llegué incluso a hacerle daño, mi falta de experiencia hacía que no coordinara mis movimientos con los de ella. He de reconocer que tuvo mucha paciencia conmigo.
Poco a poco la cosa fue mejorando, aquello parecía que empezaba a funcionar, conseguí hacerla sudar y que nuestros cuerpos se fundieran en uno sólo. La temperatura de nuestros cuerpos poco a poco iba subiendo mientras nos movíamos como una sinfonía cada vez mas afinada. Me enseñó como tenía que agarrarla, me enseñó como tenía que moverme, me enseño a ponerme donde a ella le venía mejor, me enseñó a llevarla y hacerla seguir mi movimiento.
Observaba que mientras mi experiencia iba aumentando, su placer aumentaba más, su sonrisa se iba haciendo más y más grande, su cara brillaba con el sudor, estaba preciosa. Parecía que entre nuestros movimientos bruscos, su pelo se movía mas suave que el resto del cuerpo. La seguía agarrando, la movía y sacudía una y otra vez, le cogí el gusto y pude hacerme con el control de la situación. Aquello parecía que era lo mío y yo estaba ahí para dominar el movimiento de nuestros cuerpos, cada vez mas sudados y sumidos en un jadeante respirar que demostraba nuestro esfuerzo.
Pasado un largo tiempo lo dejamos por agotamiento, estábamos cansados, habíamos pasado mucho tiempo moviendo nuestro cuerpo y ahora estábamos empapados en sudor, la miré mientras respiraba, ella me devolvió la mirada con una sonrisa de complacida.
Cuando recobramos el aliento me invitó a un café, hablamos mientras lo tomábamos, recordando algunos gestos y movimientos entre risas. Ella me dijo que yo había sido muy buen aprendiz, que había disfrutado mucho enseñándome. Yo, enrojecido le dije que para mi fue todo un placer. Ella había quedado tan satisfecha que decidió quedar conmigo para repetir la hazaña e incluso mejorarla, pues mi experiencia había subido su grado de satisfacción, indudablemente que accedí.
Aquel día, cuando salí de su casa, lo hice orgulloso de aquello que hice, siempre estaré agradecida a Sofi pues, hasta ahora, nadie se había atrevido a enseñarme a bailar tango.
Sofi, mi gran amiga y confidente, escuchó las ganas que tenía de hacerlo. Tuve la suerte de que ella era una gran experta, se ofreció voluntariamente y sin ninguna pega a enseñarme todo lo que yo quisiera.
Quedamos un día por la tarde en su casa a la hora que ella me dijo, le llevé una flor como una hortera muestra de agradecimiento. Comido por los nervios me planté en la puerta de su casa cinco minutos antes de la hora establecida, vestido con ropa cómoda tal y como ella me dijo. Tragué saliva y con la mano un poco temblorosa toqué el timbre de su puerta. No tardó en abrir, observé que ella estaba vestida también con ropa muy cómoda, estaba preciosa, me gustaba aquella imagen. Me quedé tan atónito al verla que fue ella quien, entre risas, me dijo que pasara adelante.
Ya lo tenía todo preparado, hasta había puesto en su equipo de música un cd con la música ideal. Al verme tan inquieto intentó apaciguar mi nerviosismo.
- Cuando quieras empezamos, pero cálmate que estás muy nervioso, para todo siempre llega una primera vez, mejor con una amiga ¿no crees?.
Sus palabras, mas que calmarme me aceleraron todavía mas. Me quité la chaqueta y ella se quitó el jersey, los colocó en una silla, subió el volumen de la música y se agarró a mi. Aquello empezaba.
Al principio me costaba adaptarme a ella, pude notar su experiencia pues se movía con un ritmo que me costaba seguir. En un par de ocasiones llegué incluso a hacerle daño, mi falta de experiencia hacía que no coordinara mis movimientos con los de ella. He de reconocer que tuvo mucha paciencia conmigo.
Poco a poco la cosa fue mejorando, aquello parecía que empezaba a funcionar, conseguí hacerla sudar y que nuestros cuerpos se fundieran en uno sólo. La temperatura de nuestros cuerpos poco a poco iba subiendo mientras nos movíamos como una sinfonía cada vez mas afinada. Me enseñó como tenía que agarrarla, me enseñó como tenía que moverme, me enseño a ponerme donde a ella le venía mejor, me enseñó a llevarla y hacerla seguir mi movimiento.
Observaba que mientras mi experiencia iba aumentando, su placer aumentaba más, su sonrisa se iba haciendo más y más grande, su cara brillaba con el sudor, estaba preciosa. Parecía que entre nuestros movimientos bruscos, su pelo se movía mas suave que el resto del cuerpo. La seguía agarrando, la movía y sacudía una y otra vez, le cogí el gusto y pude hacerme con el control de la situación. Aquello parecía que era lo mío y yo estaba ahí para dominar el movimiento de nuestros cuerpos, cada vez mas sudados y sumidos en un jadeante respirar que demostraba nuestro esfuerzo.
Pasado un largo tiempo lo dejamos por agotamiento, estábamos cansados, habíamos pasado mucho tiempo moviendo nuestro cuerpo y ahora estábamos empapados en sudor, la miré mientras respiraba, ella me devolvió la mirada con una sonrisa de complacida.
Cuando recobramos el aliento me invitó a un café, hablamos mientras lo tomábamos, recordando algunos gestos y movimientos entre risas. Ella me dijo que yo había sido muy buen aprendiz, que había disfrutado mucho enseñándome. Yo, enrojecido le dije que para mi fue todo un placer. Ella había quedado tan satisfecha que decidió quedar conmigo para repetir la hazaña e incluso mejorarla, pues mi experiencia había subido su grado de satisfacción, indudablemente que accedí.
Aquel día, cuando salí de su casa, lo hice orgulloso de aquello que hice, siempre estaré agradecida a Sofi pues, hasta ahora, nadie se había atrevido a enseñarme a bailar tango.
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