1º de abril de 1994
Publicado por Monta_Dos en 30/4/2011 (375 lecturas)
Estábamos en mi coche, serian cerca de las once de la noche. “Me marcho, cariño”. “Porqué, quédate”. “No preciosa… que hago aquí?”.
Llevaba tiempo detrás de esa niña, preciosa, alta y rubia, de cabellos largos y rizados con diferentes tonos naturales. Una carita preciosa, unos pechitos de bocado, blusa blanca, ...cortita falda negra y medias. Ella no se decidía, ocho años tal vez sea mucha diferencia de edad…. Cuando se tienen apenas 20. “Sabes que desearía que tu…”, no llegué a terminar la frase. “Está bien… si”.
Mis ojos se iluminaron, al fin se decidió. “Bien, y ahora qué” dijo casi al mismo tiempo en que yo acercaba mi boca a la suya. Era nuestro primer beso y sus labios me parecieron de seda, tiernos… inexpertos?. Note su respiración acelerada, mientras se aceleraba la mía.
Era Semana Santa, todo el grupo fuimos a pasar el fin de semana a Oriñón, uno de nuestros amigos tenía un piso en la playa y disfrutamos de un día de risas. Un par de parejas ya estaban buscando un colchón para pasar la noche. Yo me sentía… mal. Deseaba a esa chica, tal vez me estaba enamorando?... Pero no me apetecía pasar la noche allí con ellos… solo.
Vino tras de mí, cuando fui para mi coche. Al salir de él me dijo: “debemos apurarnos, o nos tocará el sofá”. Tímidamente se fue desnudando bajo mi atenta mirada, su cara se iluminaba bajo un velo sonrosado de rubor. Se dejó el sujetador y unas breves braguitas y se metió bajo las sábanas. Yo, desnudo totalmente, la esperaba.
Sentía su cuerpo temblar bajo mis ávidas manos, con cada caricia, con cada beso. Su calor era palpable. Nuestras bocas buscándose con ansiada pasión fundiéndose una y otra vez en apasionados besos. Mis manos, deseosas de descubrir todos sus secretos, se deslizaban sobre su inexperto cuerpo. Suavemente. El fijador de su pelo se rompía bajo el peine de mis dedos acariciando su cabeza, en su cara sentía el color de sus mejillas solo por el calor que proyectaban en mis palmas, dibujé siluetas en su cuello y fui bajando. Sus pechitos, firmes, tersos, parecieron endurecerse en mis manos al alcanzarlos… sus pezones, pequeños, duros, se clavaron en mis palmas. Temblaba bajo cada uno de mis movimientos. Su boca fundida con la mía con extremada pasión… casi con violencia. Mi lengua y la suya desbocadas, no sabrían decir a que boca pertenecía cada cual. Lentamente resbalé por su vientre… (chica de gimnasio) liso, suave, fino. Su ombligo me sirvió de excusa, para tranquilizarla… y tranquilizarme. Descansé un ratito en él, jugando a rodearlo con la yema de mis dedos.
Se dejaba hacer, temblaba, y yo sentía su calor. El sudor bañaba nuestros cuerpos, el suyo por el descubrimiento de nuevas sensaciones… el mío por el privilegio de tener a esa preciosa niña entre mis brazos. Cuando llegué a sus braguitas tembló. Por un momento pensé… -está bien por hoy, déjalo-. Solamente había deslizado la punta de mis dedos por debajo de la cinturilla. Ella arqueó su cintura, levantando su culito para facilitar el que se las quitara y así lo hice. Despacio, fui acercándome a su coñito, resbalando por un fino vientre aterciopelado. Su monte de Venus me pareció el paraíso, jugué con su vello púbico sin prisa alguna dejando, de vez en cuando, a las yemas de mis dedos llegar al inicio de su rajita para solo esbozar una caricia en su clítoris. Su respiración se aceleraba a cada instante dejando escapar algún susurrante gemido. Yo estaba realmente excitado… tanta belleza bajo mis manos, mi verga parecía ir a explotar en cualquier momento. Supongo que la vergüenza le impedía tocármela. Ella se limitaba a sujetarme por el cuello, acariciar mi cabeza. Notaba la tensión en sus dedos… arrastrándome hacia su boca.
Inicié, con mis dedos, un masaje circular por encima de su vulva. Dejé a mi mano libertad para llegar a su botó del placer y jugué sobre él. Su cuerpo se arqueó tenso, sus dedos clavados en mí al tiempo que un gemido, casi un suspiro, salía de su boca. “Es mi primera vez”, dijo en un susurro. “No tenemos porqué hacerlo….” Respondí casi con pena. “Por qué no?…” “Si tu no quieres…”. “Si…. Si que quiero”.
Esa breve conversación, en el calor del ambiente, hizo que mi temperatura subiera aún más, mi sangre embotaba mis sentidos. Su aroma, ese olor a sudor salado, su perfume, el bullir de hormonas entremezcladas, pegadas entre su cuerpo y el mío… me hizo temer que no llegaría. Que mi tremenda excitación me jugaría una mala pasada.
Cuando mis dedos llegaron a su coñito, ya estaba húmedo… que digo, empapado. Me deslicé por él suavemente, con extremada ternura, con casi miedo a lastimarla. Cada mínimo movimiento me era correspondido por un estremecimiento de su cuerpo, con un leve gemido, cosa que me volvía literalmente loco. Lentamente fui introduciendo un dedo en su vagina, la notaba prieta, tensa. Realicé unos suaves movimientos circulares dentro de ella en un intento de relajarla, de abrir el camino. Chorreaba… notaba su flujo resbalar entre mis dedos… se hacía agua por momentos. Sus dedos no dejaban de clavarse en mí, en mis hombros, en mi espalda. “Ven”, le dije al tiempo en que me arqueé para atraerla bajo mi cuerpo. Me sentí cómodo sobre ella, acogedora me abrazó y se entregó a mi beso. Levantó las rodillas apoyando los pies a la altura justa de alzar sus caderas y ofrecerme el paso a su nido inmaculado, virgen… No me hice esperar, mi poya dirigió perfecta su trayectoria. Con exquisita suavidad comencé a penetrar esa rosa que se me ofrecía. Muy despacio, con extremada ternura, sabedor de la importancia del momento… me clavé en ella. Su cuerpo tembló, su boca emitió un suspiro, un gemido suave, entrecortado. Toda resistencia se venció al cálido ritmo de mi empuje, muy despacio hacia adentro… reposo. Con infinita tranquilidad retrocedo, a cada movimiento… un espasmo en su cuerpo, y vuelvo a arremeter hacia su interior. La presión es brutal a pesar de estar exquisitamente lubricada. Su vagina oprime mi miembro por su inexperiencia, por su novedad. Retrocedo de nuevo e intento seguir un ritmo, suave, piano, al principio. Allegro, más rápido, a continuación. Sus jadeos me excitan, su calor dispara todos mis instintos… sus uñas en mi espalda casi me hacen olvidar que es su primera vez. Y adelanto mi empuje, una mano sirviéndome de apoyo y la otra ocupada en masajear sus pechos, aprieto una y otra vez con más pasión, con más violencia. Sus jadeos me estremecen. Siento el calor de sus mejillas rozando mi cara. Sus caderas ya han cogido el ritmo y acompañan mis empujes… hasta que nos sorprende el clímax con un espasmo nítido, escalofriante, maravilloso.
No nos movimos. Permanecimos por un tiempo allí, uno sobre el otro, abrazados. Recuperando la respiración. Me retiro por fin y le abrazo de lado, mi brazo bajo su cuello… mi mano en sus pechos ahora relajados, suaves, sin tensión. Mi otro brazo sobre su vientre… mi mano. Percibo su sonrisa en la penumbra… la mía es obvia, casi palpable. “Te quiero” dice, tal vez adivinando mis ganas de saber cómo se siente………
Y así empezó… una larga historia.
Llevaba tiempo detrás de esa niña, preciosa, alta y rubia, de cabellos largos y rizados con diferentes tonos naturales. Una carita preciosa, unos pechitos de bocado, blusa blanca, ...cortita falda negra y medias. Ella no se decidía, ocho años tal vez sea mucha diferencia de edad…. Cuando se tienen apenas 20. “Sabes que desearía que tu…”, no llegué a terminar la frase. “Está bien… si”.
Mis ojos se iluminaron, al fin se decidió. “Bien, y ahora qué” dijo casi al mismo tiempo en que yo acercaba mi boca a la suya. Era nuestro primer beso y sus labios me parecieron de seda, tiernos… inexpertos?. Note su respiración acelerada, mientras se aceleraba la mía.
Era Semana Santa, todo el grupo fuimos a pasar el fin de semana a Oriñón, uno de nuestros amigos tenía un piso en la playa y disfrutamos de un día de risas. Un par de parejas ya estaban buscando un colchón para pasar la noche. Yo me sentía… mal. Deseaba a esa chica, tal vez me estaba enamorando?... Pero no me apetecía pasar la noche allí con ellos… solo.
Vino tras de mí, cuando fui para mi coche. Al salir de él me dijo: “debemos apurarnos, o nos tocará el sofá”. Tímidamente se fue desnudando bajo mi atenta mirada, su cara se iluminaba bajo un velo sonrosado de rubor. Se dejó el sujetador y unas breves braguitas y se metió bajo las sábanas. Yo, desnudo totalmente, la esperaba.
Sentía su cuerpo temblar bajo mis ávidas manos, con cada caricia, con cada beso. Su calor era palpable. Nuestras bocas buscándose con ansiada pasión fundiéndose una y otra vez en apasionados besos. Mis manos, deseosas de descubrir todos sus secretos, se deslizaban sobre su inexperto cuerpo. Suavemente. El fijador de su pelo se rompía bajo el peine de mis dedos acariciando su cabeza, en su cara sentía el color de sus mejillas solo por el calor que proyectaban en mis palmas, dibujé siluetas en su cuello y fui bajando. Sus pechitos, firmes, tersos, parecieron endurecerse en mis manos al alcanzarlos… sus pezones, pequeños, duros, se clavaron en mis palmas. Temblaba bajo cada uno de mis movimientos. Su boca fundida con la mía con extremada pasión… casi con violencia. Mi lengua y la suya desbocadas, no sabrían decir a que boca pertenecía cada cual. Lentamente resbalé por su vientre… (chica de gimnasio) liso, suave, fino. Su ombligo me sirvió de excusa, para tranquilizarla… y tranquilizarme. Descansé un ratito en él, jugando a rodearlo con la yema de mis dedos.
Se dejaba hacer, temblaba, y yo sentía su calor. El sudor bañaba nuestros cuerpos, el suyo por el descubrimiento de nuevas sensaciones… el mío por el privilegio de tener a esa preciosa niña entre mis brazos. Cuando llegué a sus braguitas tembló. Por un momento pensé… -está bien por hoy, déjalo-. Solamente había deslizado la punta de mis dedos por debajo de la cinturilla. Ella arqueó su cintura, levantando su culito para facilitar el que se las quitara y así lo hice. Despacio, fui acercándome a su coñito, resbalando por un fino vientre aterciopelado. Su monte de Venus me pareció el paraíso, jugué con su vello púbico sin prisa alguna dejando, de vez en cuando, a las yemas de mis dedos llegar al inicio de su rajita para solo esbozar una caricia en su clítoris. Su respiración se aceleraba a cada instante dejando escapar algún susurrante gemido. Yo estaba realmente excitado… tanta belleza bajo mis manos, mi verga parecía ir a explotar en cualquier momento. Supongo que la vergüenza le impedía tocármela. Ella se limitaba a sujetarme por el cuello, acariciar mi cabeza. Notaba la tensión en sus dedos… arrastrándome hacia su boca.
Inicié, con mis dedos, un masaje circular por encima de su vulva. Dejé a mi mano libertad para llegar a su botó del placer y jugué sobre él. Su cuerpo se arqueó tenso, sus dedos clavados en mí al tiempo que un gemido, casi un suspiro, salía de su boca. “Es mi primera vez”, dijo en un susurro. “No tenemos porqué hacerlo….” Respondí casi con pena. “Por qué no?…” “Si tu no quieres…”. “Si…. Si que quiero”.
Esa breve conversación, en el calor del ambiente, hizo que mi temperatura subiera aún más, mi sangre embotaba mis sentidos. Su aroma, ese olor a sudor salado, su perfume, el bullir de hormonas entremezcladas, pegadas entre su cuerpo y el mío… me hizo temer que no llegaría. Que mi tremenda excitación me jugaría una mala pasada.
Cuando mis dedos llegaron a su coñito, ya estaba húmedo… que digo, empapado. Me deslicé por él suavemente, con extremada ternura, con casi miedo a lastimarla. Cada mínimo movimiento me era correspondido por un estremecimiento de su cuerpo, con un leve gemido, cosa que me volvía literalmente loco. Lentamente fui introduciendo un dedo en su vagina, la notaba prieta, tensa. Realicé unos suaves movimientos circulares dentro de ella en un intento de relajarla, de abrir el camino. Chorreaba… notaba su flujo resbalar entre mis dedos… se hacía agua por momentos. Sus dedos no dejaban de clavarse en mí, en mis hombros, en mi espalda. “Ven”, le dije al tiempo en que me arqueé para atraerla bajo mi cuerpo. Me sentí cómodo sobre ella, acogedora me abrazó y se entregó a mi beso. Levantó las rodillas apoyando los pies a la altura justa de alzar sus caderas y ofrecerme el paso a su nido inmaculado, virgen… No me hice esperar, mi poya dirigió perfecta su trayectoria. Con exquisita suavidad comencé a penetrar esa rosa que se me ofrecía. Muy despacio, con extremada ternura, sabedor de la importancia del momento… me clavé en ella. Su cuerpo tembló, su boca emitió un suspiro, un gemido suave, entrecortado. Toda resistencia se venció al cálido ritmo de mi empuje, muy despacio hacia adentro… reposo. Con infinita tranquilidad retrocedo, a cada movimiento… un espasmo en su cuerpo, y vuelvo a arremeter hacia su interior. La presión es brutal a pesar de estar exquisitamente lubricada. Su vagina oprime mi miembro por su inexperiencia, por su novedad. Retrocedo de nuevo e intento seguir un ritmo, suave, piano, al principio. Allegro, más rápido, a continuación. Sus jadeos me excitan, su calor dispara todos mis instintos… sus uñas en mi espalda casi me hacen olvidar que es su primera vez. Y adelanto mi empuje, una mano sirviéndome de apoyo y la otra ocupada en masajear sus pechos, aprieto una y otra vez con más pasión, con más violencia. Sus jadeos me estremecen. Siento el calor de sus mejillas rozando mi cara. Sus caderas ya han cogido el ritmo y acompañan mis empujes… hasta que nos sorprende el clímax con un espasmo nítido, escalofriante, maravilloso.
No nos movimos. Permanecimos por un tiempo allí, uno sobre el otro, abrazados. Recuperando la respiración. Me retiro por fin y le abrazo de lado, mi brazo bajo su cuello… mi mano en sus pechos ahora relajados, suaves, sin tensión. Mi otro brazo sobre su vientre… mi mano. Percibo su sonrisa en la penumbra… la mía es obvia, casi palpable. “Te quiero” dice, tal vez adivinando mis ganas de saber cómo se siente………
Y así empezó… una larga historia.
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