Cambio de vida.
Una historia sobre dos iniciaciones sexuales.
Publicado por Anónimo en 25/4/2011 (1125 lecturas)
Por Bordemar.
Adiemus_ragnarok@yahoo.com.ar
Primero.
Desde el principio me gustó Jaume.
Me encontraba arreglando unos formularios en blanco, cuando escuché su ronca voz. Miré hacia delante y ahí estaba frente a mí el muchacho más apuesto que había visto en mi vida. Debía ser alumno de primer año, pues se veía recién salido del colegio (“Un pajarito” diría mi mamá). Luego supe que estaba en la carrera de Artes. Se veía muy caballerito, decente y dulce. Podría haber sido muy bien mi hermano menor. En su ojos se veía cierta inocencia que desde ese momento me inspiró el deseo de conocerlo más, de buscarle conversación para saber más de él e infundirle el mismo interés por conocerme; ser algo más que otro funcionario burócrata del Crédito Universitario de la universidad donde estudiaba. Años después casi todo el papeleo se haría vía Internet, pero en aquél tiempo ni pensábamos en esos adelantos tecnológicos.
Su aspecto exótico, con esa tez morena y gruesas cejas de mezcla entre árabe y quizás qué otra cultura, me hicieron recordar a un antiguo compañero del colegio, a quien me encantaba mirarlo y estar en su compañía, hasta que un día se cambió de casa y nunca más supe de él. Era bajo de estatura, en consideración a mí, a lo más un metro setenta, pero compensaba su presencia física con unas espaldas anchas y un pecho de deportista que le daban un regio porte. De los antebrazos largos vellos negros le salían, pero lo que más me gustó de su cuerpo fueron sus gruesas piernas que sí que eran peludísimas, muy varoniles.
Entonces no tenía claro la razón de por qué me había atraído tanto el muchacho y más aún qué razón me inspiraba el secreto deseo de ser su amigo. No lo veía en esos instantes como una atracción sexual. Durante el resto de mi vida hasta ese momento me había considerado un heterosexual, teniendo bastante experiencia con muchas mujeres y de las cuales disfruté bastante. Hasta que conocí a Elizabeth, con quien me casé y hasta tuve dos preciosos hijos. Y terminaron mis aventuras y noches de juergas sexuales.
A veces creo que fueron la soledad y ese sentimiento de descontento con mi vida personal y matrimonial, lo que me llevó a mirar para otros lados y fijarme en alguien como Jaume.
Ya no tenía con quién compartir mis pensamientos, ni mi tiempo libre fuera de la vida hogareña. Todos mis amigos ya se habían casado y estaban dichosos con su destino de esposos y padres de familia ¡Felices ellos! Y me parecía que si les hablaba sobre lo mal que me sentía conmigo mismo, sería como contaminarlos con malas vibraciones ¿Acaso serían idóneos para entenderme? Quizás llegarían a pensar que era incapaz de madurar, pues después de todo fui el último del grupo en casarse y tener hijos. En ocasiones cuando nos reuníamos todas las parejas juntas, ellos se ponían a hablar sobre sus planes en conjunto con sus señoras y esposos y yo me quedaba apartado, viendo algún partido en televisión o leyendo el diario. Mi señora se quedaba con el resto charlando de lo lindo, como si mi ausencia no tuviera mayor importancia. Ella vivía su mundo, después de todo ya se sentía una mujer realizada, que había alcanzado todos sus objetivos: estaba casada, ya era madre y en su trabajo era la más destacada. Teníamos sexo una vez a la semana, pero era como un compromiso, nada muy excitante que digamos. Luego se quedaba dormida y yo desvelado en mis pensamientos.
Quería alguien que me escuchara, que me diera un aliento.
El resto de mi familia estaba en el Norte, bastante lejos y salvo el teléfono, no manteníamos mucha comunicación, pues apenas nos veíamos.
Para las mujeres seguía siendo atractivo, pues a los treinta y cinco años me mantenía igual que siempre, ya que con el gimnasio había mantenido lejos de mí la típica panza de casado, que ya todos mis amigos llevaban orgullosamente. Varias veces vi a atractivas chicas, de todas las edades, mirándome coquetas e insinuantes. En ocasiones me bajaba la calentura y me iba a “cafés con piernas”, para hablarles a las despampanantes meseras y mirarlas a mi antojo, pero sin sentirme comprometido. Una que otra vez alguna me preguntó que si no me antojaba salir con ella, pese a que nunca me quitaba mi anillo de bodas, sin embargo le hacía el quite de inmediato. Pues no buscaba una canita al aire y menos una amante de vez en cuando. Lo que yo quería era sentirme de nuevo parte de la vida de alguien y recobrar el gusto por la vida. A lo mejor era hora de hacer nuevas amistades.
- Te faltan varios documentos aún.- Le dije y era cierto.
- ¡Sí seré torpe! Discúlpeme, es que como usted entenderá esta es la primera vez que hago el papeleo para el Crédito Universitario.
Me gustó mucho la forma de cómo me miraba, directo a los ojos, las manos en el regazo y su voz contenida, clara, propia de un joven educado.
- Bueno, no hay que complicarse tanto. Por lo que veo en tus antecedentes tienes muchas posibilidades de que te den Crédito 100% ¿Has pensado en postular a la Beca Presidente de la República?
- Sí, pero creo que hay gente que se la merece más que yo.- En ese momento tenía una de sus manos sobre la mesa, tomando uno de sus papeles. Sólo me di cuenta que había apoyado la mía sobre ella cuando se puso rojo. Con rapidez saqué la mano y me quedó la sensación en la epidermis de la calidez de su piel juvenil.
- No te menosprecies. Estoy seguro que bien te mereces todas las becas del mundo.
Una bella sonrisa se le cruzó en el rostro y entonces se puso a reír, pero no era una de esas que denota sarcasmo como en un principio creí, era una risa plena de ternura, de alegría.
- Apenas me conoce, pero gracias de todos modos.
A nuestro alrededor había un montón de alumnos más esperando que los atendiera, pero para mí sólo me importaba en ese instante seguir atendiendo a Jaume.
- Los papeles que te faltan puedes traerlos apenas los tengas.
- Me demoraré un resto. El problema es hacer toda esta fila para que me atiendan de nuevo.
- No hay inconvenientes, te atiendo yo mismo.
- ¿Cómo es eso?
- Verás, te daré una atención más personalizada.- Ni yo mismo me podía creer lo caradura que estaba siendo para volver a verlo de nuevo, conversar más juntos, ganarme su confianza.
- No quisiera quitarle su tiempo, señor…
- Allan, así me llamo. No me trates de señor, llámame por mi nombre.
- OK. Muchas gracias por su amabilidad.
- Tutéame no más.
- Ummmm, me costará un poco, pero haré lo posible.
Entonces le entregué mi tarjeta.
- Aquí tienes mis teléfonos y puedes llamarme cuando quieras. No es necesario que vengas a esta oficina, podemos juntarnos en algún café de la Universidad si te parece y así hacer más grato esto de tanto papeleo. ¿Vale?
- Muchas gracias por su…., por tú gentileza.
- Siempre es grato para mí ayudar a un buen chico.
Antes de irse se despidió de mí con un fuerte apretón de manos.
Ese día después del trabajo, llegué a casa más contento que de costumbre; es más, le hice el amor a mi señora por iniciativa propia y con una intensidad que desde hace tiempo no se daba. Creo que la hice correrse al menos unas dos veces. Me quedé dormido con la imagen de Jaume y preguntándome si se atrevería a llamarme; si era así, quizás cuándo se realizaría el ansiado reencuentro. Quería que me contara de su vida, qué lo hacía feliz, cuáles eran sus temores, sus expectativas en su nueva etapa; también quería hablarle algo de mí, que supiera que yo era algo más que otro funcionario de la burocracia universitaria.
Ya había pasado media semana y ninguna noticia de Jaume. Desesperado verifiqué por si había entregado sus papeles a alguno de mis colegas, justo cuando tenía otro turno. Pero no, aún faltaban los documentos correspondientes en el fichero suyo. Hice lo que pude para estar la mayor cantidad de tiempo atendiendo a los estudiantes y así verme con él. Apenas se abría la puerta de Asuntos Estudiantiles, miraba detenidamente por si era Jaume; el corazón me latía con fuerza. Estaba ansioso.
Un día me mandaron a dejar unos documentos al Departamento de Derecho. Iba caminando pensando en las visitas que tendríamos esa noche en casa, cuando a unos pocos metros, divisé a Jaume. Mi cuerpo se quedó paralizado, la sangré me hirvió en las mejillas. Allí estaba él, con un poco más de ropa, pues ya estaba haciendo más frío, pero se veía tan bien con su camisa que se le ajustaba al bien formado torso y unos jeans que le modelaban las musculosas piernas. Se estaba dejando barbita de candado, lo que le daba un aspecto mucho más viril. Desde mi lugar, volví a escuchar su gentil risa. Quise ir hasta él, pero no era mi intención parecer tan confianzudo. Deseaba ganarme su simpatía, pero ya había hecho mi parte y ahora le tocaba a él buscarme, aunque fuera por un motivo tan formal como lo eran sus asuntos estudiantiles. Además Jaume se encontraba con unas tres personas, dos muchachas muy hermosas y un tipo, de seguro sus compañeros y amigos. Sentí algo de celos, cosa que igual me pareció estúpida, pues sabía que Jaume no me debía ninguna lealtad. Estaba por irme a lo mío, cuando escuché mi nombre ¡Era Jaume quien me había visto y me llamaba mientras se dirigía hacia mí! ¡Qué dichoso me sentía en ese instante!
- Hola, Allan ¿Cómo estás?
- Muy bien, gracias ¿Y tú?
- Excelentemente. Qué gusto encontrarme contigo. Debo confesarte que la otra vez me llamó mucho la atención que hayas sido tan buena onda conmigo, pero se agradece.
- No hay de qué.- Estaba haciendo lo posible para que no se notara mi creciente emoción al volver a estar en su compañía y que más encima haya sido él quien viniera hacia mí.
- No te he llamado porque me ha costado un poco lo de reunir lo que me falta, pero creo que mañana tendré todo listo. ¿Aún sigue la oferta de entregártelo todo fuera de Asuntos Estudiantiles, cierto?
- Pues claro. Siempre cumplo mi palabra.
- ¡Muchas gracias!
Y entonces me dio uno de los abrazos más afectuosos que he recibido, apretándose bien a mí y palpándome la espalda. Sentir la dureza de su cuerpo me dejó aún más excitado, aunque no era algo erótico aún, si no una especie de desconcierto porque todavía no sabía qué era lo que sentía hacia ese joven.
- ¡Tendré que invitarte a beber un buen pitcher! ¿Bebes, cierto?
- Pues claro, aunque no como para emborracharme.
- Vamos bien.
- ¿Y qué tal si comemos algo rico también?- Ya estaba recobrando la tranquilidad, así que por eso me di fuerza de valor como para dar un paso más en nuestra naciente relación.
- Conozco un lugar cerca de acá, aunque fuera de la universidad. ¿Te tinca?
- Pues claro, hombre.
Se me estaba haciendo tarde, pero apenas me importaba. Sin embargo parece que Jaume era lo suficientemente empático como para comprender que estaba en horas de trabajo y se ofreció a acompañarme hasta la puerta de mi destino, puesto que como alumno no podía entrar a la oficina donde iba, en lo que me iba a demorar bastante. Hice lento mi paso para aprovechar al máximo la compañía de Jaume, quien durante el camino me contó sobre algunas de las cosas que le habían pasado en la universidad, durante sus primeros días de vida universitaria.
Al despedirnos, me habría gustado otro abrazo, pero sólo nos dimos las manos como dos amigos que recién se están conociendo.
Dos días después recibí el llamado a mi celular de parte de Jaume. Justo estaba en ese rato viendo las noticias con Elizabeth, mi señora. Como no tenía registrado el número de Jaume en el celular, no sabía quien era, pero cuando me dijo su nombre, me puse nervioso; así que me fui al baño a hablar por teléfono. Quedamos de juntarnos a la salida de mi pega, en la puerta principal de la universidad y así él me llevaría a su “picá” de las pizzas.
Apenas lo vi me dieron muchas ganas de abrazarlo. No me negué el gusto y se lo di, aprovechando de disfrutar al máximo los segundos en los que lo tenía aferrado a mí. Le llevaba por lo menos 15 centímetros de alto, pero aún así en esa posición quedábamos tan bien los dos. Mientras aún lo tenía así, miré hacia abajo por su espalda y recién vine a contemplar su trasero, que era gordito y bien formado. Me acordé de lo que me gustaba antes abrazar a Elizabeth y agarrarla de las nalgas, tan gorditas como las de Jaume. En mi curiosidad me pregunté qué se sentiría exprimir entre mis manos el culo de otro hombre y más aún el de alguien como Jaume que se notaba lo tenía firme.
- ¡Qué cariñoso!- Interrumpió mis pensamientos Jaume.
- Espero no haberte molestado con tanta efusividad.
- Al contrario, me gusta la gente tierna y es por eso que me animé a mantener contacto contigo.
“¿Acaso le gustaba?” Pensé y si era así qué reacción tomaría yo. Apenas había conocido gays y la verdad siempre me habían incomodado. No obstante, en mi fuero interno comprendía que algo nuevo en mi vida estaba pasando.
El local estaba a unas pocas cuadras de la universidad. Allí nos sentamos en una mesa bien apartada, de modo de tener más intimidad. Nos encontrábamos charlando como si fuéramos viejos amigos, cuando me puse a balancear una de mis piernas, tal como acostumbraba a hacerlo en momentos de dicha. Entonces sin proponérmelo, toqué una pierna de Jaume y me dio vergüenza. Al parecer a éste no le molestó o no se dio cuenta. Al apreciar ninguna reacción por parte suya, pues Jaume seguía hablando como si nada, me envalentoné y continué balanceando mi pie. Entonces volví a tocarlo y dejé el mío en contacto directo con el suyo. Tuve ganas de frotarlo, pero ya era demasiado para mí. No obstante volver a tener esa leve unión física con él, aunque fuese a través de la tela de nuestros pantalones (bueno, él llevaba jeans como la otra vez, en cambio yo andaba de traje), hizo que me sintiera más a gusto.
- ¿Jaume, pololeas?
- Sí, ya llevo un año y medio con mi polola.
No me gustó mucho la noticia. Qué vil me sentí entonces, puesto que no tenía por qué sentirme celoso.
- ¿Y estás muy enamorado?
- Al menos eso creo. Sandra ha sido la única polola que he tenido. Con ella perdí mi virginidad.
- ¡Oh! En cambio yo tuve hartas minas antes de conocer a mi esposa. Incluso hubo un tiempo en que la engañé, claro, eso fue al principio del matrimonio.
¿Por qué razón le contaba esto a alguien que casi era un desconocido para mí, un secreto que ni siquiera había osado compartirlo con mis mejores amigos? Lo ignoraba, pero sí se sentía bien abrir mi mundo interno a Jaume, por mucha que fuera la diferencia de edad y de experiencias entre nosotros.
- Bueno, como tú me has contado algo tan importante, yo te confesaré algo que hasta el momento a nadie se lo he dicho…
¡Chucha! ¿Qué iba a ser lo que me diría? Por un momento pensé que se me declararía y la idea comenzaba a gustarme. ¿Estaría dispuesto a probar en la cama, después de tantos años de sólo experiencias heterosexuales, el sexo con otro hombre? La sólo idea de sentir por primera vez besar a otro macho, de palpar la desnudez de un cuerpo masculino, velludo y de sentir en la lengua el gusto de otro pene, me hacía sentirme inquieto, pero no me molestaba. Me imaginé haciéndole el amor a Jaume, penetrándolo hasta saciarme de su juvenil cuerpo viril y luego entregarle mi trasero hasta el momento virgen, para sentir lo que era que te poseyeran. Siempre me había gustado chupar unas buenas tetas y ahora se me abría la expectativa de pasar mi lengua por una tetilla rodeada de pelos y quizás durita, tal como se le marcaban a Jaume en su ajustada polera, aquella vez en que nos conocimos. Si me decía que “quería conmigo” demás que le decía que bueno, en fin, algunos decían que había que probar de todo en la vida. “¡Pero qué estaba pensando, mierda!”. Por un momento me asusté de verás sobre el curso que estaban llevando mis cavilaciones. Y entonces…
- …Resulta que mi polola y yo vamos a ser padres.
Todavía me pregunto sobre qué cara habré puesto cuando me dijo esto. Sólo atiné a decir:
- Ummmmm.
- Exacto. Sandra ya tiene un mes de embarazo y estamos por contárselo a nuestras familias. La verdad es que no sé qué voy a hacer.
Lo que quedaba de pizza se había enfriado hace rato, cuando ya llevábamos un buen rato hablando sobre el futuro hijo/hija de Jaume, cómo esto cambiaría sus planes, etc. Más bien fue un monólogo de Jaume en el cual yo atinaba a responder casi con puros monosílabos, aunque para ser franco al parecer Jaume se encontraba tan ensimismado desahogándose conmigo, que ni se daba cuenta de mi descompostura.
Y cuando sonó su celular…
- Es Sandra, quiere que me vaya para su casa, pues estaba llorando.
- ¿Algo en que te pueda ayudar?
- No te preocupes, es sólo una crisis nerviosa que le dio por el tema de que le cuesta hacerse el valor para contarle a sus padres lo del embarazo. Después de todo, sólo tiene dieciocho años.
- ¡Mierda!
- ¿Te parece si llegamos hasta acá por ahora?
- Pues claro. Dame unos minutos que voy al baño, mira que estoy que me orino.
- Vale. Voy a pedir la cuenta mientras tanto.
Y me fui al baño lamentando la suerte de mi nuevo amigo, pero también el hecho de que me daba cuenta que ahora que iba a ser padre, quizás se iba a hacer más difícil lo de mantener algún tipo de relación entre nosotros dos. En todo caso, me sentía un egoísta.
Al llegar al baño, no había nadie más. Me fui a orinar, pues me había tomado casi dos litros de cerveza solo y estaba que explotaba. No creo que haya pasado ni un minuto cuando se abrió de nuevo la puerta del baño y para mi sorpresa era el mismísimo Jaume. Esto me asustó.
- ¿Pasa algo?- Le pregunté intrigado.
- Nada. Ya pagué. Y como también me dieron ganas de mear, me vine para acá.
Jaume se puso frente a un orinal contiguo al mío, se abrió el marrueco y me fue imposible no mirar hacia abajo: se sacó de dentro un pene tan grueso y cabezón, el que además se notaba tremendo y surcado de gruesos vellos negros. Me quedé casi hipnotizado mirándolo.
- En cuanto a la cuenta, no te preocupes. Yo invito para agradecerte tus atenciones.
Al parecer no se había dado cuenta de lo atento que estaba en mirar su miembro, del que salía un amarillo chorro de orina, cuyo olor era tan fuerte, que me golpeaba las narices. Me mordí la lengua para no hacerle un comentario alabando las proporciones de su sexo. Yo siempre había estado orgulloso del tamaño de mi virilidad, pero ahora que por primera vez en mi existencia contemplaba comparativa y muy atentamente otro pene (y en vivo más encima), me dio envidia. Por otro lado, me inquietaba el pensamiento acerca de qué se sentiría tener en la mano un falo como ése y pajearlo hasta que el moco se derramara en abundancia. De seguro a su pico le acompañaban dos formidables huevos bien peludos. Temí que se me fuera a parar, pues aún tenía en mi mano mi propia verga, aunque ya había terminado de orinar. Cuando Jaume se sacudió el pene con fuerza, cayendo unas cuantas gotitas, la sola imagen de hacérselo yo por mi cuenta, me calentó más aún. Si en ese instante Jaume se me insinuaba, ahí mismo nos pegábamos un buen atraque y no dejaría de al menos meterle mano en la entrepierna. Por otro lado, su culito se le veía tan rico, que me pasé también en la mente la película de fornicármelo y probar de una vez un traserito peludo. ¿Acaso me estaba volviendo maricón? ¿Y si no tenía oportunidad con Jaume acaso buscaría saciar mi curiosidad sexual en otros hombres? Me reí por dentro, pues me acordé entonces de un término que hace un tiempo había escuchado: Hétero Curioso. A lo mejor en eso me había convertido y no era ni gay, ni mucho menos bisexual.
- ¿Vámonos ya?- Propuso Jaume el Mulo.
- Claro.
Como había estacionado mi auto estacionado cerca de allí, me fui a dejar a Jaume a casa de su polola, quizás futura esposa, quien vivía en la misma comuna de Macul, al igual que él. Me fui todo el camino ocultando una creciente erección que estaba por delatar mi atracción hacia Jaume. Al despedirnos, yo seguía en mi asiento, nos volvimos a dar la mano y luego un tierno abrazo. Qué ganas tuve de besarlo.
Cuando llegué a casa, ya era pasado la medianoche; Elizabeth y los niños ya se habían puesto a dormir. No me atreví a despertar a mi esposa, pues además las cosas estaban más frías que nunca, pese a que aquella ocasión después de que le hice el amor desaforadamente tras conocer a Jaume, se había quedado en la cama conversando conmigo como antaño, diciéndome una y otra vez sobre lo bien que había estado en la cama.
Entré a casa con el miembro hecho una piedra al rojo vivo. No aguantaba las ganas de correrme, así que tras ver a Elizabeth en los brazos de Morfeo, me fui directamente a la ducha. Allí me saqué raudo la ropa y me metí dentro, pasándome el jabón para sentir su textura en la piel, frotándome las sensibles tetillas. Con una mano me masturbaba, haciendo burbujitas con el jabón, y con la otra me apretaba una tetilla que daba gusto. Comencé a gemir cuando ya el orgasmo estaba por llegarme, pero paré los movimientos de mi mano para disfrutar más el onanista acto. Mi pene estaba todo hinchado y las bolas apretadas, duras y cargadas de leche que me imaginaba ofrecía al disfrute de Jaume. La cabeza enrojecida apuntaba al aire como si la dirigiera hacia el culito de mi amiguito. Me puse a balancearme hacia delante y atrás tal como si le estuviera dando, mientras afirmaba mis manos en su dura cintura. Ante la imagen mental de mí poseyendo a Jaume, la excitación me superó y terminé eyaculando un montón, igual que en mis mejores años de autosatisfacción.
Después de masturbarme en la ducha, recordé unas cuantas conversaciones húmedas que tuve con Elizabeth durante los mejores años de nuestro matrimonio. Una vez mientras veíamos una porno juntos, en la que dos tipos se comían a una estupenda negra, le pregunté si le gustaría hacer un trío.
- ¿Con otra mujer o con otro hombre?
- Lo que fuera.
- No me gustan las mujeres, cariño, Pero si aparte de ti estuviera un mino tan rico y pichulón como los de esa peli, demás que atino.
Por un buen tiempo me estuvo rondando en la cabeza la idea de materializar el trío, pero no tenía a quién invitar y la sólo idea, en aquel entonces, de tocar desnudo a otro hombre me repugnaba. En cambio ahora se me había ocurrido que con Jaume estaría más que dispuesto en compartir a mi señora. Me lo imaginaba follándosela y haciéndola gozar con ese pene gigantesco que poseía. Me habría gusto mirarlo desde detrás para contemplar su culito y cómo su miembro se hundía hasta los testículos dentro de Elizabeth. Luego me habría gustado penetrarla entre los dos al mismo tiempo, uno por atrás y otro por delante, para luego metérselo ambos a la vez vaginalmente; entonces nuestros penes se frotarían entre sí mientras poseíamos a Elizabeth. Esa habría sido la oportunidad ideal para pasar mis manos por su espalda y culo, en un abrazo entre los tres que sería una forma más de intimar con Jaume.
La sola idea de ver culiando a mi nuevo amigo, de tenerlo a mi lado y contemplar cómo su cuerpo se tensaba en el éxtasis del placer carnal, le devolvió la vida al entonces flácido pene. Todavía en la ducha inicié de nuevo el rito masturbatorio, pero ahora con un fuego tal dentro de mí, que mi mano se movía con avidez. Me pasé la lengua por los labios, como si saboreara la piel sudada de un Jaume entregado a mí. Mis tetillas endurecidas clamaban porque me las chuparan, algo que me dejaba como una moto a la hora de encamarme. Quería sentir lo que significaba pasar las manos y la lengua por un cuerpo velludo como el suyo; experimentar lo que era besar unos labios rodeados por una barba, sentir esos pelitos que me rozaban la piel. Ansiaba la sensación de pegarme a un cuerpo de macho como el suyo, compartiendo nuestras desnudeces a medida que aprendía a conocer sus zonas erógenas. Una vez que me diera el gusto de hacerle todo lo que se me ocurriera a un hombre como él, le dejaría la libertad de que me enseñara otras delicias que estaba seguro que sólo otro hombre me podría mostrar. Ya me quedaba claro que me tenía todo cachondo el pendejito. Si me decía “¡Upa!”, yo demás que le contestaba “¡Chalupa!”. Esta vez el chorro se semen que salió fue una verdadera explosión de lujuria. Me quedé mirando la leche que se me escurría por una mano y por primera vez en mi vida me llevé ese fluido mío a la boca, pensando, eso sí, que era del propio Jaume lo que degustaba.
Ya limpio, seco y sacado dentro de mí, por ahora, el demonio de la calentura, me fui a la cama junto a Elizabeth. Mientras me quedaba dormido, me hice la promesa de jugármela por seducir a Jaume, quien tenía que convertirse en mi primera pareja masculina. Me abrasé a mi esposa y me hice la idea de que era a Jaume a quien tenía así junto a mí en la cama.
Segundo.
El día en que conocí a Allan, me cayó bien altiro. Esa vez estaba algo nervioso por lo del Crédito Universitario, pues no sabía cuánto me iban a dar. Allan me atendió rebien, como uno no se espera de un funcionario público. Aquella tarde fui a hacer mi papeleo junto con un amigo, Jonás, quien luego que nos desocupáramos me estuvo molestando un buen rato, pues según él, el “gallo” me “había echado el ojo” y le había gustado.
- Tendrás que pagarle el favor con carne.- Se río diciéndomelo.
- No seai pesao.
- Igual me llama la atención de que haya sido tan agradable contigo, pues el tipo es bien cargante según lo he cachado; si hasta una amiga de otra carrera tuvo problemas con él porque la atendió mal.
- No sé. Encuentro que fue super amable conmigo. Además se ve educado y tiene cara de buena persona.
- ¡Uy! ¿No será que te estay volviendo fleto? Mira que si es así, yo me convierto en el padrino de los dos.
- ¡Weón pesao!
La verdad es que encontré a Allan un tipo muy guapo. De apariencia caucásica, tez clara, pelo castaño claro y con chasquillas; muy pulcro para vestir. Se notaba con su traje de oficinista que el mino hacía ejercicios. Tenía unos cuantos pelitos en el mentón que le daban una apariencia picarona.
No creía que tuviera dobles intenciones conmigo, de seguro sólo era alguien buena onda y si quería ser mi amigo, pa`eso estábamos: siempre era bienvenido en mi vida alguien amable.
Eran mis primeros meses en la universidad, cargado de un cúmulo de nuevas experiencias y emociones. Hasta el momento me estaba yendo excelentemente, estaba haciendo nuevas amistades y cada día que pasaba me daba cuenta que lo que me encontraba haciendo era lo mío.
Sólo había un problema…mi relación con mi polola no era lo mejor en aquel entonces. Sandra se ponía celosa por cualquier cosa, hasta con mis amigos y eso me calentaba la cabeza como nunca. Como le había ido mal en la PAA (Prueba de Aptitud Académica, siendo ese año el último en que la hicieron, pues luego instauraron la PSU para seleccionar a los nuevos alumnos universitarios), se había quedado en casa sin siquiera hacer un preuniversitario. Así que andaba más ansiosa que de costumbre. Su familia era mucho más humilde que la mía y no tenían para pagarle una universidad privada. En el sexo nos llevábamos como nunca, pero me daba cuenta durante nuestras sesiones en la cama, que Sandra como que se aferraba a mí de una manera casi obsesionante, tal cual si yo fuera un salvavidas que la sacara a flote de la mediocridad en la que se sentía vivir. En ocasiones se ponía a llorar luego de llegar al orgasmo y me tenía que quedar abrazado a ella consolándola, con el sudor de la excitación enfriándose en mi cuerpo.
- A veces quisiera que me pidieras matrimonio, para al menos sentirme una esposa que estuviera en casa esperando día a día a su marido; que me dieras hijos…
- ¿Estás bromeando, cierto?
- Para nada. Siempre he querido tener una familia y más si es contigo.
- Está bien, pero aún somos jóvenes. Recién acabas de salir del colegio y debes buscar nuevos horizontes.
- Nunca he sido muy buena en los estudios.
- Bueno, para algo serás buena.
- Soy buena para ti.
- Cierto.- Y le di un beso en la frente. Viéndola tan indefensa se me partía el alma. Sin embargo en lo más recóndito de mi corazón, sabía que no quería a alguien tan débil y sumiso conmigo y si Sandra seguía manteniendo esa actitud en su existencia, a la larga se transformaría en un lastre para mí.
Un día me dieron lo que creí era la peor noticia de mi vida: Sandra andaba con retraso en su periodo menstrual. Le dije que de inmediato se hiciera un test de embarazo. Estábamos juntos cuando lo llevó a cabo y apenas salió positivo, dio un gritito de alegría, saltó y luego se fue a mí para darme un enloquecido abrazo. En cambio yo no estaba muy contento que digamos, pues el bebé que venía en camino complicaba mis planes. No obstante no era la culpa de la guagua, después de todo yo era un hombre hecho y derecho, así que debía apechugar y a la larga Dios proveería.
El otro día estaba conversando con los chiquillos, luego de una prueba, cuando vi a lo lejos a Allan pasar. Me dio gusto verlo. Había estado a punto de llamarlo a su celular en diversas ocasiones, pero me daba lata hacerlo. Sabía que me convenía aprovechar el favor que me estaba ofreciendo, pues las colas en el Departamento de Asuntos Estudiantiles eran eternas y realmente deseaba quitarme ese peso de encima. El hecho de encontrármelo por ahí, era una ocasión favorable y de ese modo me sería más fácil mantener contacto con él.
Allan iba terneado como la otra vez, aunque con un traje gris en esta ocasión. Sus zapatos de cuero negro brillaban que daba envidia y nada en su facha dejaba de mantener la armonía de un gallo elegante en los mejores treinta años de su vida. Por el anillo que le había visto, supe desde el primer momento que se encontraba casado y de seguro su señora debía ser tan hermosa como él.
Siempre me ha atraído la gente blanca, lo más rubia posible, quizás porque contrastaba con mi apariencia más morena, de descendiente de árabes. Allan en esto no se quedaba atrás y con su pinta se me imaginaba un vikingo. Se me pasó la imagen de cómo se vería usando pelo largo, como todo un rockero, aunque también con su facha se parecía a George Clooney, aunque en versión más rubia. Definitivamente era un tipo muy apuesto.
En una de las clases, un profe había dicho que para el segundo semestre tendríamos que pintar desnudos femeninos y masculinos. Por lo general trabajaba nuestro departamento en conjunto con el Departamento de Educación Física, pues ahí se encontraban lejos los cuerpos más bellos; sin embargo, el profe nos dijo que si queríamos podíamos llevar cuando se diera la ocasión, a alguien conocido que se diera el valor de posar desnudos para nosotros. Entonces pensé si Allan se atrevería a ser mi modelo (bueno, y el de toda la clase también). Más de alguna compañera, y hasta de algún compañero, se sentiría atraído por un mino tan apuesto como él. Cuando pensé en esto, me di cuenta que la sola imagen suya completamente en pelotas, me provocaba morbo. Como joven artista que era, alguien que desde pequeño había sentido un a gran sensibilidad hacia la belleza, viniera de donde viniera, no me incomodaba la idea de encontrar bonito a otro hombre. Además, nunca negaría la posibilidad de tener en algún instante cualquier tipo de experiencia homosexual; por otro lado, en mi posición de alguien de “mente abierta”, era dueño de la convicción de que uno debía probar de todo.
Bueno, para ser sincero una vez cuando cabro, no hace mucho la verdad, cuando tenía dieciseis años, en la casa de campo de unos tíos, con mi primo habíamos tenido uno que otro jueguito sexual. A esa edad era típico experimentar la sexualidad con nuestros pares, así que no me inquietaba lo más mínimo ese hecho. Sólo me preguntaba qué habría pasado si con mi primo hubiéramos pasado más allá de un pajeo juntos. Hoy en día Hernán y yo seguíamos tan amigos como siempre, pese a que él se había declarado abiertamente homosexual tan sólo unos meses atrás y nuestros caminos se habían separado. Con lo guapo y varonil que era, los tipos lo harían chupete.
Recuerdo muy bien aquella vez:
Llevaba ya un mes de mis vacaciones de verano donde mis únicos tío paternos. Hernán era su único hijo y en comparación con mis primos maternos, era mi preferido. Prácticamente éramos como hermanos. Aquel caluroso estío descubrimos cómo nuestros cuerpos iban cambiando, así como también aprendimos a conocer algunas nuevas inquietudes. Estábamos acostumbrados a no guardarnos nada. Todo lo que se nos ocurría, cuando estábamos juntos, lo compartíamos.
Llegué a casa de mis tíos una semana después de Año Nuevo y llevaba más de medio año sin ver a Hernán. Cuando se produjo el reencuentro, tanto él como yo quedamos impactados al sorprendernos de cómo nuestra fisonomía había cambiado. Aparte del cambio de voz propio de esta etapa, nuestros cuerpos se habían ensanchado y salido pelos por todo el cuerpo más que al resto de nuestros conocidos de la misma edad. En la familia, los varones tendíamos a desarrollarnos rápidamente, pero en el caso de Hernán y yo esto se notaba a la legua. Apenas entré a su casa y fui a su cuarto, pues en ese momento mi primo se encontraba leyendo un libro sobre su cama, nos quedamos mirando un buen rato en silencio, como reconociendo poco a poco en lo que se había convertido cada uno.
- ¡Puta que estay rico weón!- Fue lo primer que me dijo, todo sonrisitas.
- Tú no te queday atrás. Si hasta barbita tiene el gil.
Nos abrazamos con efusividad y nos besamos en las mejillas, como era normal entre nosotros desde chiquititos.
- ¿Estay haciendo pesas?- Nos preguntamos los dos al mismo tiempo.
- Bueno, me compré unas máquinas el año pasado.
- Yo hago natación, bueno, y harto fútbol y bici.
Estábamos a unos centímetros de distancia, algo que no me habría permitido con nadie más. Hernán me palpó los brazos, que ya eran lo suficientemente gruesos como para llamar la atención.
- ¡Qué musculoso estás!
Yo le pasé una mano por sus pectorales que ya entonces se le marcaban.
- Me gusta cómo se te ven- Le dije poniendo voz de calentón.
- ¿En serio?
- No te voy a mentir nunca, primito.- Esta vez me puse serio.
- ¿Oye y te ha crecido harto la pichula?- Me preguntó.
- ¡Las weas que preguntai!
- Ya po´, no te pongay cartucho. Si te encanta pegarte las quebrá conmigo.
- Pa`qué te voy a mentir. Sí, se me ha puesto bien grande, gruesa y cabezona.
- ¿Y también pelúa?
- Bastante.
- Ummmm.
- ¿Querís verla?
- ¿No será muy maricón lo que estamos haciendo?
- ¿Tenemos confianza o no? Si estamos entre hombres y no tenemos por qué pasar vergüenza de nuestros cuerpos.- Ahora era yo el que llevaba el jueguito del exhibicionismo.
- ¡Claro, weón!
Cada uno se quedó en pelota y así nos contemplamos en silencio, desnudos, sin el mayor asomo de temor.
- Tenís un cuerpo muy rico.- Le declaré a Hernán.- A mí aún no me salen tantos pelitos en el culo como a ti.
- ¡Shist, es lo de menos, al menos tú tenis mejor pichula que yo!
- Pero tu cuerpo está mejor cuidado que el mío.
Y eso fue todo lo que pasó entre nosotros, en una primera instancia. Luego nos vestimos y bajamos del segundo piso, pues nos habían llamado para almorzar.
Yo compartía la habitación con Hernán, claro que cada uno en su propia cama. Andábamos en pelotas o en puros calzoncillos uno frente al otro como si fuera lo más natural del mundo y nos íbamos por horas a un río cerca, para bañarnos en cueros allá y holgazanear en el pasto, sólo los dos sin nadie más que nos molestara.
Era para mí invaluable esos casi dos meses que pasaba con Hernán, pues con él nada tenía que aparentar y mis tíos me atendían tan bien, que no echaba de menos a mis padres, que en esas fechas acostumbraban a viajar solos dentro o fuera del país. Era en vacaciones de invierno que me gustaba salir con ellos.
Un día recién habíamos salido del río donde nos gustaba bañarnos, completamente en pelotas y Hernán sacó de su mochila una ajada revista porno que se había comprado hace años, el muy caliente. Se puso a ver a una mina que nos gustaba harto, una famosa actriz porno española, cuando me preguntó:
- ¿Todavía eres virgen?
- El año pasado durante una fiesta del curso, una compañera que era repitente y estaba bien güena, me dejó chuparle las tetas.
- ¡Ya! ¿Pero se la metiste?
- ¡Oye, qué eres copuchento!
- Quería puro…Pero la muy maraca no se dejó. ¿Y tú que tanto preguntay, acaso ya “mataste la gallina”?
- No, pero durante las vacaciones de septiembre una amiga me dejó puntearla.
- ¿En pelota?
- No con ropa.
- ¡La wea fome!
- ¿Cierto?
Y nos largamos a reír como los cumpas que éramos. Al rato nos quedamos callados y nos miramos en silencio.
- ¿Te hay medido el pico parao?- Le pregunté.
- Sí, la última vez que me lo medí, tenía como diecisiete centímetros.
- ¡Eso es harto po´, weón! Un centímetro menos que yo. A lo mejor hasta lo tenís más grueso que yo cuando levantai carpa.
- ¿Creis?
- Claro. Quizás el mío se ve más grande a simple vista, pero lo que vale es cuando la tula está pará.
- ¿Soy aweonao, cierto?
- ¡Nadie es perfecto! Sólo yo.
- ¡Putas que te quiero, weón!
- Y yo a ti.
Me dio un beso en la mejilla y entonces se puso colorado.
- ¿Oye?
- ¿Qué?- Le pregunté.
- ¿Paieémonos juntos?
- ¿Por qué se te ocurrió esa idea?
- ¡Putas! De puro caliente que soy no más po´. Además así comprobamos de una vez por todas quién es el más pichulón de los dos.
- Buena idea.
Sin darme cuenta, me fue envolviendo el húmedo deseo de ver a mi primo masturbándose, quien en ese momento tenía en sus azules ojos, un brillo que antes nunca le había visto. La piel me quemaba y el sudor, por un lado del miedo ante la idea de estar haciendo algo “prohibido”, como también del morbo que me invadía, me corría a raudales por la frente y el pecho.
El hecho de correrme la paja junto a Hernán, quien ponía una cara de libidinoso que llegaba a encantarme, me estaba llevando a caminos desconocidos. Ambos estábamos descubriendo juntos y en secreto, ciertos placeres culpables que sólo dos muchachos a solas se permitían. A veces los ojos se me iban al suelo, atento a mi mano que se aferraba a mi pene que ya hace rato había alcanzado su punto más álgido; pero era de pura vergüenza, pues me daba cuenta que la visión de Hernán a mi lado, en pelotas y masturbándose tan feliz, me extasiaba. Hernán se masturbaba con una pasión que daba envidia.
- Ahora ponte a mi lado, hombro con hombro.- Accedí en silencio.- ¡Vamos, sigue corriéndotela! De este modo podemos cachar mejor qué tan distintas son nuestras tulas.
Sentí las ganas de juntar su pico con el mío, las dos puntitas pegándose, pero me dio cosa contarle mi idea. Entonces Hernán me pasó una mano por detrás, rodeando mis hombros. Seguimos en nuestro calentón juego y entonces me dijo:
- ¡Shist, tenís el tremendo pico! ¡Harto grueso, grande y cabezón! De seguro botai harto moco y más con unas bolas como estas- Y para mi sorpresa me tomó con una mano de ellas e hizo como si las estrujara.- ¿Te lo han mamado alguna vez?
- Nunca.- Todavía me tenía agarrado de los huevos, pero ahora unos de sus dedos me tocaban el miembro, poniéndome más duro aún.
- ¡Pues una maravilla como ésa ya hace rato que debía ser probada!- Y entonces se agachó, aún frotándose su propia verga, y se metió en un dos por tres la cabeza en la boca. Por un momento, pensé que me desmayaría, sin embargo la sensación de su lengua pasándome por el hinchado glande, me devolvió la vida.
- ¡Hace rato que te la quería mamar, primito, pues estay más rico que la cresta!
- ¿Ah, sí?- No atinaba a decir nada más. Sólo quería disfrutar el momento. Ya envalentonado, puse mis manos sobre la cabeza de Hernán para señalarle que no quería otra cosa más que me la mamara. Hernán me comprendió al instante y ahora se metió todo adentro, para paladear mi todavía virgen miembro. Le gustaba que entrara todo y luego se lo sacaba casi hasta la cabeza, dejándolo brillante con su saliva y mis fluidos que se mezclaban en sus chupeteos. Creía que ya me iba a ir dentro de su garganta, cuando Hernán se lo sacó.
- ¡Ahora puntéame!- Pidió.
- ¡Ya po´!
Me puso el culo de frente, ofreciéndomelo para que lo agarrara fuerte de los cachetes y le pasara mi miembro que ya estaba que le partía el trasero.
- ¿Has hecho esto antes?
- Solo en sueños…contigo.
- ¿Te gusto mucho?
- Demasiado, weón. No sabís la de pajas que me he hecho pensando en ti, Jaume.
- Ni siquiera me lo hubiera imaginado.
- Ya, weón, menos conversa y más acción.
Ni tonto, ni perezoso, me puse a atacar su culito tan blanquito, que me ponía más cachondo que la cresta; lo tenía durito y parado, con unos cuantos pelitos rubios, bien finos, que le salían de entre la raja.
Era demasiado para mí, pues nunca antes había pasado una experiencia sexual tan fuerte como ésta. Todavía no se la metía y ya estaba que acababa.
- ¡Quiero penetrarte, Hernán!
- No, weón, eso no. Quizás otro día.
- ¡Erís muy maricón, weón, me dejai como loco y al final arrugai!
- ¡Sabís que no soy vaca! Si esto es tan sólo el comienzo de una nueva etapa en nuestra relación.
- ¡Ahí me gustó más la idea!
- ¿Quieres botar tu leche ya?
- ¿Lo puedo hacer en tu boca?
- Pues claro.
Hernán se acostó sobre el pasto y siguió pelándosela. Me arrodillé a su lado, apuntándolo con mi falo que ya a esa edad tenía unas proporciones que me ponían orgulloso y en verdad cuando se me paraba como en ese momento, mi pene amenazaba con partir a quien se lo pusiera. El semen salió de mí como si me estuvieran ordeñando. Lechosas y humeantes gotas siguieron siendo expulsadas, hasta que mis testículos quedaron secos.
- ¡No aguanto más! ¡Yo también me corro!
Hernán también era un lechero (de seguro venia de familia) y sobre su liso vientre el líquido se disgregó por él, como dejando nacaradas pozas, que luego se escurrían por todos lados.
Pensé en besar en la boca a mi compañero de juegos, pero me dio algo de asco probar el gusto de mi propio semen.
Para refrescarnos, nos volvimos a meter al río. Al rato nos vestimos y nos fuimos a la casa de mis tíos. Llegamos mucho más tarde que de costumbre, muertos de hambre y de cansancio. Al final nos llevamos la once/cena (en ese momento queríamos comer como cerdos y luego puro dormir) a la pieza y al rato, ya estábamos durmiendo como lirones.
Era casi el final del verano. Hernán y yo seguimos disfrutando juntos lo que quedaba, pero no se hablaba entre los dos sobre nuestra última experiencia. Quizás fue lo mejor, pues de alguna manera ambos sabíamos que todavía nos quedaba vivir otras cosas antes de decidirnos sobre quién éramos cada uno de nosotros y a dónde nos llevaba la vida. Ése fue el último verano que pasamos más de dos semanas compartiendo, pues ya al año siguiente de que descubrimos esa faceta del sexo, ya llevábamos pololeando cada uno con sus respectivas chicas, quienes eran nuestros verdaderos primeros amores; así que preferíamos pasar más tiempo con ellas.
Luego, con el correr de los años, mi relación con Sandra se fue formalizando, de modo que me encontré con la sorpresa de que pronto ambos nos haríamos padres. En cambio, Hernán probó con hartas mujeres y también con hombres, hasta que se dio cuenta de que la pasaba mejor estando con personas de su mismo sexo.
Tercero.
Con Jaume nos veíamos irregularmente, pero las veces que lo hacíamos, la pasábamos genial. Nos veíamos por lo general a la salida de mi pega, pues el fin de semana era más complicado, para él por lo de la guagua que estaba por nacer, y para mí por mis niños y otros compromisos familiares.
Las pocas horas que permanecíamos juntos, lo hacíamos yendo a un pub, un buen restaurante o incluso al cine. Hablábamos por lo general sobre nosotros, nuestras vidas y preocupaciones. De algún modo era como una terapia para ambos, ya que era la instancia que teníamos para relajarnos y contar con un oído amigo. Por mi parte, cada día que pasaba, Jaume se convertía en alguien imprescindible para mi felicidad. No estaba seguro de si lo amaba, pero sí tenía muy claro que cuando estaba con él, me sentía reconfortado.
Un día tuve una discusión muy fuerte con Elizabeth y salí de la casa dando un portazo, los niños quedaron llorando en casa. A veces me preguntaba que por qué no mejor nos separábamos de una vez, pero el miedo al que dirán y al cambio, me aferraba como siempre a mi monótona vida. Molesto y con puras ganas de evadirme, me fui a caminar por un parque que quedaba a sólo unas cuantas cuadras. En eso sonó mi celular y como si fuera milagro, vi en el visor que era Jaume quien llamaba. Me preguntó si estaba libre, que si le parecía que nos viéramos. Creí explotar de dicha, casi le grité que lo quería más que la cresta, que no tenía ni idea de cuán importante era para mí y que le agradecía que justo cuando más lo necesitaba, me hubiese llamado.
- Estoy solo en casa.- Me dijo.
Cuando oí esto, se me ocurrió que tal vez había una doble intención en ello, que quizás mi oculto deseo por tener un grado mayor de intimidad con él, estaba por realizarse; a lo mejor a Jaume también le gustaba de esa forma. Una vez en su hogar, estaría atento a cualquiera insinuación.
Al llegar a su casa, apenas entré a ella, el corazón me lateó desenfrenado. Lo abracé más estrechamente que nunca, pegando mi cuerpo al suyo con un ansia tal que daba vergüenza.
- ¿Te puedo dar un beso?- Le pregunté
- No hay problema.
Le di un tímido beso en la mejilla sin afeitar, algo que nunca había hecho hasta ese momento. Seguíamos abrazados.
- ¿Te pasa algo?
- Sí, lo que sucede es que hay ocasiones en que no aguanto más la tensión con Elizabeth.
- Vamos, hombre, sentémonos a charlar y bebamos una chelita ¿Te tinca?
- Claro.
Jaume fue tan atento y tierno conmigo, que me daban puras ganas de llorar de emoción. Me estuvo escuchando por horas.
- ¿Por qué estás solo hoy?- Le pregunté ya más relajado.
- Porque mis padres se fueron por unos días a la casa en Peñaflor. Ellos van para allá de vez en cuando. Me gustaría mucho un día convidarte para allá. Tenemos una tremenda piscina.
- Genial.
- Ya es pasada la medianoche ¿No te complica llegar tarde a tu casa?
- Para nada, me siento bien aquí contigo. Por cierto, creí que vivías con tu novia.
- Ella y yo la verdad tampoco estamos muy bien. A mí me tienen muy choreado sus celos y lo posesiva que es. En verdad no sé a dónde va a parar lo nuestro.
- Estamos en la misma parece.
- Exacto. Oye, Allan, si quieres te puedes quedar acá en la casa. Hay camas de sobras.
- Gracias por tanta amabilidad. Veré alguna forma de devolverte tantas atenciones.
- No te preocupes, lo hago porque eres mi amigo y te quiero.
- ¿En serio?
- Pero pues claro.
- ¿Y no te complica la diferencia de edad?
- Para nada. Prefiero lejos a la gente mayor que yo, pues es más madura y la gente de mi edad, me aburre con sus conversaciones insulsas.
- ¿Te puedo decir algo?
- Claro.
- Igual me da plancha hacerlo.
- Vamos, no te achunches.
- Me encantaría pasar la noche acá, pero no quiero dormir solo.
- ¿Qué quieres decir con eso?- Por unos segundos pensé “¡La cagué!”, pues creí ver en sus ojos un toque de sospecha y molestia. Quizás me había extralimitado y a lo mejor Jaume nunca sentiría por mí más que amistad; después de todo, los heterosexuales no llegaban a este tipo de gestos con los amigos de su propio sexo y menos dos hombres que se llevaban casi quince años de diferencia. Jaume se quedó callado por un buen rato, que a mí se me hizo una eternidad y pensé que era el fin de lo nuestro: adiós, amigo.
- Disculpa si he abusado de ti. Fui un tonto al decirte eso.- Fue lo primero que se me ocurrió para arreglar la cagada que había dejado.
- No hay problema. En verdad me dejaste helado, pero era porque nunca pensé que fueras alguien tan sensible y dispuesto a mostrar su propia fragilidad.
“¿Qué me estaba queriendo decir con esto?” me pregunté.
- Tengo una cama de dos plazas. Si no te complica, podemos dormir ahí los dos. Pero la verdad, aún no tengo sueño. Si te parece, podemos acostarnos a ver una película.
- ¡Claro!- Estaba recontento. No sabía a qué iba a llegar esa noche juntos, pero sí era evidente que sería un momento inolvidable.
- ¿Y cómo lo harás para la pega mañana?
- No me complica. Llamaré temprano apenas despierte y diré que estoy enfermo. ¿Tienes clases temprano mañana?
- El jueves es el único día en que me toca ir a la universidad recién por la tarde. Por cierto, hay un problema, eso sí, con esto de compartir juntos la cama.
- ¿Cuál?
- Sólo duermo en pelotas.
-¿Me estay hueviando?- Me puse a reír. Pero la verdad la idea de tener desnudo a mi lado en el lecho a Jaume, me gustaba mucho. Además, nunca lo había visto en cueros y desde hace tiempo que lo venía desnudando con la mirada. Me calentaba como nada el estar así con él y en especial, el momento en que se fuera sacando la ropa, descubriendo su anatomía tan deseable y ver ahora en todo su esplendor la verga majestuosa que le había contemplado aquella vez en el baño de la pizzería. Quizás ahora podría cacharle el rico potito que de seguro poseía.
- No, en serio.
- Bueno, estás en tu casa y aquí haces lo que quieres.
- Sabía que no te complicaría demasiado.
Era una noche fría, de mucho viento. Cuando llegamos a la habitación de Jaume, me dio gusto ver la inmensa cama, bien arropada, aunque con el candente cuerpo de mi amigo no necesitaría otra cosa para mantenerme caliente. Lo más seguro era que no podría estar abrazado a él, pero al menos me acostaría bien cerquita suyo y velaría por tocar lo que más pudiera su piel.
Jaume se desnudó frente a mí, con una naturalidad que me sorprendía; no obstante, el hecho de estar con él en su habitación esa noche, fue para mí una de las experiencias más eróticas de mi vida. Cada uno estaba sacándose la ropa, pero yo a diferencia suya me quedé en puros calzoncillos y calcetas, mientras que él se hallaba completamente desnudo
Traté de hacerme el tonto, pues mis ojos se posaban ora en su pecho, ora en su sexo y otras partes suyas, para que no se diera cuenta de cuánto gozaba el espectáculo de su desnudez. Temí que me fuera a erectar, ya que era demasiado para mí el deseo que sentía por Jaume. No podía dejar de maravillarme ante un cuerpo masculino tan hermoso como el suyo. El mío no estaba mal, pero el de Jaume me confirmaba la nueva inclinación sexual que estaba naciendo en mí. ¿Acaso ahora me gustaban derechamente los hombres o era sólo Jaume quien despertaba en mí ese tipo de intereses? En fin… ¡No me importaba ya, si ello significaba disfrutar de la masculinidad de mi joven compañero!
Su cuerpo era puro músculo, bajo una piel morena llena de vellos oscuros y gruesos. Pero para lo bajo que era Jaume, sus músculos no se veían desproporcionados, al contrario, todo en él era armonioso, incluso el miembro y sus huevos que eran bastante grandes (y eso que ni siquiera lo tenía parado, pues si era así, tremenda verga que se vería). Sentí ganas de pasar mis manos por el promontorio que eran sus pectorales de duras tetillas y luego recorrer la curvatura de sus abdominales, restregando mis dedos en los vellos que los circundaban. Todo eso se me ocurrió en sólo segundos. Jaume era una escultura viviente, una pintura de la Capilla Sixtina o para ser más actual, un modelo de catálogo de ropa interior.
- Tienes muy buen cuerpo. Se nota que haces deportes.- Me dijo Jaume cuando ya estábamos en la cama, arropados. Me encantó que se fijara en mí (“Ojalá deseara también mi cuerpo, aparte de simplemente admirarlo” pensé).
- Ni siquiera se acerca al tuyo. Tú sí que te ves bien.
- No es para tanto.
- Eres muy humilde.- Me habría encantado decirle que estaba rico, que al verlo en pelotas más ganas me habían dado de tocarlo, abrazarlo y besarlo por todas partes, de saborear el gusto de sus besos y sentir por primera vez en mi vida lo que era tener un pene en la boca…y hasta en el culo.
Jaume puso una película de terror, pero al rato me di cuenta de que dormía, pues roncaba como nunca había escuchado hacerlo. Tras acostarnos, Jaume había dejado prendida dos lámparas, una a cada lado de la cama, a baja intensidad, lo que me permitió ver su semblante al dormir: se veía tan precioso con ese rostro suyo, sereno, una extraña mezcla del niño que hace poco había dejado de ser y el hombre en que se estaba convirtiendo. Quise besarlo, darle mis buenas noches, pero no correspondía; entre el deseo y la acción había un largo trecho.
No podía concentrarme en la película, que en todo caso se veía buena, así que opté por apagar la tele y también las dos lámparas. Quedamos completamente a oscuras. Controlando mi nerviosismo, me acerqué más y más a Jaume, de modo de quedar pegadito a él y tocar su piel desnuda, calentita. Jaume dormía de lado, quedando su culito hacia mí, como si me estuviera esperando. Lo rocé con mi entrepierna y altiro mi sexo entró en acción, poniéndome todo lo duro y húmedo que podía. Sentí el jugo de la penca que comenzaba a exudar. Si quería tocarlo (correrle mano) ahora que Jaume dormía, debía hacerlo en el más absoluto silencio, despacito, para que no despertara. Se me ocurrió que a lo mejor estaba despierto y quizás se hacía el weón para “probarme”, a ver qué hacía yo; quizás sólo quería que actuara y así de una vez entregarnos ambos al placer entre machos…¡Era demasiado bueno para ser verdad! En fin, me acerqué y puse una mano en su muslo. Cuando sentí su carne que parecía arder, surcada de pelos que se notaban más suaves de lo que me había imaginado, creí que no sería capaz de controlarme y me echaría de inmediato encima de Jaume. Me pegué mucho más y ahora mi paquete hacía presión contra las desnudas nalgas de mi amiguito. A paso de tortuga, comencé a frotarme contra Jaume, sin dejar de acariciarlo, pasando la mano a través de la geografía de su cuerpo. Hice lo posible por no ir de una vez por todas a su pene, el que me tenía seducido desde aquella vez en que orinó a mi lado.
El sueño de Jaume parecía ser tan profundo, que me armé de mayor valor y le toqué las bolas, peludas y grandes como las de un semental. Pensaba en toda la leche que debían llevar, un manjar que se me antojaba probar y mezclar con el propio semen de mis huevos. Quería hacerle el 69 y acabar cada uno en la boca del otro, alimentándonos de nuestros fluidos. Cuando me atreví a pasar los dedos por su verga, me sentí decepcionado de que no estuviera erectado, pero aún así su miembro se sentía poderoso, toda una promesa de nuevas sensaciones para mí. Jugué con los pelitos duros que cubrían sus testículos, revolviendo el frondoso bosque velludo de su pubis. Deslicé la mano por toda su extensión, sintiendo la suave piel que lo cubría y cuando llegué al glande circuncidado, rodeé con un dedo su contorno. Me llevé a la nariz mi mano para oler su fragancia de hombre y luego me los relamí. Despacito me bajé el calzoncillo para sacarme el pene que estaba que explotaba. Me pajeé un rato y luego muy osado, le pasé la cabecita por entre los cachetes duros, hasta que por fin lo hice pasar entre medio, de modo de sentir la apetitosa hendidura de su trasero.
Era demasiado para mí, pues estaba que eyaculaba y no quería echarme a dormir hasta que descargara toda la energía que se había acumulado en mis huevos. Me fui hasta el baño y mirándome frente a un espejo de cuerpo completo, me masturbé como desenfrenado para lanzar mi leche que hasta mojó el liso vidrio. Todavía recaliente, pasé mi verga en la superficie del espejo, sacándome las últimas gotitas blanquecinas. Una vez que limpié todo vestigio de mi pasión, me fui a la cama junto a Jaume. Volví a ponerme a su lado y me quedé dormido, abrazado a su confortable cuerpo viril.
Cuarto.
En una hermosa película de Hayao Miyasaki, un personaje al final del filme decía “Nadie sabe qué camino tomará su corazón”. Ves que me acuerdo de esa frase, me siento muy reflejado.
Los meses previos al nacimiento de mi hija, Martita, fueron de puros sentimientos encontrados. Cada día que pasaba y estaba más cerca de tenerla en mis brazos, me emocionaba como nunca; no obstante mi pareja se iba poniendo cada vez más intolerante, a tal punto que ya no soportaba estar demasiado con ella. Sandra y yo decidimos que fuera a pasar sus últimas semanas del embarazo a Frutillar, con sus padrinos, quienes tenían un gran fundo allá; a ver si un clima más limpio y un paisaje más verde le mejoraban el ánimo. No voy a negar que me sintiera mucho más aliviado con su partida. Apenas tuviera síntomas del parto iría para allá.
Poco antes de que Sandra partiera, Allan pasó una noche conmigo en mi casa. Aquella ocasión no se le veía muy bien, se le notaba en su rostro el peso de sus vicisitudes. Ambos estábamos pasando un periodo difícil de nuestras vidas, pero parece que a él le estaba yendo peor y que por otro lado, se sentía solo como perro. Yo no quería llegar a eso. Me sentí contento de poder hacerle compañía. Me habría gustado haber sido más cariñoso con él, pero no sabía hasta qué punto con Allan podía ser demostrativo. Cuando me dio a entender que esa noche no quería dormir solo, me dio mucha lástima, por lo que le ofrecí compartir la cama conmigo. Sería tonto no admitir que sintiera el deseo de consolarlo, de acariciarlo; Allan era como un inmenso niño al que le faltaba amor y en verdad que me habría gustado demostrarle mejor que ya no era un extraño para mí: que se estaba convirtiendo en una persona importante en mi existencia.
A veces lo veía como al hermano mayor que siempre quise tener, pero en otras…sentía por él sentimientos muy diferentes al de una estrecha amistad entre hombres. En especial cuando lo miraba a sus ojos, esos cálidos ojos verdes suyos que me fascinaban. Me gustaba el tono de su voz (debía cantar precioso) y en un plano más superficial, me gustaba lo alto que era, lo inmenso que se veía a mi lado con su cuerpo tan apolíneo, tan hermoso. Nunca lo había visto con poca ropa, pero me lo imaginaba con un físico espectacular y se le notaba que era velludo, de pelitos rubios que de seguro lo hacían verse muy varonil. Esa noche llegó a mi casa sin afeitar y se veía realmente mucho más guapo. Mi duda sobre cómo era su desnudez, o su imagen en ropa interior, terminó cuando se desvistió para irse a la cama. Recuerdo que llevaba un bóxer blanco y ajustado, que le delineaba los muslos y la cintura sin un ápice de grasa; se le notaba un buen bulto entre las piernas, lo mismo que un trasero gordito. Tenía marcados los abdominales, pectorales y los músculos de los brazos. En definitiva, era un hombre muy atractivo. Cuando lo vi así, me acordé de mi primo Hernán, quien tenía un físico igual al suyo, siendo además blanco y lleno de pelitos rubios por todo el cuerpo.
Por unos instantes creí que Allan pretendía tener sexo conmigo y para ser sincero no me molestaba la idea. El último tiempo había tenido fantasía homoeróticas con él, más todavía ahora que con Sandra habíamos dejado de acostarnos. En el pasado, aparte de mi experiencia con Hernán, me había sentido atraído por otros hombres, pero nunca ello me había motivado a querer intimar con alguno; sin embargo, Allan con su particular forma de ser me había seducido al punto de sacar esa faceta oculta de mi persona. Considerando todo esto, si Allan me buscaba esa noche como a un amante, me tendría más que dispuesto.
Al final no pasó nada aquella velada, pero me di cuenta al despertar por la mañana, que en vez de estar Allan en su propio lado de la cama, se había pegado a mí, teniendo una de sus manos sobre mi vientre. Allan seguía durmiendo cuando me levanté y no se dio cuenta de que le di un beso muy cerca de la boca, antes de irme a la ducha.
Ya había desayunado cuando mi amigo se levantó, aún en ropa interior.
- Puedes ducharte si quieres. Te dejé toallas limpias en el baño y también te puedo prestar desodorante y perfume.
- Eres muy dulce.
- No hay de qué.
Estaba bañándose aún, cuando no aguanté las ganas de orinar y luego de preguntarle a Allan si no le molestaba que pasara a mear. Entonces contemplé su silueta desnuda en la ducha tras el vidrio empañado. Se veía tan sexy. Las toallas las había dejado colgadas en unas perchas algo alejadas de la tina. Así que se vio obligado a salir pilucho para poder secarse. Me fue imposible no quedarme allí, pues contemplarlo como Dios lo mandó al mundo, todo mojado y brillante por la luz que marcaba mejor su definida musculatura, era una delicia para mis ojos. Sólo entonces me di cuenta de que sobre el brazo derecho, llevaba un tatuaje con un tribal celta.
- ¡Qué hermoso tu tatuaje!- Le dije.
- Me lo hice cuando estaba en el instituto.
- Se te ve muy bien. Déjame mirarlo mejor.- Me acerqué más hacia él, tomando su brazo por el bíceps para levantarlo y mirar con detención el diseño. El brazo se sentía duro. Fue muy excitante estar con Allan en esa situación, desnudo para mí, dispuesto a que sucediera cualquier cosa entre nosotros.- Hace tiempo que me he querido hacer uno bajo el ombligo. Aquí- Me levanté la polera. Allan se quedó mirándome extrañado.
- Se te vería muy bien.- Fue lo único que me dijo.
Allan se pasó una toalla en la ingle, de donde colgaba un pene bastante dotado, incluso me pareció que estaba semierecto. Se notaba se depilaba el pubis, que de por sí debía ser bien peludo. Las bolas eran rosadas y también grandes. Tenía que ser muy tonta su pareja como para no disfrutar un sexo tan hermoso como el que tenía Allan. De seguro follaba como los dioses.
Me quedé conversando con Allan hasta que se secó y se puso la ropa. Yo mismo le llevé desodorante y perfume al baño. En un momento se dio vuelta y vi su larga y ancha espalda, en la que los músculos se le marcaban. El culo blanco y cubierto de un finísimo vello rubio, era exquisito. Lejos poseía mejor culo que muchos de los compañeros de gimnasio que tenía. Si me acostaba algún día con él, me gustaría probar otras cosas que cuando estuve con Hernan me privé. Le haría de todo a Allan y dejaría que él hiciera conmigo lo que le diera la gana.
Se fue a su casa después de desayunar. Antes de partir me dio un gran abrazo de oso.
- Te quiero mucho.- Me dijo. Esto me emocionó.
Me pregunté si el tipo sólo me calentaba o me gustaba más allá de la atracción física, como un medio de escape de mis propias cuitas.
Nos seguimos viendo como de costumbre, pero de la noche en que se quedó en mi casa nunca se habló. Siempre me he considerado un estoico, cosa que en Allan no se veía mucho que formara parte de su carácter. Cuando nos juntábamos, era como si floreciera y de un momento a otro, pasara de un estado de melancolía, a otro eufórico. Era evidente que mi presencia lo hacía sentirse feliz, mucho mejor. Me preguntaba qué podía hacer para ayudarlo. Me quedaba claro que me atraía y demasiado, sin embargo a menos que él me demostrara que efectivamente le gustaba, no pensaba meterme más de la cuenta en sus atados familiares. Quizás sólo estaba de paño de lágrimas suyo y si podía contribuir a que solucionara sus conflictos con su esposa, me sentiría más que realizado. Fue así cómo se me ocurrió invitarlo a él y a su familia a mi casa en Peñaflor, para pasar un precioso día primaveral, con piscina y asado. Le dije a mis padres que tenía pensado una reunión con mis excompañeros del colegio, así que me apetecía quedarme esos días como único anfitrión en la casa.
Le propuse a Allan que se fuera con toda su familia a quedar un fin de semana completo a la casa en Peñaflor. Hasta planifiqué toda una serie de actividades entretenidas para hacer que los Cid, que es el apellido de mi único amigo mayor, la pasaran bien. Llegué a Peñaflor bien preparado, con hartas cosas ricas para comer y beber, como también un buen cargamento de pelis y música para amenizar todo. Cuando le dije a Allan que quería fuese para allá con su señora e hijos, le dio mucho gusto; además, así podría conocerlos. Quedamos en que los recibiría a final de mes, luego de que lo conversara con su esposa y ésta le dijera que bueno.
Me encontraba algo nervioso ante la idea de la pronta llegada de la familia de Allan, en especial de conocer a Elizabeth, de quien había oído hablar que era una persona algo complicada. En fin, tal vez necesitaban ese tipo de instancia para relajarse.
Era cerca del mediodía cuando llegó Allan…solo en su auto. Apenas lo vi, me dio mala espina, pues me asusté ante tamaña sorpresa. Además no se le veía muy tranquilo.
- ¿Y el resto de la gente?- Le pregunté antes incluso de saludarlo.
- No van a venir.
- ¿Qué sucede, cumpa?
- ¡Puros atados, weón!- Nunca lo había visto tan descontrolado, ni siquiera esa vez en que pasó la noche conmigo. Tampoco me había tratado de “Weón" hasta ese día.
- ¿Todo bien?- Se me había quedado paralizada la lengua y en realidad no sabía cómo enfrentar la situación.
- No quiero hablar de ello.- Y al rato como si fuera mi culpa…- ¡Si quieres me voy no más!
- No te enojes conmigo, tan sólo me preocupo por ti, por eso te preguntaba. No hablemos del tema y ánimo. Para todo hay solución, menos para la muerte.
Por un momento creí que Allan se echaría a llorar. Si fuera así, se me partiría el alma de tener frente a mí a un hombre adulto hecho pedazos y más todavía de alguien a quien ya quería mucho.
- Vayamos a sentarnos un rato al lado de la piscina.- Le ofrecí, tomándolo de un brazo.
- ¿Tienes algunas chelas para tomar?
- ¡Pues claro!
Nos acomodamos y tras traer unas cervezas y algo para picar, nos pusimos a hablar de cualquier cosa que no fuera las vicisitudes de Allan: puras nimiedades para que se destensionara.
- ¡Quiero tirarme a la piscina!- Me dijo, sorprendiéndome de un momento a otro, interrumpiendo el curso normal de la conversación que teníamos sobre la Selección Nacional de Fútbol. Y se sacó en un dos por tres la ropa, quedando completamente desnudo, para luego tirarse un estruendoso chapuzón. Me quedé quieto mirándolo cómo nadaba. Desde arriba veía su espalda y culito que bajo el agua se lucían. En sus brazos y piernas se marcaban sus músculos al nadar. Y cuando se tiró al agua, ver cómo se le movió la penca que le colgaba como todo un trofeo, fue muy excitante para mí.
Después de nadar un buen rato de un lado a otro, Allan se quedó quieto, saludándome con una mano y me dijo que no fuera tonto, que me tirara a la piscina con él. No vacilé en aceptar su propuesta, por lo que también me desnudé y en unos segundos estaba con él en el agua. Tras nadar juntos (la piscina era bastante grande), nos pusimos a tirarnos una pelota de un extremo al otro. En un momento, Allan se puso a perseguirme en el agua cuando le cayó la pelota en plena cara. Nadé lo más rápido que pude para que no me pillara, pero Allan era mucho más ágil que yo y me agarró fuerte de las piernas, tirándome hacia el fondo. Nos largamos a reír igual que dos niños chicos y entonces recién me vine a percatar que me tenía abrazado de la cintura, nuestros rostros frente a frente. Y sentí contra mi vientre la presión de su pene endurecido. El silencio se interpuso entre nosotros y fue roto recién cuando comenzamos a besarnos en la boca, con una pasión que escapaba a mi dominio. Allan besaba demasiado bien, metiéndome su mojada lengua, de modo que yo la sorbía. Despacito nos mordíamos los labios y luego su boca recorrió mi cuello, mientras me tenía aún tomado por la cintura. En el agua no me costó aferrarlo con mis piernas, de modo de atraerlo más hacia mí.
- ¡No tienes idea de cuánto me gustas!- Me dijo Allan, mientras me acariciaba con unas manos que sabían lo que era hacer vibrar a otro.
- Y tú a mí también me encantas. Es más, he deseado desde hace tiempo estar así contigo.- Entonces por primera vez, tomé con una mano su miembro que estaba hecho una piedra, para masturbarlo y ver en su cara, las señales de su éxtasis.
- Qué rico se siente. Déjame a mí corrértela a su vez.
La tremenda mano de Allan se apoderó de mi sexo, que hace rato había despertado. Ambos estábamos tan duros, que el placer que nos dábamos, era cercano al orgasmo. Con la otra mano, Allan se puso a jugar con mi trasero, tratando de meterme un dedo en el ano.
- ¡Despacito, despacito, mira que mi culito aún es virgen, así que está bien estrecho!
- ¿Y será mío?
- Ya veremos, si te portas bien conmigo.
- No quiero otra cosa en el mundo que hacerte el amor.
- ¡Qué lindo eres!- Y le di un beso entre los pectorales. - ¿Serás tú también mío?
- Me encantaría aprender contigo todo tipo de placeres a los que antes estaba vedado.
Nos fuimos hacia una de las paredes de la piscina, y ahí tras apoyarme, continuamos besándonos, a la par que Allan me punteaba con el hierro que le nacía entre las piernas. Aproveché de tomar entre mis manos sus deliciosas nalgas, apretándolas para sentir mejor lo que esperaba más rato abrir con el objetivo de entrar en él.
- Súbete al césped y ábrete de piernas, que yo desde el agua te haré la mejor mamada de tu vida.
- ¡Qué rico, compadre! No me la chupan desde hace mucho tiempo.
- Ese pico tan tremendo que tienes bien merece ser saboreado.
- ¿Has mamado a otro hombre alguna vez?
- Hoy será mi primera vez y espero hacerlo contigo todo lo que se pueda.
Sin hacerle asco a su nueva experiencia, Allan me pajeó con cara de libidinoso, como si quisiera adueñarse de mi falo; luego sacó la lengua y la pasó por el glande, tal cual fuese una roja paleta. Su lengua bajó por todo el miembro y por último me hizo dar gemidos al lamerme los huevos. Sólo después de que me chupeteó los testículos, echándoselos todos a la boca, se puso a mamarme con lujuria. Era tanto el gozo que sentía, que mis manos habían sacado pasto al retorcerme con su espectacular fellattio.
- ¡Date vuelta para ahora hacerte el beso negro!
- No estaba demás, soy todo tuyo.
La lengua y la boca de Allan se movían tal cual como si tuvieran vida propia. Me abrió los cachetes y me degustaba por detrás con un poderío tal, que estuve a punto de acabar más de una vez. Por otro lado sus manos, me tenían sujeto igual que fuera una preciada presa a la que no quisiera soltar.
- ¡Ahora es tiempo de que yo te lo chupe! Quiero que te vayas a sentar a la silla de allá, para tenerte a mi disposición.- Y de ese modo Allan se tiró cuan largo era, abriéndose de patas y con los brazos cruzados tras la nuca, dispuesto a dejarse llevar más todavía por el placer de estar juntos. Me arrodillé frente a él y de inmediato me eché todo a la boca. El salobre sabor de su pene me gustó demasiado. Estuve a punto de exprimirle la leche y que esta se derramara por mi garganta, pero era mejor guardar para más rato el postre. Allan llegaba a aullar con el sexo oral que le daba.- Déjame lamerte ahora el potito.
- Nunca me lo han hecho.
- ¿En serio? No puedo creer que ese trasero tan lindo que tienes nunca te lo hayan chupado. Yo quiero pasarte la lengua entre las nalgas y mordértelas, antes de meter mi lengua en tu hoyo.
- Házmelo todo, pero con cuidado.
- Esa es la idea. Irte lubricando antes de penetrarte.
- Ummmm ¿Quieres meterme ese gigantesco pico que tienes ahí?
- Sí, todito hasta las cocos.
- Espero cumplir bien mi papel.
- Seguro que sí. Y luego yo te entregaré la virginidad de mi propio culo.
- ¡Uf, que me pones cachondo!
- Es lo único que quiero ahora, que ambos disfrutemos de nuestra intimidad. Nos perteneceremos el uno al otro.
Aún seguía arrodillado, cuando Allan llevó sus piernas hacia su pecho, levantando su trasero de modo que me lo pusiera frente a los ojos mejor. Tenía un culo tan hermoso, que lo primero que hice fue acariciárselo, sintiendo la tersura de su piel y su fino vello claro. El culo de Allan me invitaba a tomar posesión suya. Pero antes de metérselo, quería darle unos cuantos besitos en el orto. Le dejé bien mojado abajo para que fuera más fácil la tarea de hacerlo mío; también hundí lo que pude un dedo en su tierna carne rosácea.
- Antes de que me lo pongas, hagamos el 69.- Me pidió.
- Con gusto.
Y me tiré sobre Allan, dado vuelta hacia sus pies. Cada uno con el miembro del otro en la boca, culiándonos por ahí, nuestra primera forma de poseernos. Allan me tenía sujeto de las nalgas y mamaba con desesperación. En cambio yo me di el gusto de saborear poco a poco su sexo, para conocerlo desde las bolas hasta la punta. Era un miembro surcado de venas, blanco completo y con la cabeza roja y grandota. Medía por lo menos unos veinte centímetros, pero la verdad el mío era mucho más grande y cabezón que el suyo. . Sin embargo Allan era lo suficientemente dotado, rico y machote como para dejarme partir el culo por él. El miembro de Allan me ganaba en grosor y ya me lo veía haciéndome tiras el culo.
- Ya, no aguanto las ganas de hacerte el amor.- Le dije, hecho un fuego entre las piernas.
- ¿Dónde lo hacemos?
- Siempre he querido hacerlo en una piscina.
- Entonces volvamos para allá.
Nos tiramos de nuevo en piquero, tomados de la mano esta vez. Nos fuimos a un rincón y metidos en el agua, teniendo a Allan dándome la espalda, me puse a pujar muy despacito, abriéndole las carnes de modo que mi compañero fuese acostumbrándose a mí. Fue difícil, Allan como era obvio estaba apretadito y mi pene era más que grandote. Pero que fuese complicado esta primera penetración, me excitaba más. Allan se quejaba como desenfrenado, pero se comportó como todo un hombre valiente. Para calentarlo más, con una mano le tomé la verga, dispuesto a pajearlo despacito, para que no se corriera tan pronto. Mientras pujaba, le daba besitos en la espalda.
- ¡Eso, eso, métemelo no más!- Gritó.
Cuando mi penca logró entrar, por el momento la pura cabecita, Allan se quejó hecho un sibarita. Ahora me agarré de su cintura y continué el proceso de clavarlo hasta el fondo. Allan gemía sin cesar y yo bufaba.
- ¡Nunca pensé en mi vida que quería ser penetrado, hasta que te conocí! Estoy enamorado de tu pija y lo haces tan rico, Jaume.
- Esa es la idea, que disfrutes por ambos lados. Así se pasa mejor.
- Quiero que me culees de frente.
- Vayamos a mi cama, allá será más fácil.
Una vez en el lecho, Allan se abrió de patas para volver a contenerme. Me encantó ver cómo mi miembro entraba y salía, así como disfrutaba contemplar la cara que ponía Allan al ser mío. Mientras se la ponía, Allan se la corría. Su pene estaba tan mojado que podía sentir la fragancia de su ardor. Tras estar un buen rato así, probamos en posición a lo perrito. Esta vez me di la oportunidad de ver mejor su espalda, que bajo el cuello y al comienzo de ésta, tenía una matita de pelos, los que se los tiré de puro caliente. Las nalgas de Allan sonaban estrepitosamente al golpearlas con cada estocada que le daba.
- Ahora quiero que me lo metas tú.- Le dije.
- ¡Ya po´! Hagámoslo a la paraguaya primero, que así me gusta mucho.
Me apoyé contra una muralla, y nos estuvimos besando en la boca, yo ahora dándole la espalda, pero doblando hacia atrás lo más que pude mi rostro. Lo primero que hizo Allan antes de follarme, fue pasar sus manos por todo mi cuerpo, como si quisiera reconocer mi piel y mi carne, desde los hombros, el pecho, el vientre, el miembro, la cintura, el culo, los muslos y las piernas: todo en mí era para él un territorio desconocido que estaba aprendiendo a explorar.
Levanté mejor mi trasero para recibirlo y Allan obedeciendo a mis impulsos se puso por fin a entrar en mí. Estaba seguro que un hombre maduro como él debía de culiar como nadie. Sólo a Allan estaba dispuesto a entregarle mi cerradito culo. Para cuando logró ensartarme, me corrían lágrimas de dolor y felicidad. Era también algo nuevo para mí, un placer que tenía que aprender a manejar.
- ¡Weón rico!- Exclamé.
- Tú me diste tu pico de oro y ahora te devuelvo el favor.
- ¡Gracias y mil veces gracias!
- Eres muy caliente.
- Y tú igual. Vayámonos a la cama, para que me eche de guatita y así te acuestas sobre mí.
Estuvimos en la cama de esa forma hasta que me dieron ganas de eyacular. En cambio Allan sí que sabía controlarse y podía disfrutar de metérmelo sin que asomara la mínima gota de su leche. Me tenía aferrado muy firme contra sí, besándome en el cuello y mordiéndome juguetón una oreja. Bajó la intensidad de sus movimientos dentro de mí, para que no acabara aún. Le dije que quería sentarme sobre su pico y accedió altiro. Me lo fui metiendo hasta que de nuevo lo tuve todo para mi deleite. Allan me agarró de los brazos y después me tomó de los pectorales, tirándome el vello de estos. Salté encima suyo igual que un niño que monta a su caballito de madera. Galopé sobre Allan hasta que se inclinó sobre mí y así abrazados, nuestras piernas cruzadas, nos volvimos a besar con toda la pasión del mundo. Sudábamos como cerdos, lamiéndonos las gotitas de transpiración.
- ¡Ya no aguanto más! Quiero acabar.- Exclamé.
- ¿Eres lechero?
- Más que la cresta.
- Entonces acaba sobre mi cara.
Allan se tiró en la cama y yo me senté sobre su pecho para vaciarme sobre su apuesto rostro. Luego le pedí que me dejara hacerlo acabar a mamadas. Se paró encima de la cama y yo afirmándome de sus piernas peludas, volví a echarme adentro toda su virilidad, de la que succionaba a la espera de su esperma. Allan acabó dando un gritito de triunfo.
- ¿Y ahora qué pasará?- Me preguntó
- Lo que tú quieras, mi amor.
Desde aquella vez, nuestra vida cambió para siempre.
Adiemus_ragnarok@yahoo.com.ar
Primero.
Desde el principio me gustó Jaume.
Me encontraba arreglando unos formularios en blanco, cuando escuché su ronca voz. Miré hacia delante y ahí estaba frente a mí el muchacho más apuesto que había visto en mi vida. Debía ser alumno de primer año, pues se veía recién salido del colegio (“Un pajarito” diría mi mamá). Luego supe que estaba en la carrera de Artes. Se veía muy caballerito, decente y dulce. Podría haber sido muy bien mi hermano menor. En su ojos se veía cierta inocencia que desde ese momento me inspiró el deseo de conocerlo más, de buscarle conversación para saber más de él e infundirle el mismo interés por conocerme; ser algo más que otro funcionario burócrata del Crédito Universitario de la universidad donde estudiaba. Años después casi todo el papeleo se haría vía Internet, pero en aquél tiempo ni pensábamos en esos adelantos tecnológicos.
Su aspecto exótico, con esa tez morena y gruesas cejas de mezcla entre árabe y quizás qué otra cultura, me hicieron recordar a un antiguo compañero del colegio, a quien me encantaba mirarlo y estar en su compañía, hasta que un día se cambió de casa y nunca más supe de él. Era bajo de estatura, en consideración a mí, a lo más un metro setenta, pero compensaba su presencia física con unas espaldas anchas y un pecho de deportista que le daban un regio porte. De los antebrazos largos vellos negros le salían, pero lo que más me gustó de su cuerpo fueron sus gruesas piernas que sí que eran peludísimas, muy varoniles.
Entonces no tenía claro la razón de por qué me había atraído tanto el muchacho y más aún qué razón me inspiraba el secreto deseo de ser su amigo. No lo veía en esos instantes como una atracción sexual. Durante el resto de mi vida hasta ese momento me había considerado un heterosexual, teniendo bastante experiencia con muchas mujeres y de las cuales disfruté bastante. Hasta que conocí a Elizabeth, con quien me casé y hasta tuve dos preciosos hijos. Y terminaron mis aventuras y noches de juergas sexuales.
A veces creo que fueron la soledad y ese sentimiento de descontento con mi vida personal y matrimonial, lo que me llevó a mirar para otros lados y fijarme en alguien como Jaume.
Ya no tenía con quién compartir mis pensamientos, ni mi tiempo libre fuera de la vida hogareña. Todos mis amigos ya se habían casado y estaban dichosos con su destino de esposos y padres de familia ¡Felices ellos! Y me parecía que si les hablaba sobre lo mal que me sentía conmigo mismo, sería como contaminarlos con malas vibraciones ¿Acaso serían idóneos para entenderme? Quizás llegarían a pensar que era incapaz de madurar, pues después de todo fui el último del grupo en casarse y tener hijos. En ocasiones cuando nos reuníamos todas las parejas juntas, ellos se ponían a hablar sobre sus planes en conjunto con sus señoras y esposos y yo me quedaba apartado, viendo algún partido en televisión o leyendo el diario. Mi señora se quedaba con el resto charlando de lo lindo, como si mi ausencia no tuviera mayor importancia. Ella vivía su mundo, después de todo ya se sentía una mujer realizada, que había alcanzado todos sus objetivos: estaba casada, ya era madre y en su trabajo era la más destacada. Teníamos sexo una vez a la semana, pero era como un compromiso, nada muy excitante que digamos. Luego se quedaba dormida y yo desvelado en mis pensamientos.
Quería alguien que me escuchara, que me diera un aliento.
El resto de mi familia estaba en el Norte, bastante lejos y salvo el teléfono, no manteníamos mucha comunicación, pues apenas nos veíamos.
Para las mujeres seguía siendo atractivo, pues a los treinta y cinco años me mantenía igual que siempre, ya que con el gimnasio había mantenido lejos de mí la típica panza de casado, que ya todos mis amigos llevaban orgullosamente. Varias veces vi a atractivas chicas, de todas las edades, mirándome coquetas e insinuantes. En ocasiones me bajaba la calentura y me iba a “cafés con piernas”, para hablarles a las despampanantes meseras y mirarlas a mi antojo, pero sin sentirme comprometido. Una que otra vez alguna me preguntó que si no me antojaba salir con ella, pese a que nunca me quitaba mi anillo de bodas, sin embargo le hacía el quite de inmediato. Pues no buscaba una canita al aire y menos una amante de vez en cuando. Lo que yo quería era sentirme de nuevo parte de la vida de alguien y recobrar el gusto por la vida. A lo mejor era hora de hacer nuevas amistades.
- Te faltan varios documentos aún.- Le dije y era cierto.
- ¡Sí seré torpe! Discúlpeme, es que como usted entenderá esta es la primera vez que hago el papeleo para el Crédito Universitario.
Me gustó mucho la forma de cómo me miraba, directo a los ojos, las manos en el regazo y su voz contenida, clara, propia de un joven educado.
- Bueno, no hay que complicarse tanto. Por lo que veo en tus antecedentes tienes muchas posibilidades de que te den Crédito 100% ¿Has pensado en postular a la Beca Presidente de la República?
- Sí, pero creo que hay gente que se la merece más que yo.- En ese momento tenía una de sus manos sobre la mesa, tomando uno de sus papeles. Sólo me di cuenta que había apoyado la mía sobre ella cuando se puso rojo. Con rapidez saqué la mano y me quedó la sensación en la epidermis de la calidez de su piel juvenil.
- No te menosprecies. Estoy seguro que bien te mereces todas las becas del mundo.
Una bella sonrisa se le cruzó en el rostro y entonces se puso a reír, pero no era una de esas que denota sarcasmo como en un principio creí, era una risa plena de ternura, de alegría.
- Apenas me conoce, pero gracias de todos modos.
A nuestro alrededor había un montón de alumnos más esperando que los atendiera, pero para mí sólo me importaba en ese instante seguir atendiendo a Jaume.
- Los papeles que te faltan puedes traerlos apenas los tengas.
- Me demoraré un resto. El problema es hacer toda esta fila para que me atiendan de nuevo.
- No hay inconvenientes, te atiendo yo mismo.
- ¿Cómo es eso?
- Verás, te daré una atención más personalizada.- Ni yo mismo me podía creer lo caradura que estaba siendo para volver a verlo de nuevo, conversar más juntos, ganarme su confianza.
- No quisiera quitarle su tiempo, señor…
- Allan, así me llamo. No me trates de señor, llámame por mi nombre.
- OK. Muchas gracias por su amabilidad.
- Tutéame no más.
- Ummmm, me costará un poco, pero haré lo posible.
Entonces le entregué mi tarjeta.
- Aquí tienes mis teléfonos y puedes llamarme cuando quieras. No es necesario que vengas a esta oficina, podemos juntarnos en algún café de la Universidad si te parece y así hacer más grato esto de tanto papeleo. ¿Vale?
- Muchas gracias por su…., por tú gentileza.
- Siempre es grato para mí ayudar a un buen chico.
Antes de irse se despidió de mí con un fuerte apretón de manos.
Ese día después del trabajo, llegué a casa más contento que de costumbre; es más, le hice el amor a mi señora por iniciativa propia y con una intensidad que desde hace tiempo no se daba. Creo que la hice correrse al menos unas dos veces. Me quedé dormido con la imagen de Jaume y preguntándome si se atrevería a llamarme; si era así, quizás cuándo se realizaría el ansiado reencuentro. Quería que me contara de su vida, qué lo hacía feliz, cuáles eran sus temores, sus expectativas en su nueva etapa; también quería hablarle algo de mí, que supiera que yo era algo más que otro funcionario de la burocracia universitaria.
Ya había pasado media semana y ninguna noticia de Jaume. Desesperado verifiqué por si había entregado sus papeles a alguno de mis colegas, justo cuando tenía otro turno. Pero no, aún faltaban los documentos correspondientes en el fichero suyo. Hice lo que pude para estar la mayor cantidad de tiempo atendiendo a los estudiantes y así verme con él. Apenas se abría la puerta de Asuntos Estudiantiles, miraba detenidamente por si era Jaume; el corazón me latía con fuerza. Estaba ansioso.
Un día me mandaron a dejar unos documentos al Departamento de Derecho. Iba caminando pensando en las visitas que tendríamos esa noche en casa, cuando a unos pocos metros, divisé a Jaume. Mi cuerpo se quedó paralizado, la sangré me hirvió en las mejillas. Allí estaba él, con un poco más de ropa, pues ya estaba haciendo más frío, pero se veía tan bien con su camisa que se le ajustaba al bien formado torso y unos jeans que le modelaban las musculosas piernas. Se estaba dejando barbita de candado, lo que le daba un aspecto mucho más viril. Desde mi lugar, volví a escuchar su gentil risa. Quise ir hasta él, pero no era mi intención parecer tan confianzudo. Deseaba ganarme su simpatía, pero ya había hecho mi parte y ahora le tocaba a él buscarme, aunque fuera por un motivo tan formal como lo eran sus asuntos estudiantiles. Además Jaume se encontraba con unas tres personas, dos muchachas muy hermosas y un tipo, de seguro sus compañeros y amigos. Sentí algo de celos, cosa que igual me pareció estúpida, pues sabía que Jaume no me debía ninguna lealtad. Estaba por irme a lo mío, cuando escuché mi nombre ¡Era Jaume quien me había visto y me llamaba mientras se dirigía hacia mí! ¡Qué dichoso me sentía en ese instante!
- Hola, Allan ¿Cómo estás?
- Muy bien, gracias ¿Y tú?
- Excelentemente. Qué gusto encontrarme contigo. Debo confesarte que la otra vez me llamó mucho la atención que hayas sido tan buena onda conmigo, pero se agradece.
- No hay de qué.- Estaba haciendo lo posible para que no se notara mi creciente emoción al volver a estar en su compañía y que más encima haya sido él quien viniera hacia mí.
- No te he llamado porque me ha costado un poco lo de reunir lo que me falta, pero creo que mañana tendré todo listo. ¿Aún sigue la oferta de entregártelo todo fuera de Asuntos Estudiantiles, cierto?
- Pues claro. Siempre cumplo mi palabra.
- ¡Muchas gracias!
Y entonces me dio uno de los abrazos más afectuosos que he recibido, apretándose bien a mí y palpándome la espalda. Sentir la dureza de su cuerpo me dejó aún más excitado, aunque no era algo erótico aún, si no una especie de desconcierto porque todavía no sabía qué era lo que sentía hacia ese joven.
- ¡Tendré que invitarte a beber un buen pitcher! ¿Bebes, cierto?
- Pues claro, aunque no como para emborracharme.
- Vamos bien.
- ¿Y qué tal si comemos algo rico también?- Ya estaba recobrando la tranquilidad, así que por eso me di fuerza de valor como para dar un paso más en nuestra naciente relación.
- Conozco un lugar cerca de acá, aunque fuera de la universidad. ¿Te tinca?
- Pues claro, hombre.
Se me estaba haciendo tarde, pero apenas me importaba. Sin embargo parece que Jaume era lo suficientemente empático como para comprender que estaba en horas de trabajo y se ofreció a acompañarme hasta la puerta de mi destino, puesto que como alumno no podía entrar a la oficina donde iba, en lo que me iba a demorar bastante. Hice lento mi paso para aprovechar al máximo la compañía de Jaume, quien durante el camino me contó sobre algunas de las cosas que le habían pasado en la universidad, durante sus primeros días de vida universitaria.
Al despedirnos, me habría gustado otro abrazo, pero sólo nos dimos las manos como dos amigos que recién se están conociendo.
Dos días después recibí el llamado a mi celular de parte de Jaume. Justo estaba en ese rato viendo las noticias con Elizabeth, mi señora. Como no tenía registrado el número de Jaume en el celular, no sabía quien era, pero cuando me dijo su nombre, me puse nervioso; así que me fui al baño a hablar por teléfono. Quedamos de juntarnos a la salida de mi pega, en la puerta principal de la universidad y así él me llevaría a su “picá” de las pizzas.
Apenas lo vi me dieron muchas ganas de abrazarlo. No me negué el gusto y se lo di, aprovechando de disfrutar al máximo los segundos en los que lo tenía aferrado a mí. Le llevaba por lo menos 15 centímetros de alto, pero aún así en esa posición quedábamos tan bien los dos. Mientras aún lo tenía así, miré hacia abajo por su espalda y recién vine a contemplar su trasero, que era gordito y bien formado. Me acordé de lo que me gustaba antes abrazar a Elizabeth y agarrarla de las nalgas, tan gorditas como las de Jaume. En mi curiosidad me pregunté qué se sentiría exprimir entre mis manos el culo de otro hombre y más aún el de alguien como Jaume que se notaba lo tenía firme.
- ¡Qué cariñoso!- Interrumpió mis pensamientos Jaume.
- Espero no haberte molestado con tanta efusividad.
- Al contrario, me gusta la gente tierna y es por eso que me animé a mantener contacto contigo.
“¿Acaso le gustaba?” Pensé y si era así qué reacción tomaría yo. Apenas había conocido gays y la verdad siempre me habían incomodado. No obstante, en mi fuero interno comprendía que algo nuevo en mi vida estaba pasando.
El local estaba a unas pocas cuadras de la universidad. Allí nos sentamos en una mesa bien apartada, de modo de tener más intimidad. Nos encontrábamos charlando como si fuéramos viejos amigos, cuando me puse a balancear una de mis piernas, tal como acostumbraba a hacerlo en momentos de dicha. Entonces sin proponérmelo, toqué una pierna de Jaume y me dio vergüenza. Al parecer a éste no le molestó o no se dio cuenta. Al apreciar ninguna reacción por parte suya, pues Jaume seguía hablando como si nada, me envalentoné y continué balanceando mi pie. Entonces volví a tocarlo y dejé el mío en contacto directo con el suyo. Tuve ganas de frotarlo, pero ya era demasiado para mí. No obstante volver a tener esa leve unión física con él, aunque fuese a través de la tela de nuestros pantalones (bueno, él llevaba jeans como la otra vez, en cambio yo andaba de traje), hizo que me sintiera más a gusto.
- ¿Jaume, pololeas?
- Sí, ya llevo un año y medio con mi polola.
No me gustó mucho la noticia. Qué vil me sentí entonces, puesto que no tenía por qué sentirme celoso.
- ¿Y estás muy enamorado?
- Al menos eso creo. Sandra ha sido la única polola que he tenido. Con ella perdí mi virginidad.
- ¡Oh! En cambio yo tuve hartas minas antes de conocer a mi esposa. Incluso hubo un tiempo en que la engañé, claro, eso fue al principio del matrimonio.
¿Por qué razón le contaba esto a alguien que casi era un desconocido para mí, un secreto que ni siquiera había osado compartirlo con mis mejores amigos? Lo ignoraba, pero sí se sentía bien abrir mi mundo interno a Jaume, por mucha que fuera la diferencia de edad y de experiencias entre nosotros.
- Bueno, como tú me has contado algo tan importante, yo te confesaré algo que hasta el momento a nadie se lo he dicho…
¡Chucha! ¿Qué iba a ser lo que me diría? Por un momento pensé que se me declararía y la idea comenzaba a gustarme. ¿Estaría dispuesto a probar en la cama, después de tantos años de sólo experiencias heterosexuales, el sexo con otro hombre? La sólo idea de sentir por primera vez besar a otro macho, de palpar la desnudez de un cuerpo masculino, velludo y de sentir en la lengua el gusto de otro pene, me hacía sentirme inquieto, pero no me molestaba. Me imaginé haciéndole el amor a Jaume, penetrándolo hasta saciarme de su juvenil cuerpo viril y luego entregarle mi trasero hasta el momento virgen, para sentir lo que era que te poseyeran. Siempre me había gustado chupar unas buenas tetas y ahora se me abría la expectativa de pasar mi lengua por una tetilla rodeada de pelos y quizás durita, tal como se le marcaban a Jaume en su ajustada polera, aquella vez en que nos conocimos. Si me decía que “quería conmigo” demás que le decía que bueno, en fin, algunos decían que había que probar de todo en la vida. “¡Pero qué estaba pensando, mierda!”. Por un momento me asusté de verás sobre el curso que estaban llevando mis cavilaciones. Y entonces…
- …Resulta que mi polola y yo vamos a ser padres.
Todavía me pregunto sobre qué cara habré puesto cuando me dijo esto. Sólo atiné a decir:
- Ummmmm.
- Exacto. Sandra ya tiene un mes de embarazo y estamos por contárselo a nuestras familias. La verdad es que no sé qué voy a hacer.
Lo que quedaba de pizza se había enfriado hace rato, cuando ya llevábamos un buen rato hablando sobre el futuro hijo/hija de Jaume, cómo esto cambiaría sus planes, etc. Más bien fue un monólogo de Jaume en el cual yo atinaba a responder casi con puros monosílabos, aunque para ser franco al parecer Jaume se encontraba tan ensimismado desahogándose conmigo, que ni se daba cuenta de mi descompostura.
Y cuando sonó su celular…
- Es Sandra, quiere que me vaya para su casa, pues estaba llorando.
- ¿Algo en que te pueda ayudar?
- No te preocupes, es sólo una crisis nerviosa que le dio por el tema de que le cuesta hacerse el valor para contarle a sus padres lo del embarazo. Después de todo, sólo tiene dieciocho años.
- ¡Mierda!
- ¿Te parece si llegamos hasta acá por ahora?
- Pues claro. Dame unos minutos que voy al baño, mira que estoy que me orino.
- Vale. Voy a pedir la cuenta mientras tanto.
Y me fui al baño lamentando la suerte de mi nuevo amigo, pero también el hecho de que me daba cuenta que ahora que iba a ser padre, quizás se iba a hacer más difícil lo de mantener algún tipo de relación entre nosotros dos. En todo caso, me sentía un egoísta.
Al llegar al baño, no había nadie más. Me fui a orinar, pues me había tomado casi dos litros de cerveza solo y estaba que explotaba. No creo que haya pasado ni un minuto cuando se abrió de nuevo la puerta del baño y para mi sorpresa era el mismísimo Jaume. Esto me asustó.
- ¿Pasa algo?- Le pregunté intrigado.
- Nada. Ya pagué. Y como también me dieron ganas de mear, me vine para acá.
Jaume se puso frente a un orinal contiguo al mío, se abrió el marrueco y me fue imposible no mirar hacia abajo: se sacó de dentro un pene tan grueso y cabezón, el que además se notaba tremendo y surcado de gruesos vellos negros. Me quedé casi hipnotizado mirándolo.
- En cuanto a la cuenta, no te preocupes. Yo invito para agradecerte tus atenciones.
Al parecer no se había dado cuenta de lo atento que estaba en mirar su miembro, del que salía un amarillo chorro de orina, cuyo olor era tan fuerte, que me golpeaba las narices. Me mordí la lengua para no hacerle un comentario alabando las proporciones de su sexo. Yo siempre había estado orgulloso del tamaño de mi virilidad, pero ahora que por primera vez en mi existencia contemplaba comparativa y muy atentamente otro pene (y en vivo más encima), me dio envidia. Por otro lado, me inquietaba el pensamiento acerca de qué se sentiría tener en la mano un falo como ése y pajearlo hasta que el moco se derramara en abundancia. De seguro a su pico le acompañaban dos formidables huevos bien peludos. Temí que se me fuera a parar, pues aún tenía en mi mano mi propia verga, aunque ya había terminado de orinar. Cuando Jaume se sacudió el pene con fuerza, cayendo unas cuantas gotitas, la sola imagen de hacérselo yo por mi cuenta, me calentó más aún. Si en ese instante Jaume se me insinuaba, ahí mismo nos pegábamos un buen atraque y no dejaría de al menos meterle mano en la entrepierna. Por otro lado, su culito se le veía tan rico, que me pasé también en la mente la película de fornicármelo y probar de una vez un traserito peludo. ¿Acaso me estaba volviendo maricón? ¿Y si no tenía oportunidad con Jaume acaso buscaría saciar mi curiosidad sexual en otros hombres? Me reí por dentro, pues me acordé entonces de un término que hace un tiempo había escuchado: Hétero Curioso. A lo mejor en eso me había convertido y no era ni gay, ni mucho menos bisexual.
- ¿Vámonos ya?- Propuso Jaume el Mulo.
- Claro.
Como había estacionado mi auto estacionado cerca de allí, me fui a dejar a Jaume a casa de su polola, quizás futura esposa, quien vivía en la misma comuna de Macul, al igual que él. Me fui todo el camino ocultando una creciente erección que estaba por delatar mi atracción hacia Jaume. Al despedirnos, yo seguía en mi asiento, nos volvimos a dar la mano y luego un tierno abrazo. Qué ganas tuve de besarlo.
Cuando llegué a casa, ya era pasado la medianoche; Elizabeth y los niños ya se habían puesto a dormir. No me atreví a despertar a mi esposa, pues además las cosas estaban más frías que nunca, pese a que aquella ocasión después de que le hice el amor desaforadamente tras conocer a Jaume, se había quedado en la cama conversando conmigo como antaño, diciéndome una y otra vez sobre lo bien que había estado en la cama.
Entré a casa con el miembro hecho una piedra al rojo vivo. No aguantaba las ganas de correrme, así que tras ver a Elizabeth en los brazos de Morfeo, me fui directamente a la ducha. Allí me saqué raudo la ropa y me metí dentro, pasándome el jabón para sentir su textura en la piel, frotándome las sensibles tetillas. Con una mano me masturbaba, haciendo burbujitas con el jabón, y con la otra me apretaba una tetilla que daba gusto. Comencé a gemir cuando ya el orgasmo estaba por llegarme, pero paré los movimientos de mi mano para disfrutar más el onanista acto. Mi pene estaba todo hinchado y las bolas apretadas, duras y cargadas de leche que me imaginaba ofrecía al disfrute de Jaume. La cabeza enrojecida apuntaba al aire como si la dirigiera hacia el culito de mi amiguito. Me puse a balancearme hacia delante y atrás tal como si le estuviera dando, mientras afirmaba mis manos en su dura cintura. Ante la imagen mental de mí poseyendo a Jaume, la excitación me superó y terminé eyaculando un montón, igual que en mis mejores años de autosatisfacción.
Después de masturbarme en la ducha, recordé unas cuantas conversaciones húmedas que tuve con Elizabeth durante los mejores años de nuestro matrimonio. Una vez mientras veíamos una porno juntos, en la que dos tipos se comían a una estupenda negra, le pregunté si le gustaría hacer un trío.
- ¿Con otra mujer o con otro hombre?
- Lo que fuera.
- No me gustan las mujeres, cariño, Pero si aparte de ti estuviera un mino tan rico y pichulón como los de esa peli, demás que atino.
Por un buen tiempo me estuvo rondando en la cabeza la idea de materializar el trío, pero no tenía a quién invitar y la sólo idea, en aquel entonces, de tocar desnudo a otro hombre me repugnaba. En cambio ahora se me había ocurrido que con Jaume estaría más que dispuesto en compartir a mi señora. Me lo imaginaba follándosela y haciéndola gozar con ese pene gigantesco que poseía. Me habría gusto mirarlo desde detrás para contemplar su culito y cómo su miembro se hundía hasta los testículos dentro de Elizabeth. Luego me habría gustado penetrarla entre los dos al mismo tiempo, uno por atrás y otro por delante, para luego metérselo ambos a la vez vaginalmente; entonces nuestros penes se frotarían entre sí mientras poseíamos a Elizabeth. Esa habría sido la oportunidad ideal para pasar mis manos por su espalda y culo, en un abrazo entre los tres que sería una forma más de intimar con Jaume.
La sola idea de ver culiando a mi nuevo amigo, de tenerlo a mi lado y contemplar cómo su cuerpo se tensaba en el éxtasis del placer carnal, le devolvió la vida al entonces flácido pene. Todavía en la ducha inicié de nuevo el rito masturbatorio, pero ahora con un fuego tal dentro de mí, que mi mano se movía con avidez. Me pasé la lengua por los labios, como si saboreara la piel sudada de un Jaume entregado a mí. Mis tetillas endurecidas clamaban porque me las chuparan, algo que me dejaba como una moto a la hora de encamarme. Quería sentir lo que significaba pasar las manos y la lengua por un cuerpo velludo como el suyo; experimentar lo que era besar unos labios rodeados por una barba, sentir esos pelitos que me rozaban la piel. Ansiaba la sensación de pegarme a un cuerpo de macho como el suyo, compartiendo nuestras desnudeces a medida que aprendía a conocer sus zonas erógenas. Una vez que me diera el gusto de hacerle todo lo que se me ocurriera a un hombre como él, le dejaría la libertad de que me enseñara otras delicias que estaba seguro que sólo otro hombre me podría mostrar. Ya me quedaba claro que me tenía todo cachondo el pendejito. Si me decía “¡Upa!”, yo demás que le contestaba “¡Chalupa!”. Esta vez el chorro se semen que salió fue una verdadera explosión de lujuria. Me quedé mirando la leche que se me escurría por una mano y por primera vez en mi vida me llevé ese fluido mío a la boca, pensando, eso sí, que era del propio Jaume lo que degustaba.
Ya limpio, seco y sacado dentro de mí, por ahora, el demonio de la calentura, me fui a la cama junto a Elizabeth. Mientras me quedaba dormido, me hice la promesa de jugármela por seducir a Jaume, quien tenía que convertirse en mi primera pareja masculina. Me abrasé a mi esposa y me hice la idea de que era a Jaume a quien tenía así junto a mí en la cama.
Segundo.
El día en que conocí a Allan, me cayó bien altiro. Esa vez estaba algo nervioso por lo del Crédito Universitario, pues no sabía cuánto me iban a dar. Allan me atendió rebien, como uno no se espera de un funcionario público. Aquella tarde fui a hacer mi papeleo junto con un amigo, Jonás, quien luego que nos desocupáramos me estuvo molestando un buen rato, pues según él, el “gallo” me “había echado el ojo” y le había gustado.
- Tendrás que pagarle el favor con carne.- Se río diciéndomelo.
- No seai pesao.
- Igual me llama la atención de que haya sido tan agradable contigo, pues el tipo es bien cargante según lo he cachado; si hasta una amiga de otra carrera tuvo problemas con él porque la atendió mal.
- No sé. Encuentro que fue super amable conmigo. Además se ve educado y tiene cara de buena persona.
- ¡Uy! ¿No será que te estay volviendo fleto? Mira que si es así, yo me convierto en el padrino de los dos.
- ¡Weón pesao!
La verdad es que encontré a Allan un tipo muy guapo. De apariencia caucásica, tez clara, pelo castaño claro y con chasquillas; muy pulcro para vestir. Se notaba con su traje de oficinista que el mino hacía ejercicios. Tenía unos cuantos pelitos en el mentón que le daban una apariencia picarona.
No creía que tuviera dobles intenciones conmigo, de seguro sólo era alguien buena onda y si quería ser mi amigo, pa`eso estábamos: siempre era bienvenido en mi vida alguien amable.
Eran mis primeros meses en la universidad, cargado de un cúmulo de nuevas experiencias y emociones. Hasta el momento me estaba yendo excelentemente, estaba haciendo nuevas amistades y cada día que pasaba me daba cuenta que lo que me encontraba haciendo era lo mío.
Sólo había un problema…mi relación con mi polola no era lo mejor en aquel entonces. Sandra se ponía celosa por cualquier cosa, hasta con mis amigos y eso me calentaba la cabeza como nunca. Como le había ido mal en la PAA (Prueba de Aptitud Académica, siendo ese año el último en que la hicieron, pues luego instauraron la PSU para seleccionar a los nuevos alumnos universitarios), se había quedado en casa sin siquiera hacer un preuniversitario. Así que andaba más ansiosa que de costumbre. Su familia era mucho más humilde que la mía y no tenían para pagarle una universidad privada. En el sexo nos llevábamos como nunca, pero me daba cuenta durante nuestras sesiones en la cama, que Sandra como que se aferraba a mí de una manera casi obsesionante, tal cual si yo fuera un salvavidas que la sacara a flote de la mediocridad en la que se sentía vivir. En ocasiones se ponía a llorar luego de llegar al orgasmo y me tenía que quedar abrazado a ella consolándola, con el sudor de la excitación enfriándose en mi cuerpo.
- A veces quisiera que me pidieras matrimonio, para al menos sentirme una esposa que estuviera en casa esperando día a día a su marido; que me dieras hijos…
- ¿Estás bromeando, cierto?
- Para nada. Siempre he querido tener una familia y más si es contigo.
- Está bien, pero aún somos jóvenes. Recién acabas de salir del colegio y debes buscar nuevos horizontes.
- Nunca he sido muy buena en los estudios.
- Bueno, para algo serás buena.
- Soy buena para ti.
- Cierto.- Y le di un beso en la frente. Viéndola tan indefensa se me partía el alma. Sin embargo en lo más recóndito de mi corazón, sabía que no quería a alguien tan débil y sumiso conmigo y si Sandra seguía manteniendo esa actitud en su existencia, a la larga se transformaría en un lastre para mí.
Un día me dieron lo que creí era la peor noticia de mi vida: Sandra andaba con retraso en su periodo menstrual. Le dije que de inmediato se hiciera un test de embarazo. Estábamos juntos cuando lo llevó a cabo y apenas salió positivo, dio un gritito de alegría, saltó y luego se fue a mí para darme un enloquecido abrazo. En cambio yo no estaba muy contento que digamos, pues el bebé que venía en camino complicaba mis planes. No obstante no era la culpa de la guagua, después de todo yo era un hombre hecho y derecho, así que debía apechugar y a la larga Dios proveería.
El otro día estaba conversando con los chiquillos, luego de una prueba, cuando vi a lo lejos a Allan pasar. Me dio gusto verlo. Había estado a punto de llamarlo a su celular en diversas ocasiones, pero me daba lata hacerlo. Sabía que me convenía aprovechar el favor que me estaba ofreciendo, pues las colas en el Departamento de Asuntos Estudiantiles eran eternas y realmente deseaba quitarme ese peso de encima. El hecho de encontrármelo por ahí, era una ocasión favorable y de ese modo me sería más fácil mantener contacto con él.
Allan iba terneado como la otra vez, aunque con un traje gris en esta ocasión. Sus zapatos de cuero negro brillaban que daba envidia y nada en su facha dejaba de mantener la armonía de un gallo elegante en los mejores treinta años de su vida. Por el anillo que le había visto, supe desde el primer momento que se encontraba casado y de seguro su señora debía ser tan hermosa como él.
Siempre me ha atraído la gente blanca, lo más rubia posible, quizás porque contrastaba con mi apariencia más morena, de descendiente de árabes. Allan en esto no se quedaba atrás y con su pinta se me imaginaba un vikingo. Se me pasó la imagen de cómo se vería usando pelo largo, como todo un rockero, aunque también con su facha se parecía a George Clooney, aunque en versión más rubia. Definitivamente era un tipo muy apuesto.
En una de las clases, un profe había dicho que para el segundo semestre tendríamos que pintar desnudos femeninos y masculinos. Por lo general trabajaba nuestro departamento en conjunto con el Departamento de Educación Física, pues ahí se encontraban lejos los cuerpos más bellos; sin embargo, el profe nos dijo que si queríamos podíamos llevar cuando se diera la ocasión, a alguien conocido que se diera el valor de posar desnudos para nosotros. Entonces pensé si Allan se atrevería a ser mi modelo (bueno, y el de toda la clase también). Más de alguna compañera, y hasta de algún compañero, se sentiría atraído por un mino tan apuesto como él. Cuando pensé en esto, me di cuenta que la sola imagen suya completamente en pelotas, me provocaba morbo. Como joven artista que era, alguien que desde pequeño había sentido un a gran sensibilidad hacia la belleza, viniera de donde viniera, no me incomodaba la idea de encontrar bonito a otro hombre. Además, nunca negaría la posibilidad de tener en algún instante cualquier tipo de experiencia homosexual; por otro lado, en mi posición de alguien de “mente abierta”, era dueño de la convicción de que uno debía probar de todo.
Bueno, para ser sincero una vez cuando cabro, no hace mucho la verdad, cuando tenía dieciseis años, en la casa de campo de unos tíos, con mi primo habíamos tenido uno que otro jueguito sexual. A esa edad era típico experimentar la sexualidad con nuestros pares, así que no me inquietaba lo más mínimo ese hecho. Sólo me preguntaba qué habría pasado si con mi primo hubiéramos pasado más allá de un pajeo juntos. Hoy en día Hernán y yo seguíamos tan amigos como siempre, pese a que él se había declarado abiertamente homosexual tan sólo unos meses atrás y nuestros caminos se habían separado. Con lo guapo y varonil que era, los tipos lo harían chupete.
Recuerdo muy bien aquella vez:
Llevaba ya un mes de mis vacaciones de verano donde mis únicos tío paternos. Hernán era su único hijo y en comparación con mis primos maternos, era mi preferido. Prácticamente éramos como hermanos. Aquel caluroso estío descubrimos cómo nuestros cuerpos iban cambiando, así como también aprendimos a conocer algunas nuevas inquietudes. Estábamos acostumbrados a no guardarnos nada. Todo lo que se nos ocurría, cuando estábamos juntos, lo compartíamos.
Llegué a casa de mis tíos una semana después de Año Nuevo y llevaba más de medio año sin ver a Hernán. Cuando se produjo el reencuentro, tanto él como yo quedamos impactados al sorprendernos de cómo nuestra fisonomía había cambiado. Aparte del cambio de voz propio de esta etapa, nuestros cuerpos se habían ensanchado y salido pelos por todo el cuerpo más que al resto de nuestros conocidos de la misma edad. En la familia, los varones tendíamos a desarrollarnos rápidamente, pero en el caso de Hernán y yo esto se notaba a la legua. Apenas entré a su casa y fui a su cuarto, pues en ese momento mi primo se encontraba leyendo un libro sobre su cama, nos quedamos mirando un buen rato en silencio, como reconociendo poco a poco en lo que se había convertido cada uno.
- ¡Puta que estay rico weón!- Fue lo primer que me dijo, todo sonrisitas.
- Tú no te queday atrás. Si hasta barbita tiene el gil.
Nos abrazamos con efusividad y nos besamos en las mejillas, como era normal entre nosotros desde chiquititos.
- ¿Estay haciendo pesas?- Nos preguntamos los dos al mismo tiempo.
- Bueno, me compré unas máquinas el año pasado.
- Yo hago natación, bueno, y harto fútbol y bici.
Estábamos a unos centímetros de distancia, algo que no me habría permitido con nadie más. Hernán me palpó los brazos, que ya eran lo suficientemente gruesos como para llamar la atención.
- ¡Qué musculoso estás!
Yo le pasé una mano por sus pectorales que ya entonces se le marcaban.
- Me gusta cómo se te ven- Le dije poniendo voz de calentón.
- ¿En serio?
- No te voy a mentir nunca, primito.- Esta vez me puse serio.
- ¿Oye y te ha crecido harto la pichula?- Me preguntó.
- ¡Las weas que preguntai!
- Ya po´, no te pongay cartucho. Si te encanta pegarte las quebrá conmigo.
- Pa`qué te voy a mentir. Sí, se me ha puesto bien grande, gruesa y cabezona.
- ¿Y también pelúa?
- Bastante.
- Ummmm.
- ¿Querís verla?
- ¿No será muy maricón lo que estamos haciendo?
- ¿Tenemos confianza o no? Si estamos entre hombres y no tenemos por qué pasar vergüenza de nuestros cuerpos.- Ahora era yo el que llevaba el jueguito del exhibicionismo.
- ¡Claro, weón!
Cada uno se quedó en pelota y así nos contemplamos en silencio, desnudos, sin el mayor asomo de temor.
- Tenís un cuerpo muy rico.- Le declaré a Hernán.- A mí aún no me salen tantos pelitos en el culo como a ti.
- ¡Shist, es lo de menos, al menos tú tenis mejor pichula que yo!
- Pero tu cuerpo está mejor cuidado que el mío.
Y eso fue todo lo que pasó entre nosotros, en una primera instancia. Luego nos vestimos y bajamos del segundo piso, pues nos habían llamado para almorzar.
Yo compartía la habitación con Hernán, claro que cada uno en su propia cama. Andábamos en pelotas o en puros calzoncillos uno frente al otro como si fuera lo más natural del mundo y nos íbamos por horas a un río cerca, para bañarnos en cueros allá y holgazanear en el pasto, sólo los dos sin nadie más que nos molestara.
Era para mí invaluable esos casi dos meses que pasaba con Hernán, pues con él nada tenía que aparentar y mis tíos me atendían tan bien, que no echaba de menos a mis padres, que en esas fechas acostumbraban a viajar solos dentro o fuera del país. Era en vacaciones de invierno que me gustaba salir con ellos.
Un día recién habíamos salido del río donde nos gustaba bañarnos, completamente en pelotas y Hernán sacó de su mochila una ajada revista porno que se había comprado hace años, el muy caliente. Se puso a ver a una mina que nos gustaba harto, una famosa actriz porno española, cuando me preguntó:
- ¿Todavía eres virgen?
- El año pasado durante una fiesta del curso, una compañera que era repitente y estaba bien güena, me dejó chuparle las tetas.
- ¡Ya! ¿Pero se la metiste?
- ¡Oye, qué eres copuchento!
- Quería puro…Pero la muy maraca no se dejó. ¿Y tú que tanto preguntay, acaso ya “mataste la gallina”?
- No, pero durante las vacaciones de septiembre una amiga me dejó puntearla.
- ¿En pelota?
- No con ropa.
- ¡La wea fome!
- ¿Cierto?
Y nos largamos a reír como los cumpas que éramos. Al rato nos quedamos callados y nos miramos en silencio.
- ¿Te hay medido el pico parao?- Le pregunté.
- Sí, la última vez que me lo medí, tenía como diecisiete centímetros.
- ¡Eso es harto po´, weón! Un centímetro menos que yo. A lo mejor hasta lo tenís más grueso que yo cuando levantai carpa.
- ¿Creis?
- Claro. Quizás el mío se ve más grande a simple vista, pero lo que vale es cuando la tula está pará.
- ¿Soy aweonao, cierto?
- ¡Nadie es perfecto! Sólo yo.
- ¡Putas que te quiero, weón!
- Y yo a ti.
Me dio un beso en la mejilla y entonces se puso colorado.
- ¿Oye?
- ¿Qué?- Le pregunté.
- ¿Paieémonos juntos?
- ¿Por qué se te ocurrió esa idea?
- ¡Putas! De puro caliente que soy no más po´. Además así comprobamos de una vez por todas quién es el más pichulón de los dos.
- Buena idea.
Sin darme cuenta, me fue envolviendo el húmedo deseo de ver a mi primo masturbándose, quien en ese momento tenía en sus azules ojos, un brillo que antes nunca le había visto. La piel me quemaba y el sudor, por un lado del miedo ante la idea de estar haciendo algo “prohibido”, como también del morbo que me invadía, me corría a raudales por la frente y el pecho.
El hecho de correrme la paja junto a Hernán, quien ponía una cara de libidinoso que llegaba a encantarme, me estaba llevando a caminos desconocidos. Ambos estábamos descubriendo juntos y en secreto, ciertos placeres culpables que sólo dos muchachos a solas se permitían. A veces los ojos se me iban al suelo, atento a mi mano que se aferraba a mi pene que ya hace rato había alcanzado su punto más álgido; pero era de pura vergüenza, pues me daba cuenta que la visión de Hernán a mi lado, en pelotas y masturbándose tan feliz, me extasiaba. Hernán se masturbaba con una pasión que daba envidia.
- Ahora ponte a mi lado, hombro con hombro.- Accedí en silencio.- ¡Vamos, sigue corriéndotela! De este modo podemos cachar mejor qué tan distintas son nuestras tulas.
Sentí las ganas de juntar su pico con el mío, las dos puntitas pegándose, pero me dio cosa contarle mi idea. Entonces Hernán me pasó una mano por detrás, rodeando mis hombros. Seguimos en nuestro calentón juego y entonces me dijo:
- ¡Shist, tenís el tremendo pico! ¡Harto grueso, grande y cabezón! De seguro botai harto moco y más con unas bolas como estas- Y para mi sorpresa me tomó con una mano de ellas e hizo como si las estrujara.- ¿Te lo han mamado alguna vez?
- Nunca.- Todavía me tenía agarrado de los huevos, pero ahora unos de sus dedos me tocaban el miembro, poniéndome más duro aún.
- ¡Pues una maravilla como ésa ya hace rato que debía ser probada!- Y entonces se agachó, aún frotándose su propia verga, y se metió en un dos por tres la cabeza en la boca. Por un momento, pensé que me desmayaría, sin embargo la sensación de su lengua pasándome por el hinchado glande, me devolvió la vida.
- ¡Hace rato que te la quería mamar, primito, pues estay más rico que la cresta!
- ¿Ah, sí?- No atinaba a decir nada más. Sólo quería disfrutar el momento. Ya envalentonado, puse mis manos sobre la cabeza de Hernán para señalarle que no quería otra cosa más que me la mamara. Hernán me comprendió al instante y ahora se metió todo adentro, para paladear mi todavía virgen miembro. Le gustaba que entrara todo y luego se lo sacaba casi hasta la cabeza, dejándolo brillante con su saliva y mis fluidos que se mezclaban en sus chupeteos. Creía que ya me iba a ir dentro de su garganta, cuando Hernán se lo sacó.
- ¡Ahora puntéame!- Pidió.
- ¡Ya po´!
Me puso el culo de frente, ofreciéndomelo para que lo agarrara fuerte de los cachetes y le pasara mi miembro que ya estaba que le partía el trasero.
- ¿Has hecho esto antes?
- Solo en sueños…contigo.
- ¿Te gusto mucho?
- Demasiado, weón. No sabís la de pajas que me he hecho pensando en ti, Jaume.
- Ni siquiera me lo hubiera imaginado.
- Ya, weón, menos conversa y más acción.
Ni tonto, ni perezoso, me puse a atacar su culito tan blanquito, que me ponía más cachondo que la cresta; lo tenía durito y parado, con unos cuantos pelitos rubios, bien finos, que le salían de entre la raja.
Era demasiado para mí, pues nunca antes había pasado una experiencia sexual tan fuerte como ésta. Todavía no se la metía y ya estaba que acababa.
- ¡Quiero penetrarte, Hernán!
- No, weón, eso no. Quizás otro día.
- ¡Erís muy maricón, weón, me dejai como loco y al final arrugai!
- ¡Sabís que no soy vaca! Si esto es tan sólo el comienzo de una nueva etapa en nuestra relación.
- ¡Ahí me gustó más la idea!
- ¿Quieres botar tu leche ya?
- ¿Lo puedo hacer en tu boca?
- Pues claro.
Hernán se acostó sobre el pasto y siguió pelándosela. Me arrodillé a su lado, apuntándolo con mi falo que ya a esa edad tenía unas proporciones que me ponían orgulloso y en verdad cuando se me paraba como en ese momento, mi pene amenazaba con partir a quien se lo pusiera. El semen salió de mí como si me estuvieran ordeñando. Lechosas y humeantes gotas siguieron siendo expulsadas, hasta que mis testículos quedaron secos.
- ¡No aguanto más! ¡Yo también me corro!
Hernán también era un lechero (de seguro venia de familia) y sobre su liso vientre el líquido se disgregó por él, como dejando nacaradas pozas, que luego se escurrían por todos lados.
Pensé en besar en la boca a mi compañero de juegos, pero me dio algo de asco probar el gusto de mi propio semen.
Para refrescarnos, nos volvimos a meter al río. Al rato nos vestimos y nos fuimos a la casa de mis tíos. Llegamos mucho más tarde que de costumbre, muertos de hambre y de cansancio. Al final nos llevamos la once/cena (en ese momento queríamos comer como cerdos y luego puro dormir) a la pieza y al rato, ya estábamos durmiendo como lirones.
Era casi el final del verano. Hernán y yo seguimos disfrutando juntos lo que quedaba, pero no se hablaba entre los dos sobre nuestra última experiencia. Quizás fue lo mejor, pues de alguna manera ambos sabíamos que todavía nos quedaba vivir otras cosas antes de decidirnos sobre quién éramos cada uno de nosotros y a dónde nos llevaba la vida. Ése fue el último verano que pasamos más de dos semanas compartiendo, pues ya al año siguiente de que descubrimos esa faceta del sexo, ya llevábamos pololeando cada uno con sus respectivas chicas, quienes eran nuestros verdaderos primeros amores; así que preferíamos pasar más tiempo con ellas.
Luego, con el correr de los años, mi relación con Sandra se fue formalizando, de modo que me encontré con la sorpresa de que pronto ambos nos haríamos padres. En cambio, Hernán probó con hartas mujeres y también con hombres, hasta que se dio cuenta de que la pasaba mejor estando con personas de su mismo sexo.
Tercero.
Con Jaume nos veíamos irregularmente, pero las veces que lo hacíamos, la pasábamos genial. Nos veíamos por lo general a la salida de mi pega, pues el fin de semana era más complicado, para él por lo de la guagua que estaba por nacer, y para mí por mis niños y otros compromisos familiares.
Las pocas horas que permanecíamos juntos, lo hacíamos yendo a un pub, un buen restaurante o incluso al cine. Hablábamos por lo general sobre nosotros, nuestras vidas y preocupaciones. De algún modo era como una terapia para ambos, ya que era la instancia que teníamos para relajarnos y contar con un oído amigo. Por mi parte, cada día que pasaba, Jaume se convertía en alguien imprescindible para mi felicidad. No estaba seguro de si lo amaba, pero sí tenía muy claro que cuando estaba con él, me sentía reconfortado.
Un día tuve una discusión muy fuerte con Elizabeth y salí de la casa dando un portazo, los niños quedaron llorando en casa. A veces me preguntaba que por qué no mejor nos separábamos de una vez, pero el miedo al que dirán y al cambio, me aferraba como siempre a mi monótona vida. Molesto y con puras ganas de evadirme, me fui a caminar por un parque que quedaba a sólo unas cuantas cuadras. En eso sonó mi celular y como si fuera milagro, vi en el visor que era Jaume quien llamaba. Me preguntó si estaba libre, que si le parecía que nos viéramos. Creí explotar de dicha, casi le grité que lo quería más que la cresta, que no tenía ni idea de cuán importante era para mí y que le agradecía que justo cuando más lo necesitaba, me hubiese llamado.
- Estoy solo en casa.- Me dijo.
Cuando oí esto, se me ocurrió que tal vez había una doble intención en ello, que quizás mi oculto deseo por tener un grado mayor de intimidad con él, estaba por realizarse; a lo mejor a Jaume también le gustaba de esa forma. Una vez en su hogar, estaría atento a cualquiera insinuación.
Al llegar a su casa, apenas entré a ella, el corazón me lateó desenfrenado. Lo abracé más estrechamente que nunca, pegando mi cuerpo al suyo con un ansia tal que daba vergüenza.
- ¿Te puedo dar un beso?- Le pregunté
- No hay problema.
Le di un tímido beso en la mejilla sin afeitar, algo que nunca había hecho hasta ese momento. Seguíamos abrazados.
- ¿Te pasa algo?
- Sí, lo que sucede es que hay ocasiones en que no aguanto más la tensión con Elizabeth.
- Vamos, hombre, sentémonos a charlar y bebamos una chelita ¿Te tinca?
- Claro.
Jaume fue tan atento y tierno conmigo, que me daban puras ganas de llorar de emoción. Me estuvo escuchando por horas.
- ¿Por qué estás solo hoy?- Le pregunté ya más relajado.
- Porque mis padres se fueron por unos días a la casa en Peñaflor. Ellos van para allá de vez en cuando. Me gustaría mucho un día convidarte para allá. Tenemos una tremenda piscina.
- Genial.
- Ya es pasada la medianoche ¿No te complica llegar tarde a tu casa?
- Para nada, me siento bien aquí contigo. Por cierto, creí que vivías con tu novia.
- Ella y yo la verdad tampoco estamos muy bien. A mí me tienen muy choreado sus celos y lo posesiva que es. En verdad no sé a dónde va a parar lo nuestro.
- Estamos en la misma parece.
- Exacto. Oye, Allan, si quieres te puedes quedar acá en la casa. Hay camas de sobras.
- Gracias por tanta amabilidad. Veré alguna forma de devolverte tantas atenciones.
- No te preocupes, lo hago porque eres mi amigo y te quiero.
- ¿En serio?
- Pero pues claro.
- ¿Y no te complica la diferencia de edad?
- Para nada. Prefiero lejos a la gente mayor que yo, pues es más madura y la gente de mi edad, me aburre con sus conversaciones insulsas.
- ¿Te puedo decir algo?
- Claro.
- Igual me da plancha hacerlo.
- Vamos, no te achunches.
- Me encantaría pasar la noche acá, pero no quiero dormir solo.
- ¿Qué quieres decir con eso?- Por unos segundos pensé “¡La cagué!”, pues creí ver en sus ojos un toque de sospecha y molestia. Quizás me había extralimitado y a lo mejor Jaume nunca sentiría por mí más que amistad; después de todo, los heterosexuales no llegaban a este tipo de gestos con los amigos de su propio sexo y menos dos hombres que se llevaban casi quince años de diferencia. Jaume se quedó callado por un buen rato, que a mí se me hizo una eternidad y pensé que era el fin de lo nuestro: adiós, amigo.
- Disculpa si he abusado de ti. Fui un tonto al decirte eso.- Fue lo primero que se me ocurrió para arreglar la cagada que había dejado.
- No hay problema. En verdad me dejaste helado, pero era porque nunca pensé que fueras alguien tan sensible y dispuesto a mostrar su propia fragilidad.
“¿Qué me estaba queriendo decir con esto?” me pregunté.
- Tengo una cama de dos plazas. Si no te complica, podemos dormir ahí los dos. Pero la verdad, aún no tengo sueño. Si te parece, podemos acostarnos a ver una película.
- ¡Claro!- Estaba recontento. No sabía a qué iba a llegar esa noche juntos, pero sí era evidente que sería un momento inolvidable.
- ¿Y cómo lo harás para la pega mañana?
- No me complica. Llamaré temprano apenas despierte y diré que estoy enfermo. ¿Tienes clases temprano mañana?
- El jueves es el único día en que me toca ir a la universidad recién por la tarde. Por cierto, hay un problema, eso sí, con esto de compartir juntos la cama.
- ¿Cuál?
- Sólo duermo en pelotas.
-¿Me estay hueviando?- Me puse a reír. Pero la verdad la idea de tener desnudo a mi lado en el lecho a Jaume, me gustaba mucho. Además, nunca lo había visto en cueros y desde hace tiempo que lo venía desnudando con la mirada. Me calentaba como nada el estar así con él y en especial, el momento en que se fuera sacando la ropa, descubriendo su anatomía tan deseable y ver ahora en todo su esplendor la verga majestuosa que le había contemplado aquella vez en el baño de la pizzería. Quizás ahora podría cacharle el rico potito que de seguro poseía.
- No, en serio.
- Bueno, estás en tu casa y aquí haces lo que quieres.
- Sabía que no te complicaría demasiado.
Era una noche fría, de mucho viento. Cuando llegamos a la habitación de Jaume, me dio gusto ver la inmensa cama, bien arropada, aunque con el candente cuerpo de mi amigo no necesitaría otra cosa para mantenerme caliente. Lo más seguro era que no podría estar abrazado a él, pero al menos me acostaría bien cerquita suyo y velaría por tocar lo que más pudiera su piel.
Jaume se desnudó frente a mí, con una naturalidad que me sorprendía; no obstante, el hecho de estar con él en su habitación esa noche, fue para mí una de las experiencias más eróticas de mi vida. Cada uno estaba sacándose la ropa, pero yo a diferencia suya me quedé en puros calzoncillos y calcetas, mientras que él se hallaba completamente desnudo
Traté de hacerme el tonto, pues mis ojos se posaban ora en su pecho, ora en su sexo y otras partes suyas, para que no se diera cuenta de cuánto gozaba el espectáculo de su desnudez. Temí que me fuera a erectar, ya que era demasiado para mí el deseo que sentía por Jaume. No podía dejar de maravillarme ante un cuerpo masculino tan hermoso como el suyo. El mío no estaba mal, pero el de Jaume me confirmaba la nueva inclinación sexual que estaba naciendo en mí. ¿Acaso ahora me gustaban derechamente los hombres o era sólo Jaume quien despertaba en mí ese tipo de intereses? En fin… ¡No me importaba ya, si ello significaba disfrutar de la masculinidad de mi joven compañero!
Su cuerpo era puro músculo, bajo una piel morena llena de vellos oscuros y gruesos. Pero para lo bajo que era Jaume, sus músculos no se veían desproporcionados, al contrario, todo en él era armonioso, incluso el miembro y sus huevos que eran bastante grandes (y eso que ni siquiera lo tenía parado, pues si era así, tremenda verga que se vería). Sentí ganas de pasar mis manos por el promontorio que eran sus pectorales de duras tetillas y luego recorrer la curvatura de sus abdominales, restregando mis dedos en los vellos que los circundaban. Todo eso se me ocurrió en sólo segundos. Jaume era una escultura viviente, una pintura de la Capilla Sixtina o para ser más actual, un modelo de catálogo de ropa interior.
- Tienes muy buen cuerpo. Se nota que haces deportes.- Me dijo Jaume cuando ya estábamos en la cama, arropados. Me encantó que se fijara en mí (“Ojalá deseara también mi cuerpo, aparte de simplemente admirarlo” pensé).
- Ni siquiera se acerca al tuyo. Tú sí que te ves bien.
- No es para tanto.
- Eres muy humilde.- Me habría encantado decirle que estaba rico, que al verlo en pelotas más ganas me habían dado de tocarlo, abrazarlo y besarlo por todas partes, de saborear el gusto de sus besos y sentir por primera vez en mi vida lo que era tener un pene en la boca…y hasta en el culo.
Jaume puso una película de terror, pero al rato me di cuenta de que dormía, pues roncaba como nunca había escuchado hacerlo. Tras acostarnos, Jaume había dejado prendida dos lámparas, una a cada lado de la cama, a baja intensidad, lo que me permitió ver su semblante al dormir: se veía tan precioso con ese rostro suyo, sereno, una extraña mezcla del niño que hace poco había dejado de ser y el hombre en que se estaba convirtiendo. Quise besarlo, darle mis buenas noches, pero no correspondía; entre el deseo y la acción había un largo trecho.
No podía concentrarme en la película, que en todo caso se veía buena, así que opté por apagar la tele y también las dos lámparas. Quedamos completamente a oscuras. Controlando mi nerviosismo, me acerqué más y más a Jaume, de modo de quedar pegadito a él y tocar su piel desnuda, calentita. Jaume dormía de lado, quedando su culito hacia mí, como si me estuviera esperando. Lo rocé con mi entrepierna y altiro mi sexo entró en acción, poniéndome todo lo duro y húmedo que podía. Sentí el jugo de la penca que comenzaba a exudar. Si quería tocarlo (correrle mano) ahora que Jaume dormía, debía hacerlo en el más absoluto silencio, despacito, para que no despertara. Se me ocurrió que a lo mejor estaba despierto y quizás se hacía el weón para “probarme”, a ver qué hacía yo; quizás sólo quería que actuara y así de una vez entregarnos ambos al placer entre machos…¡Era demasiado bueno para ser verdad! En fin, me acerqué y puse una mano en su muslo. Cuando sentí su carne que parecía arder, surcada de pelos que se notaban más suaves de lo que me había imaginado, creí que no sería capaz de controlarme y me echaría de inmediato encima de Jaume. Me pegué mucho más y ahora mi paquete hacía presión contra las desnudas nalgas de mi amiguito. A paso de tortuga, comencé a frotarme contra Jaume, sin dejar de acariciarlo, pasando la mano a través de la geografía de su cuerpo. Hice lo posible por no ir de una vez por todas a su pene, el que me tenía seducido desde aquella vez en que orinó a mi lado.
El sueño de Jaume parecía ser tan profundo, que me armé de mayor valor y le toqué las bolas, peludas y grandes como las de un semental. Pensaba en toda la leche que debían llevar, un manjar que se me antojaba probar y mezclar con el propio semen de mis huevos. Quería hacerle el 69 y acabar cada uno en la boca del otro, alimentándonos de nuestros fluidos. Cuando me atreví a pasar los dedos por su verga, me sentí decepcionado de que no estuviera erectado, pero aún así su miembro se sentía poderoso, toda una promesa de nuevas sensaciones para mí. Jugué con los pelitos duros que cubrían sus testículos, revolviendo el frondoso bosque velludo de su pubis. Deslicé la mano por toda su extensión, sintiendo la suave piel que lo cubría y cuando llegué al glande circuncidado, rodeé con un dedo su contorno. Me llevé a la nariz mi mano para oler su fragancia de hombre y luego me los relamí. Despacito me bajé el calzoncillo para sacarme el pene que estaba que explotaba. Me pajeé un rato y luego muy osado, le pasé la cabecita por entre los cachetes duros, hasta que por fin lo hice pasar entre medio, de modo de sentir la apetitosa hendidura de su trasero.
Era demasiado para mí, pues estaba que eyaculaba y no quería echarme a dormir hasta que descargara toda la energía que se había acumulado en mis huevos. Me fui hasta el baño y mirándome frente a un espejo de cuerpo completo, me masturbé como desenfrenado para lanzar mi leche que hasta mojó el liso vidrio. Todavía recaliente, pasé mi verga en la superficie del espejo, sacándome las últimas gotitas blanquecinas. Una vez que limpié todo vestigio de mi pasión, me fui a la cama junto a Jaume. Volví a ponerme a su lado y me quedé dormido, abrazado a su confortable cuerpo viril.
Cuarto.
En una hermosa película de Hayao Miyasaki, un personaje al final del filme decía “Nadie sabe qué camino tomará su corazón”. Ves que me acuerdo de esa frase, me siento muy reflejado.
Los meses previos al nacimiento de mi hija, Martita, fueron de puros sentimientos encontrados. Cada día que pasaba y estaba más cerca de tenerla en mis brazos, me emocionaba como nunca; no obstante mi pareja se iba poniendo cada vez más intolerante, a tal punto que ya no soportaba estar demasiado con ella. Sandra y yo decidimos que fuera a pasar sus últimas semanas del embarazo a Frutillar, con sus padrinos, quienes tenían un gran fundo allá; a ver si un clima más limpio y un paisaje más verde le mejoraban el ánimo. No voy a negar que me sintiera mucho más aliviado con su partida. Apenas tuviera síntomas del parto iría para allá.
Poco antes de que Sandra partiera, Allan pasó una noche conmigo en mi casa. Aquella ocasión no se le veía muy bien, se le notaba en su rostro el peso de sus vicisitudes. Ambos estábamos pasando un periodo difícil de nuestras vidas, pero parece que a él le estaba yendo peor y que por otro lado, se sentía solo como perro. Yo no quería llegar a eso. Me sentí contento de poder hacerle compañía. Me habría gustado haber sido más cariñoso con él, pero no sabía hasta qué punto con Allan podía ser demostrativo. Cuando me dio a entender que esa noche no quería dormir solo, me dio mucha lástima, por lo que le ofrecí compartir la cama conmigo. Sería tonto no admitir que sintiera el deseo de consolarlo, de acariciarlo; Allan era como un inmenso niño al que le faltaba amor y en verdad que me habría gustado demostrarle mejor que ya no era un extraño para mí: que se estaba convirtiendo en una persona importante en mi existencia.
A veces lo veía como al hermano mayor que siempre quise tener, pero en otras…sentía por él sentimientos muy diferentes al de una estrecha amistad entre hombres. En especial cuando lo miraba a sus ojos, esos cálidos ojos verdes suyos que me fascinaban. Me gustaba el tono de su voz (debía cantar precioso) y en un plano más superficial, me gustaba lo alto que era, lo inmenso que se veía a mi lado con su cuerpo tan apolíneo, tan hermoso. Nunca lo había visto con poca ropa, pero me lo imaginaba con un físico espectacular y se le notaba que era velludo, de pelitos rubios que de seguro lo hacían verse muy varonil. Esa noche llegó a mi casa sin afeitar y se veía realmente mucho más guapo. Mi duda sobre cómo era su desnudez, o su imagen en ropa interior, terminó cuando se desvistió para irse a la cama. Recuerdo que llevaba un bóxer blanco y ajustado, que le delineaba los muslos y la cintura sin un ápice de grasa; se le notaba un buen bulto entre las piernas, lo mismo que un trasero gordito. Tenía marcados los abdominales, pectorales y los músculos de los brazos. En definitiva, era un hombre muy atractivo. Cuando lo vi así, me acordé de mi primo Hernán, quien tenía un físico igual al suyo, siendo además blanco y lleno de pelitos rubios por todo el cuerpo.
Por unos instantes creí que Allan pretendía tener sexo conmigo y para ser sincero no me molestaba la idea. El último tiempo había tenido fantasía homoeróticas con él, más todavía ahora que con Sandra habíamos dejado de acostarnos. En el pasado, aparte de mi experiencia con Hernán, me había sentido atraído por otros hombres, pero nunca ello me había motivado a querer intimar con alguno; sin embargo, Allan con su particular forma de ser me había seducido al punto de sacar esa faceta oculta de mi persona. Considerando todo esto, si Allan me buscaba esa noche como a un amante, me tendría más que dispuesto.
Al final no pasó nada aquella velada, pero me di cuenta al despertar por la mañana, que en vez de estar Allan en su propio lado de la cama, se había pegado a mí, teniendo una de sus manos sobre mi vientre. Allan seguía durmiendo cuando me levanté y no se dio cuenta de que le di un beso muy cerca de la boca, antes de irme a la ducha.
Ya había desayunado cuando mi amigo se levantó, aún en ropa interior.
- Puedes ducharte si quieres. Te dejé toallas limpias en el baño y también te puedo prestar desodorante y perfume.
- Eres muy dulce.
- No hay de qué.
Estaba bañándose aún, cuando no aguanté las ganas de orinar y luego de preguntarle a Allan si no le molestaba que pasara a mear. Entonces contemplé su silueta desnuda en la ducha tras el vidrio empañado. Se veía tan sexy. Las toallas las había dejado colgadas en unas perchas algo alejadas de la tina. Así que se vio obligado a salir pilucho para poder secarse. Me fue imposible no quedarme allí, pues contemplarlo como Dios lo mandó al mundo, todo mojado y brillante por la luz que marcaba mejor su definida musculatura, era una delicia para mis ojos. Sólo entonces me di cuenta de que sobre el brazo derecho, llevaba un tatuaje con un tribal celta.
- ¡Qué hermoso tu tatuaje!- Le dije.
- Me lo hice cuando estaba en el instituto.
- Se te ve muy bien. Déjame mirarlo mejor.- Me acerqué más hacia él, tomando su brazo por el bíceps para levantarlo y mirar con detención el diseño. El brazo se sentía duro. Fue muy excitante estar con Allan en esa situación, desnudo para mí, dispuesto a que sucediera cualquier cosa entre nosotros.- Hace tiempo que me he querido hacer uno bajo el ombligo. Aquí- Me levanté la polera. Allan se quedó mirándome extrañado.
- Se te vería muy bien.- Fue lo único que me dijo.
Allan se pasó una toalla en la ingle, de donde colgaba un pene bastante dotado, incluso me pareció que estaba semierecto. Se notaba se depilaba el pubis, que de por sí debía ser bien peludo. Las bolas eran rosadas y también grandes. Tenía que ser muy tonta su pareja como para no disfrutar un sexo tan hermoso como el que tenía Allan. De seguro follaba como los dioses.
Me quedé conversando con Allan hasta que se secó y se puso la ropa. Yo mismo le llevé desodorante y perfume al baño. En un momento se dio vuelta y vi su larga y ancha espalda, en la que los músculos se le marcaban. El culo blanco y cubierto de un finísimo vello rubio, era exquisito. Lejos poseía mejor culo que muchos de los compañeros de gimnasio que tenía. Si me acostaba algún día con él, me gustaría probar otras cosas que cuando estuve con Hernan me privé. Le haría de todo a Allan y dejaría que él hiciera conmigo lo que le diera la gana.
Se fue a su casa después de desayunar. Antes de partir me dio un gran abrazo de oso.
- Te quiero mucho.- Me dijo. Esto me emocionó.
Me pregunté si el tipo sólo me calentaba o me gustaba más allá de la atracción física, como un medio de escape de mis propias cuitas.
Nos seguimos viendo como de costumbre, pero de la noche en que se quedó en mi casa nunca se habló. Siempre me he considerado un estoico, cosa que en Allan no se veía mucho que formara parte de su carácter. Cuando nos juntábamos, era como si floreciera y de un momento a otro, pasara de un estado de melancolía, a otro eufórico. Era evidente que mi presencia lo hacía sentirse feliz, mucho mejor. Me preguntaba qué podía hacer para ayudarlo. Me quedaba claro que me atraía y demasiado, sin embargo a menos que él me demostrara que efectivamente le gustaba, no pensaba meterme más de la cuenta en sus atados familiares. Quizás sólo estaba de paño de lágrimas suyo y si podía contribuir a que solucionara sus conflictos con su esposa, me sentiría más que realizado. Fue así cómo se me ocurrió invitarlo a él y a su familia a mi casa en Peñaflor, para pasar un precioso día primaveral, con piscina y asado. Le dije a mis padres que tenía pensado una reunión con mis excompañeros del colegio, así que me apetecía quedarme esos días como único anfitrión en la casa.
Le propuse a Allan que se fuera con toda su familia a quedar un fin de semana completo a la casa en Peñaflor. Hasta planifiqué toda una serie de actividades entretenidas para hacer que los Cid, que es el apellido de mi único amigo mayor, la pasaran bien. Llegué a Peñaflor bien preparado, con hartas cosas ricas para comer y beber, como también un buen cargamento de pelis y música para amenizar todo. Cuando le dije a Allan que quería fuese para allá con su señora e hijos, le dio mucho gusto; además, así podría conocerlos. Quedamos en que los recibiría a final de mes, luego de que lo conversara con su esposa y ésta le dijera que bueno.
Me encontraba algo nervioso ante la idea de la pronta llegada de la familia de Allan, en especial de conocer a Elizabeth, de quien había oído hablar que era una persona algo complicada. En fin, tal vez necesitaban ese tipo de instancia para relajarse.
Era cerca del mediodía cuando llegó Allan…solo en su auto. Apenas lo vi, me dio mala espina, pues me asusté ante tamaña sorpresa. Además no se le veía muy tranquilo.
- ¿Y el resto de la gente?- Le pregunté antes incluso de saludarlo.
- No van a venir.
- ¿Qué sucede, cumpa?
- ¡Puros atados, weón!- Nunca lo había visto tan descontrolado, ni siquiera esa vez en que pasó la noche conmigo. Tampoco me había tratado de “Weón" hasta ese día.
- ¿Todo bien?- Se me había quedado paralizada la lengua y en realidad no sabía cómo enfrentar la situación.
- No quiero hablar de ello.- Y al rato como si fuera mi culpa…- ¡Si quieres me voy no más!
- No te enojes conmigo, tan sólo me preocupo por ti, por eso te preguntaba. No hablemos del tema y ánimo. Para todo hay solución, menos para la muerte.
Por un momento creí que Allan se echaría a llorar. Si fuera así, se me partiría el alma de tener frente a mí a un hombre adulto hecho pedazos y más todavía de alguien a quien ya quería mucho.
- Vayamos a sentarnos un rato al lado de la piscina.- Le ofrecí, tomándolo de un brazo.
- ¿Tienes algunas chelas para tomar?
- ¡Pues claro!
Nos acomodamos y tras traer unas cervezas y algo para picar, nos pusimos a hablar de cualquier cosa que no fuera las vicisitudes de Allan: puras nimiedades para que se destensionara.
- ¡Quiero tirarme a la piscina!- Me dijo, sorprendiéndome de un momento a otro, interrumpiendo el curso normal de la conversación que teníamos sobre la Selección Nacional de Fútbol. Y se sacó en un dos por tres la ropa, quedando completamente desnudo, para luego tirarse un estruendoso chapuzón. Me quedé quieto mirándolo cómo nadaba. Desde arriba veía su espalda y culito que bajo el agua se lucían. En sus brazos y piernas se marcaban sus músculos al nadar. Y cuando se tiró al agua, ver cómo se le movió la penca que le colgaba como todo un trofeo, fue muy excitante para mí.
Después de nadar un buen rato de un lado a otro, Allan se quedó quieto, saludándome con una mano y me dijo que no fuera tonto, que me tirara a la piscina con él. No vacilé en aceptar su propuesta, por lo que también me desnudé y en unos segundos estaba con él en el agua. Tras nadar juntos (la piscina era bastante grande), nos pusimos a tirarnos una pelota de un extremo al otro. En un momento, Allan se puso a perseguirme en el agua cuando le cayó la pelota en plena cara. Nadé lo más rápido que pude para que no me pillara, pero Allan era mucho más ágil que yo y me agarró fuerte de las piernas, tirándome hacia el fondo. Nos largamos a reír igual que dos niños chicos y entonces recién me vine a percatar que me tenía abrazado de la cintura, nuestros rostros frente a frente. Y sentí contra mi vientre la presión de su pene endurecido. El silencio se interpuso entre nosotros y fue roto recién cuando comenzamos a besarnos en la boca, con una pasión que escapaba a mi dominio. Allan besaba demasiado bien, metiéndome su mojada lengua, de modo que yo la sorbía. Despacito nos mordíamos los labios y luego su boca recorrió mi cuello, mientras me tenía aún tomado por la cintura. En el agua no me costó aferrarlo con mis piernas, de modo de atraerlo más hacia mí.
- ¡No tienes idea de cuánto me gustas!- Me dijo Allan, mientras me acariciaba con unas manos que sabían lo que era hacer vibrar a otro.
- Y tú a mí también me encantas. Es más, he deseado desde hace tiempo estar así contigo.- Entonces por primera vez, tomé con una mano su miembro que estaba hecho una piedra, para masturbarlo y ver en su cara, las señales de su éxtasis.
- Qué rico se siente. Déjame a mí corrértela a su vez.
La tremenda mano de Allan se apoderó de mi sexo, que hace rato había despertado. Ambos estábamos tan duros, que el placer que nos dábamos, era cercano al orgasmo. Con la otra mano, Allan se puso a jugar con mi trasero, tratando de meterme un dedo en el ano.
- ¡Despacito, despacito, mira que mi culito aún es virgen, así que está bien estrecho!
- ¿Y será mío?
- Ya veremos, si te portas bien conmigo.
- No quiero otra cosa en el mundo que hacerte el amor.
- ¡Qué lindo eres!- Y le di un beso entre los pectorales. - ¿Serás tú también mío?
- Me encantaría aprender contigo todo tipo de placeres a los que antes estaba vedado.
Nos fuimos hacia una de las paredes de la piscina, y ahí tras apoyarme, continuamos besándonos, a la par que Allan me punteaba con el hierro que le nacía entre las piernas. Aproveché de tomar entre mis manos sus deliciosas nalgas, apretándolas para sentir mejor lo que esperaba más rato abrir con el objetivo de entrar en él.
- Súbete al césped y ábrete de piernas, que yo desde el agua te haré la mejor mamada de tu vida.
- ¡Qué rico, compadre! No me la chupan desde hace mucho tiempo.
- Ese pico tan tremendo que tienes bien merece ser saboreado.
- ¿Has mamado a otro hombre alguna vez?
- Hoy será mi primera vez y espero hacerlo contigo todo lo que se pueda.
Sin hacerle asco a su nueva experiencia, Allan me pajeó con cara de libidinoso, como si quisiera adueñarse de mi falo; luego sacó la lengua y la pasó por el glande, tal cual fuese una roja paleta. Su lengua bajó por todo el miembro y por último me hizo dar gemidos al lamerme los huevos. Sólo después de que me chupeteó los testículos, echándoselos todos a la boca, se puso a mamarme con lujuria. Era tanto el gozo que sentía, que mis manos habían sacado pasto al retorcerme con su espectacular fellattio.
- ¡Date vuelta para ahora hacerte el beso negro!
- No estaba demás, soy todo tuyo.
La lengua y la boca de Allan se movían tal cual como si tuvieran vida propia. Me abrió los cachetes y me degustaba por detrás con un poderío tal, que estuve a punto de acabar más de una vez. Por otro lado sus manos, me tenían sujeto igual que fuera una preciada presa a la que no quisiera soltar.
- ¡Ahora es tiempo de que yo te lo chupe! Quiero que te vayas a sentar a la silla de allá, para tenerte a mi disposición.- Y de ese modo Allan se tiró cuan largo era, abriéndose de patas y con los brazos cruzados tras la nuca, dispuesto a dejarse llevar más todavía por el placer de estar juntos. Me arrodillé frente a él y de inmediato me eché todo a la boca. El salobre sabor de su pene me gustó demasiado. Estuve a punto de exprimirle la leche y que esta se derramara por mi garganta, pero era mejor guardar para más rato el postre. Allan llegaba a aullar con el sexo oral que le daba.- Déjame lamerte ahora el potito.
- Nunca me lo han hecho.
- ¿En serio? No puedo creer que ese trasero tan lindo que tienes nunca te lo hayan chupado. Yo quiero pasarte la lengua entre las nalgas y mordértelas, antes de meter mi lengua en tu hoyo.
- Házmelo todo, pero con cuidado.
- Esa es la idea. Irte lubricando antes de penetrarte.
- Ummmm ¿Quieres meterme ese gigantesco pico que tienes ahí?
- Sí, todito hasta las cocos.
- Espero cumplir bien mi papel.
- Seguro que sí. Y luego yo te entregaré la virginidad de mi propio culo.
- ¡Uf, que me pones cachondo!
- Es lo único que quiero ahora, que ambos disfrutemos de nuestra intimidad. Nos perteneceremos el uno al otro.
Aún seguía arrodillado, cuando Allan llevó sus piernas hacia su pecho, levantando su trasero de modo que me lo pusiera frente a los ojos mejor. Tenía un culo tan hermoso, que lo primero que hice fue acariciárselo, sintiendo la tersura de su piel y su fino vello claro. El culo de Allan me invitaba a tomar posesión suya. Pero antes de metérselo, quería darle unos cuantos besitos en el orto. Le dejé bien mojado abajo para que fuera más fácil la tarea de hacerlo mío; también hundí lo que pude un dedo en su tierna carne rosácea.
- Antes de que me lo pongas, hagamos el 69.- Me pidió.
- Con gusto.
Y me tiré sobre Allan, dado vuelta hacia sus pies. Cada uno con el miembro del otro en la boca, culiándonos por ahí, nuestra primera forma de poseernos. Allan me tenía sujeto de las nalgas y mamaba con desesperación. En cambio yo me di el gusto de saborear poco a poco su sexo, para conocerlo desde las bolas hasta la punta. Era un miembro surcado de venas, blanco completo y con la cabeza roja y grandota. Medía por lo menos unos veinte centímetros, pero la verdad el mío era mucho más grande y cabezón que el suyo. . Sin embargo Allan era lo suficientemente dotado, rico y machote como para dejarme partir el culo por él. El miembro de Allan me ganaba en grosor y ya me lo veía haciéndome tiras el culo.
- Ya, no aguanto las ganas de hacerte el amor.- Le dije, hecho un fuego entre las piernas.
- ¿Dónde lo hacemos?
- Siempre he querido hacerlo en una piscina.
- Entonces volvamos para allá.
Nos tiramos de nuevo en piquero, tomados de la mano esta vez. Nos fuimos a un rincón y metidos en el agua, teniendo a Allan dándome la espalda, me puse a pujar muy despacito, abriéndole las carnes de modo que mi compañero fuese acostumbrándose a mí. Fue difícil, Allan como era obvio estaba apretadito y mi pene era más que grandote. Pero que fuese complicado esta primera penetración, me excitaba más. Allan se quejaba como desenfrenado, pero se comportó como todo un hombre valiente. Para calentarlo más, con una mano le tomé la verga, dispuesto a pajearlo despacito, para que no se corriera tan pronto. Mientras pujaba, le daba besitos en la espalda.
- ¡Eso, eso, métemelo no más!- Gritó.
Cuando mi penca logró entrar, por el momento la pura cabecita, Allan se quejó hecho un sibarita. Ahora me agarré de su cintura y continué el proceso de clavarlo hasta el fondo. Allan gemía sin cesar y yo bufaba.
- ¡Nunca pensé en mi vida que quería ser penetrado, hasta que te conocí! Estoy enamorado de tu pija y lo haces tan rico, Jaume.
- Esa es la idea, que disfrutes por ambos lados. Así se pasa mejor.
- Quiero que me culees de frente.
- Vayamos a mi cama, allá será más fácil.
Una vez en el lecho, Allan se abrió de patas para volver a contenerme. Me encantó ver cómo mi miembro entraba y salía, así como disfrutaba contemplar la cara que ponía Allan al ser mío. Mientras se la ponía, Allan se la corría. Su pene estaba tan mojado que podía sentir la fragancia de su ardor. Tras estar un buen rato así, probamos en posición a lo perrito. Esta vez me di la oportunidad de ver mejor su espalda, que bajo el cuello y al comienzo de ésta, tenía una matita de pelos, los que se los tiré de puro caliente. Las nalgas de Allan sonaban estrepitosamente al golpearlas con cada estocada que le daba.
- Ahora quiero que me lo metas tú.- Le dije.
- ¡Ya po´! Hagámoslo a la paraguaya primero, que así me gusta mucho.
Me apoyé contra una muralla, y nos estuvimos besando en la boca, yo ahora dándole la espalda, pero doblando hacia atrás lo más que pude mi rostro. Lo primero que hizo Allan antes de follarme, fue pasar sus manos por todo mi cuerpo, como si quisiera reconocer mi piel y mi carne, desde los hombros, el pecho, el vientre, el miembro, la cintura, el culo, los muslos y las piernas: todo en mí era para él un territorio desconocido que estaba aprendiendo a explorar.
Levanté mejor mi trasero para recibirlo y Allan obedeciendo a mis impulsos se puso por fin a entrar en mí. Estaba seguro que un hombre maduro como él debía de culiar como nadie. Sólo a Allan estaba dispuesto a entregarle mi cerradito culo. Para cuando logró ensartarme, me corrían lágrimas de dolor y felicidad. Era también algo nuevo para mí, un placer que tenía que aprender a manejar.
- ¡Weón rico!- Exclamé.
- Tú me diste tu pico de oro y ahora te devuelvo el favor.
- ¡Gracias y mil veces gracias!
- Eres muy caliente.
- Y tú igual. Vayámonos a la cama, para que me eche de guatita y así te acuestas sobre mí.
Estuvimos en la cama de esa forma hasta que me dieron ganas de eyacular. En cambio Allan sí que sabía controlarse y podía disfrutar de metérmelo sin que asomara la mínima gota de su leche. Me tenía aferrado muy firme contra sí, besándome en el cuello y mordiéndome juguetón una oreja. Bajó la intensidad de sus movimientos dentro de mí, para que no acabara aún. Le dije que quería sentarme sobre su pico y accedió altiro. Me lo fui metiendo hasta que de nuevo lo tuve todo para mi deleite. Allan me agarró de los brazos y después me tomó de los pectorales, tirándome el vello de estos. Salté encima suyo igual que un niño que monta a su caballito de madera. Galopé sobre Allan hasta que se inclinó sobre mí y así abrazados, nuestras piernas cruzadas, nos volvimos a besar con toda la pasión del mundo. Sudábamos como cerdos, lamiéndonos las gotitas de transpiración.
- ¡Ya no aguanto más! Quiero acabar.- Exclamé.
- ¿Eres lechero?
- Más que la cresta.
- Entonces acaba sobre mi cara.
Allan se tiró en la cama y yo me senté sobre su pecho para vaciarme sobre su apuesto rostro. Luego le pedí que me dejara hacerlo acabar a mamadas. Se paró encima de la cama y yo afirmándome de sus piernas peludas, volví a echarme adentro toda su virilidad, de la que succionaba a la espera de su esperma. Allan acabó dando un gritito de triunfo.
- ¿Y ahora qué pasará?- Me preguntó
- Lo que tú quieras, mi amor.
Desde aquella vez, nuestra vida cambió para siempre.
| Navegue a través de los Relatos | |
Mirando pijas en Retiro |
Mi tio Jorge
|
|
Los usuarios son responsables de sus propios comentarios.
|







