Mi pequeña zorrita.
Conocí a una mujer, un poco baja de estatura, muy sumisa y complaciente. Se convirtió en mi esclava.
Publicado por osiris en 11/2/2011 (2142 lecturas)
Era viernes por la tarde, salí en busca de carne fresca pues mi anterior esclava encontró otro amo que, según ella, le daba todavía más caña que yo.
Sabía donde tenía que ir pues por internet he conocido varios lugares de intercambios de pareja. Esa noche conocí a Teresa, una mujer de un metro sesenta que en cuanto la vi supe que iba a ser propiedad mía.
Me acerqué a ella y cuando me saludó le dije que sólo me hablara cuando yo se lo ordenase, bajó la cabeza y me dijo lo que estaba esperando:
- Sí amo.
Con esa respuesta se confirmaron mis sospechas, Teresa iba a ser de mi propiedad. Le mandé a pedirme un zumo de naranja natural, odio el alcohol, cuando me lo trajo le mandé estar de pie a mi lado mientras yo, tumbado en el sofá del pub, me tomaba mi zumo.
Acabé de tomarme el zumo, que por cierto me sentó muy bien, cogí a Tere del brazo y le di mi chaqueta, luego la mandé a por sus cosas. Me fui hasta la calle a por mi coche, la iba a llevar a pasar un fin de semana sumisa en mi casa. Cuando se metío en mi coche le dí las condiciones a seguir.
- Te cuento en que estado te encuentras, vas a pasar el fin de semana en mi casa como mi esclava, nada mas llegar te ducharás y te pondrás la uniformidad que yo te de. Hablarás cuando te lo diga, harás las labores del hogar, vas a dar satisfacción a mis deseos sexuales, resumiendo, harás todo lo que yo te diga y cuando yo te diga. El domingo a las ocho de la tarde terminará el juego, te llevaré a donde quieras que te lleve y si quieres repetir otro fin de semana ya quedaremos. Si quieres seguir adelante baja la cabeza y se obediente, si quieres dejarlo me dices donde paro el coche y te dejo. Tú decides.
Hubo un silencio de unos cinco minutos en el que se podía respirar la tensión, Tere estuvo pensando un buen rato, al cabo de esos cinco minutos me miró con ojos de emocionada.
- Si, quiero que seas mi amo este fin de semana, te prometo ser sumisa, obediente y complaciente. Vas a quedar satisfecho totalmente. No vas a conocer a una mejor esclava que yo.
Acto seguido bajó la cabeza y no dijo nada más. Llegamos a mi casa y ella, con la cabeza agachada siguió todas las instrucciones que le iba dando. La mandé a ducharse y mientras se duchaba le traje la ropa que iba a llevar el resto del fin de semana. Unas zapatillas rosas y un vestido fino transparente, ni ropa interior ni nada mas. Abrí las cortinas de la ducha y la ví cómo se limpiaba el cuerpo, un cuerpo precioso, sus pechos serían una 100, teniendo en cuenta que ella mide un metro sesenta, sus pechos se notaban bastante. Empecé a acariciarle la mejilla mientras ella seguía mirando para abajo, luego bajé la mano y me apoderé de sus pechos, me encantaban, poco a poco fui bajando la mano, cuando llegué a su entrepierna, le mandé que se diera la vuelta para ver su culo, ya me gustó con los pantalones y quería verlo desnudo. Se dio media vuelta y agachó su cabeza dejando su culo a mi disposición, sentí unas ganas enorme de penetrarla pero no era el momento, empecé a tocar su culo hasta meter mi mano entre sus nalgas, con el dedo corazón penetré su ano mientras ella gemía de placer. Mi mano fue desplazándose poco a poco hasta llegar a su vagina, la cual fue también penetrada por mi dedo. Tere se veía muy excitada. Le mandé que terminase de ducharse y se vistiera con la ropa que le puse. Era momento de gozar en el salón.
En cuanto salió del cuarto de baño, ataviada con el vestido que le dejé, pude comprobar como sus pechos se asomaban bajo esa tela transparente, la negrura de su entrepierna era más que palpable, su culo se notaba perfectamente. Con un gesto la hice venir y le enseñé unas esposas, la primera noche iba a ser la de las ataduras.
La esposé de pies y manos y la dejé arrodillada en el sofá, dejando caer su cuerpo sobre el respaldo y dándome su espalda. Era el momento de demostrarle quien manda. Metí mi mano por debajo de su vestido y empecé a masturbarla, la penetré con mi dedo corazón en su vagina y el anular en su culo, empecé a mover la mano, ella no tardó en jadear. No pude resistirme pues su vagina empezó a brotar el flujo propio de quien está gozando, así que me bajé los pantalones y saqué mi rabo que ya estaba dispuesto para hacer gozar a aquella pequeña zorra.
La penetré primero despacio y luego fui subiendo la velocidad, ella empezó a jadear y poco a poco a gritar. Le solté un guantazo a mano abierta en su nalga derecha que sonó en todo el salón.
- Ah, ¿que pasa?.
- Nadie te ha dado permiso para que chilles zorra.
Tere se dio cuenta de eso, al poco sus gemidos volvieron a convertirse en pequeños gritos, a lo que yo respondí con otro cachetazo en su nalga izquierda. El ritmo de las penetraciones iban subiendo, Tere cada vez se movía mas rápido y de vez en cuando soltaba un grito, grito que era respondido con un guantazo en su nalga al que ella respondía con un alarido entre placer y dolor. Cuando estuve cerca de eyacular, la mandé sentarse y que abriese la boca. Era su postre y se lo tenía que tomar. Se lo tragó todo.
Cuando terminó tenía sus nalgas muy rojas por los golpes pero se mostraba contenta. Había disfrutado con el dolor.
- Parece que eres una zorra a la que le gusta que le azoten.
- Soy tu zorra amo y puedes hacer conmigo lo que quieras.
- Mañana tendrás doble ración.
Eso lo contaré otro día.
Sabía donde tenía que ir pues por internet he conocido varios lugares de intercambios de pareja. Esa noche conocí a Teresa, una mujer de un metro sesenta que en cuanto la vi supe que iba a ser propiedad mía.
Me acerqué a ella y cuando me saludó le dije que sólo me hablara cuando yo se lo ordenase, bajó la cabeza y me dijo lo que estaba esperando:
- Sí amo.
Con esa respuesta se confirmaron mis sospechas, Teresa iba a ser de mi propiedad. Le mandé a pedirme un zumo de naranja natural, odio el alcohol, cuando me lo trajo le mandé estar de pie a mi lado mientras yo, tumbado en el sofá del pub, me tomaba mi zumo.
Acabé de tomarme el zumo, que por cierto me sentó muy bien, cogí a Tere del brazo y le di mi chaqueta, luego la mandé a por sus cosas. Me fui hasta la calle a por mi coche, la iba a llevar a pasar un fin de semana sumisa en mi casa. Cuando se metío en mi coche le dí las condiciones a seguir.
- Te cuento en que estado te encuentras, vas a pasar el fin de semana en mi casa como mi esclava, nada mas llegar te ducharás y te pondrás la uniformidad que yo te de. Hablarás cuando te lo diga, harás las labores del hogar, vas a dar satisfacción a mis deseos sexuales, resumiendo, harás todo lo que yo te diga y cuando yo te diga. El domingo a las ocho de la tarde terminará el juego, te llevaré a donde quieras que te lleve y si quieres repetir otro fin de semana ya quedaremos. Si quieres seguir adelante baja la cabeza y se obediente, si quieres dejarlo me dices donde paro el coche y te dejo. Tú decides.
Hubo un silencio de unos cinco minutos en el que se podía respirar la tensión, Tere estuvo pensando un buen rato, al cabo de esos cinco minutos me miró con ojos de emocionada.
- Si, quiero que seas mi amo este fin de semana, te prometo ser sumisa, obediente y complaciente. Vas a quedar satisfecho totalmente. No vas a conocer a una mejor esclava que yo.
Acto seguido bajó la cabeza y no dijo nada más. Llegamos a mi casa y ella, con la cabeza agachada siguió todas las instrucciones que le iba dando. La mandé a ducharse y mientras se duchaba le traje la ropa que iba a llevar el resto del fin de semana. Unas zapatillas rosas y un vestido fino transparente, ni ropa interior ni nada mas. Abrí las cortinas de la ducha y la ví cómo se limpiaba el cuerpo, un cuerpo precioso, sus pechos serían una 100, teniendo en cuenta que ella mide un metro sesenta, sus pechos se notaban bastante. Empecé a acariciarle la mejilla mientras ella seguía mirando para abajo, luego bajé la mano y me apoderé de sus pechos, me encantaban, poco a poco fui bajando la mano, cuando llegué a su entrepierna, le mandé que se diera la vuelta para ver su culo, ya me gustó con los pantalones y quería verlo desnudo. Se dio media vuelta y agachó su cabeza dejando su culo a mi disposición, sentí unas ganas enorme de penetrarla pero no era el momento, empecé a tocar su culo hasta meter mi mano entre sus nalgas, con el dedo corazón penetré su ano mientras ella gemía de placer. Mi mano fue desplazándose poco a poco hasta llegar a su vagina, la cual fue también penetrada por mi dedo. Tere se veía muy excitada. Le mandé que terminase de ducharse y se vistiera con la ropa que le puse. Era momento de gozar en el salón.
En cuanto salió del cuarto de baño, ataviada con el vestido que le dejé, pude comprobar como sus pechos se asomaban bajo esa tela transparente, la negrura de su entrepierna era más que palpable, su culo se notaba perfectamente. Con un gesto la hice venir y le enseñé unas esposas, la primera noche iba a ser la de las ataduras.
La esposé de pies y manos y la dejé arrodillada en el sofá, dejando caer su cuerpo sobre el respaldo y dándome su espalda. Era el momento de demostrarle quien manda. Metí mi mano por debajo de su vestido y empecé a masturbarla, la penetré con mi dedo corazón en su vagina y el anular en su culo, empecé a mover la mano, ella no tardó en jadear. No pude resistirme pues su vagina empezó a brotar el flujo propio de quien está gozando, así que me bajé los pantalones y saqué mi rabo que ya estaba dispuesto para hacer gozar a aquella pequeña zorra.
La penetré primero despacio y luego fui subiendo la velocidad, ella empezó a jadear y poco a poco a gritar. Le solté un guantazo a mano abierta en su nalga derecha que sonó en todo el salón.
- Ah, ¿que pasa?.
- Nadie te ha dado permiso para que chilles zorra.
Tere se dio cuenta de eso, al poco sus gemidos volvieron a convertirse en pequeños gritos, a lo que yo respondí con otro cachetazo en su nalga izquierda. El ritmo de las penetraciones iban subiendo, Tere cada vez se movía mas rápido y de vez en cuando soltaba un grito, grito que era respondido con un guantazo en su nalga al que ella respondía con un alarido entre placer y dolor. Cuando estuve cerca de eyacular, la mandé sentarse y que abriese la boca. Era su postre y se lo tenía que tomar. Se lo tragó todo.
Cuando terminó tenía sus nalgas muy rojas por los golpes pero se mostraba contenta. Había disfrutado con el dolor.
- Parece que eres una zorra a la que le gusta que le azoten.
- Soy tu zorra amo y puedes hacer conmigo lo que quieras.
- Mañana tendrás doble ración.
Eso lo contaré otro día.
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