RAMONA
Publicado por Monta_Dos en 12/11/2011 (202 lecturas)
No recuerdo como la conocí. O sí, pero no os lo diré.
Si os mostraré como era Ramona, al menos lo que yo ví de ella... lo que ella me mostró.
No mediría más de metro sesenta, un metro sesenta espectacular.
Sus ojos, verdaderas dianas donde fijar la mirada, grises, casi azules en una preciosa carita casi siempre sonriente. Sus lábios ni demasiado finos, ni de esos que parecen salidos de un cirujano barato... Su sonrisa iluminando sus ojos, acompañándola, dando luz a unos dientes blancos, perfectos... y a mi propia sonrisa. Rubia, no ese rubio amarillo que acostumbramos a ver en las güiris del norte, no. Un rubio más mediterráneo.
Cuando se desnudaba ante mi, todo mi cuerpo se alborotaba. Mi cuerpo y mi mente se llenaban de ella. Que inexplicable sensación, que adorable locura fundirnos en un abrazo, desnudos, su cuerpo contra el mio, piel con piel.
Imaginaos su cuerpo de muñeca, su cara dulce... esa sonrisa.
Imaginaos.
Sus pechos son miel pura, mermelada. Unos pechos firmes, de un dorado exquisito, como el resto de su piel. Me encanta acariciarselos, no caben en mi mano, pero tampoco rebosan demasiado , ja. Perfectos.
Ya, sí, direis que empleo mucho esa palabra, perfecto. Lo siento, no se me ocurre otra para describirla. Pero no quiero perderme. Os hablaba de sus pechos.
Supongo que todos y todas entendereis si os digo que no cambiaban su forma, aunque ella cambiase de postura. Maravillosa. Daba igual que estuviese de pié, que se agachase sobre mi, o que se acostase sobre su espalda. Esas bellezas siempre estaban en su sitio... manteniendo su forma, su redondez. Y cuando estaba excitada, el placer de mirárselos se convertía en algo sublime, especial. Esas tetas adornadas por unos pezoncitos erectos, duros ellos, duras ellas.... duro yo, ufffff.
Rodear ese cuerpo con mis brazos mientras su sonrisa aprobaba mis caricias era algo que no podría describir, supongo que es dificil que comprendais lo que en esos momentos se siente, a menos que hayais vivido una situación similar... con una persona así.
Ese cuerpecito pegado a mí, pecho con pechos, cadera contra cadera mientras mis manos se aferran a un culito terso, firme y duro, apretándolo con una mezcla de fuerza y dulzura. Mi sexo intentando separar sus piernas por sí mismo... sintiendo la certeza del suyo en esa intersección exquisita.
Es una chica muy bien proporcionada, no demasiado delgada, como os diría... No sé. Tiene esa curvita en el vientre que tanto me gusta. Pero ese detalle la hace aún más bella.
Si la viéseis en pié, desnuda con sus piernas ligeramente separadas no se os escapararía el detalle de su pequeño coñito. Ese pliegue de sus lábios descongándose ligeramente de él, rompiendo la monotonía de su preciosa rajita. Me vuelve loco solo mirarla... solo recordar su imagen.
Sus piernas son suaves como la seda, toda ella lo es. Unas piernas bien formadas, unos muslos realmente adorables. No sabría deciros si son largas o cortas, ella no es una chica alta... pero si que afirmo que en verdad es como una muñequita, sus proporciones: perfectas.
Ella nunca cierra los ojos cuando nos acostamos; yo tampoco. No sé cual es su razón para no hacerlo, la mia... no puedo dejar de mirarla.
Me recuesto de espaldas en la cama y ella se arrodilla a mi lado. Siempre mirándome a los ojos con su brillante sonrisa que desaparece, solo, cuando mi poya desaparece a su vez, llenando su boca.
Ella sabe que eso me gusta, que, vaya; me vuelve del todo loco y sin dejar de mirarme juguetea conmigo, con su lengua, con sus labios.... Ella sabe.
Y como sabe, su posición siempre es una mezcla entre estudiada y natural. Deja sus pechos flotar sobre mi porque me encanta acariciárselos mientras ella me la chupa. Aunque de vez en cuando juguetea y los roza contra mí, haciendo que se me abra otra sonrisa de satisfacción...
Se coloca de forma que alcance su culito, así puedo llegar a su entrepierna y mis manos recorren sus muslos. Me encanta el tacto de la zona interior de ellos, entre sus piernas. Mis dedos llegan a su coñito mientras ella repasa con su boca mi miembro a punto de explotar. Se humedece al mínimo contacto, le gusta mi forma de explorarla. Suavemente recorro su entrepierna, apenas unos ligeros roces al principio para despues, con un solo dedo, separar sus lábios y encontrar su apéndice. Me encanta. Su clítoris es pequeño, como su coñito, como ella. Pero creerme que es algo delicioso, duro y sensible. Cuando llego a él, ella levanta la cabeza, sin dejar de mirarme y sonríe de nuevo. Sus ojos se entrecierran un segundo no más... y su boca suspira un gemido.
La giro sobre ella misma, quiero ese dulce en mi boca. Ella mide la distancia. Su culito parece levitar sobre mi cara. Ni tan lejos que me impida llegar a su nido, ni tan cerca que la presión me impida saborearla. Mi lengua se afana en descubrir cada pliegue de su sexo. Ese labio que, insolente siempre se muestra, es como una gominola entre los mios. Me gusta sorberlo, dejarlo resbalar entre mis labios hasta que se libera de mi lascivo beso. Mi lengua resbala sobre su flujo, me sabe bien. Y me excita aún más. Ella lo nota. Ella sabe. Aligera la presión que ejerce sobre mi pene, sabe que no soy superman y no quiere sustos, ja.
Mi lengua encuentra el botón que ahnela y vibra sobre el. Esa linda carita, sonrosada sigue mirandome aunque yo no la vea. Mis ojos están perdidos en su culito, mis manos también. Mi boca, borracha de su sabor, busca su interior y entra. Entra y sale sin un ritmo concreto, ella misma; mi cabeza no dirige, no piensa... pura hormona, pura sed, puro placer.
En esos momentos ella ya no está sobre mi sexo, solo su mano se entretiene en él. Su espalda se curva hacia atrás elevándose sobre mi cabeza. La suya hacia atrás tambien, su pelo casi llega a rozarme. Y gime. Y suspira. Y grita.
Y yo no puedo más, deseo poseerla, o que me posea. Deseo sentir su interior, necesito todo el calor de su cuerpo rodeandome.
Solo digo: -Niña.
Y ella comprende.
Se gira sobre mi, diestramente, casi en un reflejo, su coñito rodea ya mi poya. Y empieza el baile, la cabalgada. Sus movimientos son una mezcla de furia y relajación, ahora muy suaves, ahora salvajemente sus caderas vibran sobre mi. Sus tetas haciendo giros sobre mi lujuriosa mirada, sin perder nunca su perfecta forma.
Me mira y sonrie, sus mejillas sonrosadas, su cuerpo brillante por el sudor del esfuerzo, del gozo, del placer. Yo estoy fuera de mi. Aprieto los dientes aguantando un minuto más, otro minuto más. Siento que me voy en su último jadeo. Exploto y ella explota. Pero no cesa en sus movimientos, apura la última gota, el último atisbo de erección es acompañado por sus caderas... y su preciosa sonrisa.
- Cariño, que ya...
- Lo sé
Sin dejar de sonreir. Sin dejar de darme luz con su mirada.
Y se deja caer sobre mi mezclando el sudor de su cuerpo con el sudor del mio. Y me besa. Y sus pechos se aplastan contra el mio.... Y, en ese instante, no hay hombre más feliz.
Os diré algo por último... Ramona tiene diecinueve años... y es toda una mujer.
Si os mostraré como era Ramona, al menos lo que yo ví de ella... lo que ella me mostró.
No mediría más de metro sesenta, un metro sesenta espectacular.
Sus ojos, verdaderas dianas donde fijar la mirada, grises, casi azules en una preciosa carita casi siempre sonriente. Sus lábios ni demasiado finos, ni de esos que parecen salidos de un cirujano barato... Su sonrisa iluminando sus ojos, acompañándola, dando luz a unos dientes blancos, perfectos... y a mi propia sonrisa. Rubia, no ese rubio amarillo que acostumbramos a ver en las güiris del norte, no. Un rubio más mediterráneo.
Cuando se desnudaba ante mi, todo mi cuerpo se alborotaba. Mi cuerpo y mi mente se llenaban de ella. Que inexplicable sensación, que adorable locura fundirnos en un abrazo, desnudos, su cuerpo contra el mio, piel con piel.
Imaginaos su cuerpo de muñeca, su cara dulce... esa sonrisa.
Imaginaos.
Sus pechos son miel pura, mermelada. Unos pechos firmes, de un dorado exquisito, como el resto de su piel. Me encanta acariciarselos, no caben en mi mano, pero tampoco rebosan demasiado , ja. Perfectos.
Ya, sí, direis que empleo mucho esa palabra, perfecto. Lo siento, no se me ocurre otra para describirla. Pero no quiero perderme. Os hablaba de sus pechos.
Supongo que todos y todas entendereis si os digo que no cambiaban su forma, aunque ella cambiase de postura. Maravillosa. Daba igual que estuviese de pié, que se agachase sobre mi, o que se acostase sobre su espalda. Esas bellezas siempre estaban en su sitio... manteniendo su forma, su redondez. Y cuando estaba excitada, el placer de mirárselos se convertía en algo sublime, especial. Esas tetas adornadas por unos pezoncitos erectos, duros ellos, duras ellas.... duro yo, ufffff.
Rodear ese cuerpo con mis brazos mientras su sonrisa aprobaba mis caricias era algo que no podría describir, supongo que es dificil que comprendais lo que en esos momentos se siente, a menos que hayais vivido una situación similar... con una persona así.
Ese cuerpecito pegado a mí, pecho con pechos, cadera contra cadera mientras mis manos se aferran a un culito terso, firme y duro, apretándolo con una mezcla de fuerza y dulzura. Mi sexo intentando separar sus piernas por sí mismo... sintiendo la certeza del suyo en esa intersección exquisita.
Es una chica muy bien proporcionada, no demasiado delgada, como os diría... No sé. Tiene esa curvita en el vientre que tanto me gusta. Pero ese detalle la hace aún más bella.
Si la viéseis en pié, desnuda con sus piernas ligeramente separadas no se os escapararía el detalle de su pequeño coñito. Ese pliegue de sus lábios descongándose ligeramente de él, rompiendo la monotonía de su preciosa rajita. Me vuelve loco solo mirarla... solo recordar su imagen.
Sus piernas son suaves como la seda, toda ella lo es. Unas piernas bien formadas, unos muslos realmente adorables. No sabría deciros si son largas o cortas, ella no es una chica alta... pero si que afirmo que en verdad es como una muñequita, sus proporciones: perfectas.
Ella nunca cierra los ojos cuando nos acostamos; yo tampoco. No sé cual es su razón para no hacerlo, la mia... no puedo dejar de mirarla.
Me recuesto de espaldas en la cama y ella se arrodilla a mi lado. Siempre mirándome a los ojos con su brillante sonrisa que desaparece, solo, cuando mi poya desaparece a su vez, llenando su boca.
Ella sabe que eso me gusta, que, vaya; me vuelve del todo loco y sin dejar de mirarme juguetea conmigo, con su lengua, con sus labios.... Ella sabe.
Y como sabe, su posición siempre es una mezcla entre estudiada y natural. Deja sus pechos flotar sobre mi porque me encanta acariciárselos mientras ella me la chupa. Aunque de vez en cuando juguetea y los roza contra mí, haciendo que se me abra otra sonrisa de satisfacción...
Se coloca de forma que alcance su culito, así puedo llegar a su entrepierna y mis manos recorren sus muslos. Me encanta el tacto de la zona interior de ellos, entre sus piernas. Mis dedos llegan a su coñito mientras ella repasa con su boca mi miembro a punto de explotar. Se humedece al mínimo contacto, le gusta mi forma de explorarla. Suavemente recorro su entrepierna, apenas unos ligeros roces al principio para despues, con un solo dedo, separar sus lábios y encontrar su apéndice. Me encanta. Su clítoris es pequeño, como su coñito, como ella. Pero creerme que es algo delicioso, duro y sensible. Cuando llego a él, ella levanta la cabeza, sin dejar de mirarme y sonríe de nuevo. Sus ojos se entrecierran un segundo no más... y su boca suspira un gemido.
La giro sobre ella misma, quiero ese dulce en mi boca. Ella mide la distancia. Su culito parece levitar sobre mi cara. Ni tan lejos que me impida llegar a su nido, ni tan cerca que la presión me impida saborearla. Mi lengua se afana en descubrir cada pliegue de su sexo. Ese labio que, insolente siempre se muestra, es como una gominola entre los mios. Me gusta sorberlo, dejarlo resbalar entre mis labios hasta que se libera de mi lascivo beso. Mi lengua resbala sobre su flujo, me sabe bien. Y me excita aún más. Ella lo nota. Ella sabe. Aligera la presión que ejerce sobre mi pene, sabe que no soy superman y no quiere sustos, ja.
Mi lengua encuentra el botón que ahnela y vibra sobre el. Esa linda carita, sonrosada sigue mirandome aunque yo no la vea. Mis ojos están perdidos en su culito, mis manos también. Mi boca, borracha de su sabor, busca su interior y entra. Entra y sale sin un ritmo concreto, ella misma; mi cabeza no dirige, no piensa... pura hormona, pura sed, puro placer.
En esos momentos ella ya no está sobre mi sexo, solo su mano se entretiene en él. Su espalda se curva hacia atrás elevándose sobre mi cabeza. La suya hacia atrás tambien, su pelo casi llega a rozarme. Y gime. Y suspira. Y grita.
Y yo no puedo más, deseo poseerla, o que me posea. Deseo sentir su interior, necesito todo el calor de su cuerpo rodeandome.
Solo digo: -Niña.
Y ella comprende.
Se gira sobre mi, diestramente, casi en un reflejo, su coñito rodea ya mi poya. Y empieza el baile, la cabalgada. Sus movimientos son una mezcla de furia y relajación, ahora muy suaves, ahora salvajemente sus caderas vibran sobre mi. Sus tetas haciendo giros sobre mi lujuriosa mirada, sin perder nunca su perfecta forma.
Me mira y sonrie, sus mejillas sonrosadas, su cuerpo brillante por el sudor del esfuerzo, del gozo, del placer. Yo estoy fuera de mi. Aprieto los dientes aguantando un minuto más, otro minuto más. Siento que me voy en su último jadeo. Exploto y ella explota. Pero no cesa en sus movimientos, apura la última gota, el último atisbo de erección es acompañado por sus caderas... y su preciosa sonrisa.
- Cariño, que ya...
- Lo sé
Sin dejar de sonreir. Sin dejar de darme luz con su mirada.
Y se deja caer sobre mi mezclando el sudor de su cuerpo con el sudor del mio. Y me besa. Y sus pechos se aplastan contra el mio.... Y, en ese instante, no hay hombre más feliz.
Os diré algo por último... Ramona tiene diecinueve años... y es toda una mujer.
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